Barranquilla - 19 de febrero de 2026
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La muerte se vive y se celebra con punto seguido

RedacciónPor: Redacción
19 febrero, 2026
La muerte se vive y se celebra con punto seguido

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Por: Yoicy Vargas Rachath


El martes de Carnaval amanece distinto en Barranquilla. No tiene el frenesí eléctrico del sábado ni la majestuosidad ritual del domingo. El martes es otra cosa: es resaca y despedida, es risa con sombra, es maquillaje corrido y tambor que suena como si ya supiera que va a callar.

Ese día, la ciudad no celebra: vela.

Pero en el Carnaval de Barranquilla, la despedida nunca es simple.

Desde temprano, las calles se llenan de viudas profesionales del exceso. Visten luto apretado al calor y lágrimas que no distinguen entre sudor y drama. Caminan tambaleantes detrás del ataúd de Joselito, como si la muerte fuera apenas un trámite teatral dentro del Carnaval; ese difunto reincidente que cada año muere tan puntual como siempre y de lo mismo: de haber vivido demasiado en cuatro días. Lo lloran con una devoción escandalosa. Se tiran al suelo, lo abrazan, le reclaman la partida como si no supieran que volverá puntual el próximo febrero.

El cortejo avanza entre carcajadas y lamentos. Un entierro que no entierra, un duelo que no duele del todo. Porque en el fondo todos saben que Joselito no es un muerto: es una pausa.

No es solo el día en que muere Joselito; es el día en que la ciudad aprende a despedirse sin dejar de bailar.

Mientras las viudas teatrales arrastran su luto exagerado detrás del ataúd del muerto más vivo del Caribe, otra procesión —menos escandalosa pero más antigua, entre telas de colores y máscaras— camina hacia el Cementerio Calancala.

Allí no se entierra la ficción.
Allí se visita la memoria.
Allí ocurre algo que no es simulacro.

Cada sábado y martes del Carnaval, antes de que la fiesta cierre sus párpados, los grupos patrimoniales cumplen un rito que no aparece en las tarimas principales: entran al cementerio a rendir tributo a sus difuntos; cruzan esas puertas no para hacer espectáculo, sino para cumplir una cita. El Torito Ribereño y el Congo Reformado llegan como quien visita familia. No entran a desafiar la muerte: entran a saludarla.

El Congo Reformado organiza la formación. El Torito Ribereño irrumpe con su fuerza ritual. El homenaje comienza como debe: con la danza del Congo.

Al cruzar la entrada, el orden coreográfico se transforma en intimidad.

Los hombres se organizan en filas y avanzan en una marcha que dibuja culebreos sobre la tierra, ondulándose entre las tumbas, como si las serpientes invisibles del pasado reconocieran el paso.

El tambor suena distinto dentro del cementerio. Más hondo. Más redondo. Como si cada golpe fuera una llamada y cada eco una respuesta que viene desde abajo. No es imaginación: es tradición. Este no solo marca ritmo; marca territorio. Dice “aquí estamos” y, al mismo tiempo, “no los olvidamos”. Cada golpe parece tocar la puerta del subsuelo.

Después, la formación se rompe. Los Congos ya no bailan para el público; uno por uno se acercan a los mausoleos. No avanzan en masa, sino en turno. Ya no hay figura perfecta ni paso ensayado. Cada mausoleo es una estación de memoria. Cada nombre grabado en mármol es una historia que no se fue del todo; son recuerdos que no necesitan micrófono. No hay público que distraiga. No hay tarima. Solo piedra, nombre y memoria. Frente a cada tumba cantan como si la voz pudiera atravesar el mármol. Y en ese momento el Carnaval deja de ser ruido y se vuelve conversación íntima.

Y entonces ocurre lo que desde afuera muchos no comprenden:

Brindan con los muertos.

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Un gesto que a los ajenos les parecería irreverente desde lejos, pero que allí es pacto. En el Caribe nadie se sienta a la mesa sin ofrecer algo al ausente. El licor pasa por las manos vivas y se ofrece simbólicamente a quienes ya no pueden sostenerlo. Es una manera de decir: sigues en la ronda. No es exceso; es hospitalidad ancestral. Como si la frontera entre mundos fuera apenas un velo que el Carnaval se permite levantar.

En medio del canto, el tambor sostiene lo que la garganta no puede. En ese instante, el martes deja de ser teatro. El canto se vuelve más humano que festivo. La emoción no necesita amplificación. El duelo, lejos de esconderse bajo lentejuelas, maquillaje y exageración carnavalesca, se deja ver.

No es actuación. Es memoria que pesa. El duelo no se evapora con los años; aprende a caminar al ritmo del tambor. Ese quiebre es la grieta por donde se asoma la verdad: el Carnaval no tapa la muerte; la integra. La baila sin burlarse de ella.

Y mientras tanto, el ataúd de Joselito atraviesa el cementerio como un espejo burlón, como si fuera un muerto ficticio escoltado por muertos reales. El personaje que “muere” cada año camina entre quienes murieron una sola vez. La ficción rinde cuentas ante la realidad. Y la escena parece escrita por el mismo destino que decidió que en esta ciudad la tragedia siempre tenga ritmo.

Joselito “muere” por exceso de vida.
Los otros murieron por el simple hecho de existir.
Pero todos, por unas horas, comparten el mismo territorio.

Al final del rito, los Congos no se retiran en silencio; se despiden con cantos en son de agradecimiento. No es un adiós definitivo. No es un lamento. Es un gracias. Es un hasta el próximo sábado, hasta el próximo martes, hasta el próximo Carnaval. La ceremonia cierra, pero el vínculo no.

Gracias por la herencia, por la danza transmitida, por el tambor aprendido, por el cuerpo que hoy sigue moviéndose porque otros lo movieron antes.

Porque en Calancala la muerte no es frontera: es vecindad.

Joselito “muere” cada martes, sí. Pero lo que realmente ocurre allí es otra cosa: los vivos les recuerdan a los muertos que siguen danzando por ellos, y los muertos —si uno presta atención— parecen sostener el ritmo desde abajo.

Cuando el sol comienza a caer, el tambor baja su intensidad. Las viudas se quitan el luto. El Torito descansa. El cementerio vuelve a su quietud habitual, aunque nadie podría asegurar que queda completamente en silencio, algo queda vibrando en la tierra. No es eco. Es continuidad.

El martes en Calancala no es una contradicción.

Es una lección.

La lección de que la muerte no clausura el Carnaval; lo sostiene. Que la tradición no es una puesta en escena, sino un puente tendido entre generaciones. Que el tambor no solo convoca vivos: despierta memorias.

En Barranquilla, incluso el último aliento tiene tambor; la muerte no es punto final.

Es punto seguido.

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