Que vaina con nuestra Barranquilla prócera e inmortal, donde mucha gente grosera, que de su historia no sabe lo que realmente antes era, se siente con derecho a denigrar.
Pero se observa claramente que solo a la familia Char les interesa atacar para, por cuestiones políticas, desacreditar; aunque algunas razones tendrán.
Hago la salvedad de que con esa familia nunca he tenido ninguna relación de trabajo ni de amistad. Soy un pensionado que, afortunadamente, en una empresa pujante desde muy temprano me pude enrolar, logrando cuarenta años de estabilidad. Pero puedo dar fe, sin ser una autoridad, de que en las siete décadas de mi existencia, con los Char los mejores cambios de la ciudad últimamente se están pudiendo notar, aunque los criterios sobre prioridad para la solución de algunos problemas me atrevería también a cuestionar.
A Barranquilla se le ha llamado “La Puerta de Oro de Colombia” por todo el desarrollo que por ella ha podido entrar, como la navegación aérea, marítima y fluvial, también la telefonía y contar con el mejor acueducto construido en 1920 por Samuel Hollopeter, que los mismos antioqueños después se permitieron imitar, entre otras cosas más.
Barranquilla era una ciudad pujante, con emprendedores inmigrantes que, con su cultura, dinero y hasta exquisito arte arquitectónico, hicieron que el barrio El Prado sea testigo aún vivo de todo su próspero avance.
De pronto, por aquellos eslóganes de: “Barranquilla, la ciudad de puertas abiertas”, “la de propios y extraños”, “Barranquilla es tu ciudad” y “el mejor vividero del mundo”, entre otros más, fue llegando gente de otras latitudes que de su ingenua sonrisa se pudieron aprovechar. Empezando desde los años sesenta un proceso de decadencia que ahora, justamente, ha mostrado una significativa mejoría en la administración de los Char, cuando se está pudiendo observar.
Los que la tratan de descalificar comparándola con otras ciudades, me permito decirles que mejor la comparen con la misma Barranquilla de cincuenta años atrás.
Lamentablemente entonces aún no existían los celulares y las cámaras fotográficas apenas en blanco y negro no permitían ver los defectos y sus detalles con claridad.
Hay la tendencia de mezclar los resultados de la alcaldía como administradora de un distrito especial con los de la gobernación, que son harinas de otro costal y que la imagen también puede afectar, para bien o para mal.
Antes la gente se enteraba de las cosas en la medida que Marcos Pérez Caicedo, con su estilo dicharachero en su popular noticiero radial “Informando”, las podía comentar. Él se burlaba con sarcasmo de las promesas de los politiqueros con expresiones como: “no me hagan reír que tengo el labio cuarteado” y “a esta ciudad se la llevó Pindanga”, entre otras más.
Eran calles asfálticas rotas por toda la ciudad, solares enmontados en las esquinas que por caminos teníamos que atravesar, los arroyos caudalosos que bloqueaban la ciudad, los charcos del mercado que sobre tablas teníamos que sortear, y la calle 30 siempre mojada, como Fruko y sus Tesos en una canción nos lo hace recordar.
El caño del mercado era una cloaca. Un desorden organizado en los diferentes mercados, como en el público, el de grano y el del pescado.
El Hospital General de Barranquilla era una vergüenza total, y después vino la infame corrupción en el Seguro Social.
El desastre de las Empresas Públicas Municipales, donde todos querían trabajar porque era como un escenario fácil para tramoyar, y pare de contar.
La Vía 40 era la zona industrial, de empresas que ya no están. Unas se tuvieron que marchar y otras modificar.
Recuerdo lo que eran Marysol, La Kico, La Unial, Aluminios Reynolds, Celta, Vanylón, Vandux, Jabonería Tusica, Dupont, Indurayón (luego Celanese), Peldar, Coltabaco, Generoso Mancini y hasta la misma Monómeros actual, que de lo que antes era ahora no es ni la mitad.
Había un cuento como el del gallo capón con el dragado del puerto, que Marcos Pérez Caicedo también en su noticiero no dejaba de cuestionar, por las dragas amañadas que tuvieron que utilizar, hasta que apareció la famosa china que se hizo también popular, por ser al parecer, la única que mejor ha podido funcionar.
Recuerdo también aquella decisión absurda de pintar con el mismo color a todos los buses urbanos, que fueron llamados “metropolitanos”. Daba pena ver en el mercado a muchos analfabetas tratando de identificar el suyo en una de las diferentes placas instaladas en el panorámico.
También había delincuencia, aunque no como la actual. Entonces existía una autoridad subnormal nocturna conocida como “La Mano Negra”, que ponía a los delincuentes más peligrosos en su lugar. Se reconocían sitios inseguros para transitar, como el Boliche y la Zona Negra, donde acostumbraban atracar.
La Vía Circunvalar, entonces en construcción, era el sitio preferido durante la bonanza marimbera para botar cadáveres. Bandoleros con camionetas Ford Ranger, revólver y sombrero, entre los años 60 y 80, tenían aterrorizada la ciudad.
El barrio San Isidro estaba entonces estigmatizado, de manera que, cuando sucedía algún robo en la ciudad, alrededor del Cementerio Calancala las autoridades empezaban a indagar.
Barranquilla casi vivía de solidaridad, como cuando Marcos Pérez Caicedo se tuvo que inventar una campaña en 1965 para dotar a la Policía con mejores vehículos.
Entonces también se recogían en bolsitas donaciones en dinero para el proyecto de la catedral.
Siempre se escuchó sobre la negligencia del gobierno central, como al parecer está sucediendo ahora con el actual.
Los bomberos municipales siempre estaban en crisis, con unas máquinas viejas y el personal sin la dotación de equipos básicos para enfrentar las emergencias con seguridad. Por eso, empresas como Monómeros, con sus equipos y brigada, tenían que colaborar.
En los años sesenta solo predominaban dos partidos políticos: el Conservador y el Liberal. Luego se agregaron algunos movimientos como la ANAPO, el MRL y después algunas células revolucionarias que se presentaban con grafitis en las paredes de la universidad.
Se pusieron de moda las frecuentes protestas estudiantiles de los colegios públicos de bachillerato, apoyando a la universidad, que afectaban la tranquilidad de la ciudad.
Los alcaldes y gobernadores de entonces, con apellidos de nobles abolengos —que no me interesa mencionar para no herir susceptibilidades—, tal vez también fueron pioneros de ciertas prácticas indeseables que todavía, tanto en la derecha como en la izquierda, se pueden encontrar.
La democracia manipulada nunca se ha dejado de practicar. Las ofrendas corruptas con dinero o en especies siempre han determinado el precio del voto para apoyar a los políticos.
En las décadas mencionadas, había una práctica para que los políticos pudieran en el tiempo atornillarse en sus curules y asegurar su continuidad.
Se permitían invasiones de terrenos tal vez ajenos en la periferia de la ciudad, para que los más pobres pudieran armar una “media agua” con láminas y cartones. Así surgieron, como tugurios sin planificación urbana, la mayoría de los barrios del sur de la ciudad.
Después, con los mismos votos de los seguidores complacientes, apoyados en las necesidades consecuentes, les iban solucionando a cuentagotas los problemas contingentes. En unas elecciones se les acercaba una pila de agua, en otra un poco de alumbrado, después el pavimento de las entradas principales, luego un puesto de salud y así, poco a poco, atendiendo las calamidades.
De ahí se supone el principio también de los socialistas de que: “al pobre hay que mantenerlo pobre, para con sus votos en función de la necesidad y la esperanza poder contar”; estrategia para perpetuarse en el poder.
Estamos en otros momentos de evolución, donde los nuevos políticos, conscientes de tanta destrucción, tal vez quieran corregir los defectos que sus antepasados cometieron en la región. Pero la crítica malintencionada y tendenciosa, de aquellos que creen que gobernar una ciudad es cualquier cosa, no permite valorar lo bueno que ahora se está haciendo en La Arenosa.
En la administración de Alejandro Char, los bomberos como la Policía han logrado su mejor dotación. Solo les corresponde responder con inteligencia y determinación.
De alguna manera, el progreso de cualquier ciudad está ligado con el cemento, necesario para la construcción de vías, residencias, parques, colegios, universidades, estadios, hospitales, muelles y centros comerciales.
Pero con todo esto muchos no están contentos. Entonces se descalifica el desarrollo por aparentemente ser solo de cemento.
Las actividades comerciales como tiendas, supermercados y droguerías, entre otras que también se desarrollan en locales de cemento, son fuentes de empleo, al igual que la misma construcción, que dinamiza la economía.
Barranquilla, en estos momentos, procura su desarrollo casi sola, por ganarse del gobierno central su marcada antipatía.
La construcción y mantenimiento de parques, la pavimentación y ampliación de vías importantes, la construcción del malecón del río, el ecoparque Mallorquín y la habilitación de las playas de Puerto Mocho como centros de recreación y atracción turística, el centro de convenciones, además de la canalización de los arroyos más peligrosos —aunque faltan otros más—, han producido empleo y dinamizado la economía, que no se puede negar, le han cambiado la cara y llevado a otro nivel la ciudad.
Que ahora sean los monumentos que en el malecón del río han decidido instalar, por las características vanidosas de los personajes que se quieren resaltar.
Barranquilla es una metrópolis artística y, por eso, su Carnaval es reconocido como “Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad”. En cuestiones de bellas artes, muy buenos representantes podemos destacar, y realmente los más distinguidos, incluyendo hijos adoptivos como lo fue el Joe Arroyo, entre otros más, merecen un monumento especial.
Yo pensaría que, como Barranquilla no fue conquistada ni fundada por ningún guerrero con armadura, capa, espada y sombrero, le corresponde más bien resaltar a los que se destaquen en las bellas artes, y no hacer apología a los que, con armas de guerra, vayan en contravía con la esencia del verdadero barranquillero Caribe, alegre y tropical, que tradicionalmente ha sido amante de la paz.
Aunque es merecido un monumento por lo que significó en un principio “la Batalla del Chuchal”.
Sin embargo, también en el Paseo de Bolívar de Barranquilla hay un monumento al padre de la patria, que no sé si realmente fue que estuvo allí con la intención de pasear, o si se detuvo solo para orinar antes de llegar a Soledad a pernoctar, en su ruta hacia San Pedro Alejandrino para su juicio final; donde antes de morir débilmente pudo exclamar:
“Colombianos, mi muerte no es en vano; trabajad por la felicidad de la patria; si mi muerte contribuye para que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro.”
Pero, por lo que veo en el país y en mi ciudad natal, al hombre todavía no lo han dejado descansar en paz.
Así que, al pan pan y al vino vino. Dejémonos de vainas con la ciudad y más bien pensemos en cómo proactivamente podemos colaborar sin tanto criticar negativamente.
Barranquilla no está desgreñada. Barranquilla ahora se encuentra “de peinada”.
¡Arriba Barranquilla! Aquí todavía hay gente con garra y talento para triunfar, pero estando unidos, sin descuidarse de aquellos oportunistas desagradecidos que vienen de otros lados, se aprovechan y luego se van a despotricar.



