En el mundo, desde su antigüedad, están pasando cosas difíciles de imaginar; que como en una novela o película, un buen autor o libretista se las tuvo que inventar.
El desenvolvimiento de las sociedades en escenarios primitivos y rurales o en sectores urbanos, en grandes ciudades de países en los diferentes continentes, siempre se han destacado líderes aparentemente inteligentes, que a sus seguidores han descrestado, haciéndoles creer que han sido elegidos, de manera especial, por aparentemente ser los más competentes para resolver los mismos problemas que la humanidad ha tenido que enfrentar siempre entre el bien y el mal, desde que el mundo ha sido creado.
“Las cosas suceden porque tienen que suceder, cuando tienen que suceder y eso nadie lo puede evitar”, decía un filósofo popular natural de Calamar, antes de que el ingeniero espacial Edward Murphy, por un accidente, resultara con su teoría de que: “si algo puede salir mal, mal saldrá”.
Esta ley, que se ha popularizado y expandido en corolarios, se utiliza para enfatizar la importancia de anticipar —con previos análisis de riesgos— y estar preparado para los problemas y complicaciones inesperados que en cualquier situación se puedan presentar.
En estos tiempos es común observar a filósofos e historiadores aparentes, tratando de explicar y hasta señalando con propiedad por las redes sociales, a los culpables de las atrocidades, que no obstante hay que lamentar entre Palestina e Israel, como también de Rusia con Ucrania, entre otras más.
Pero pareciera que solo se apoyaran en causas mediatas, dirigiendo la atención especialmente hacia las que tendenciosamente les interesa analizar, antes que a las fundamentales que van más allá de donde la historia gráficamente difícilmente se haya podido registrar, aunque han trascendido por oralidad.
En el caso de las históricas confrontaciones entre Israel y Palestina, hay mucha tela que cortar, por no decir “cosas que contar”, que tal vez desconoce la generación actual, y que al parecer las costumbres del mundo con influencias extrañas quieren modificar.
Teológicamente Israel es la patria del pueblo judío, que Dios prometió a Abraham y sus descendientes, por su voluntad, fidelidad y condición de obedientes; que comprende unas tierras entre las costas de Egipto y la orilla del Éufrates, conocida como la “tierra prometida o de promisión”, ubicadas en el Medio Oriente.
Sin embargo, “a los israelitas, por ser judíos, lo tenían jodidos” y en ninguna parte querían ser recibidos. No tenían tierra firme hasta el año 1948, cuando su propio territorio legalmente fue constituido.
Que si el huevo o la gallina fue primero, es lo que coloquialmente se tiende a cuestionar, referido solo a la masacre del 7 de octubre de 2023, cuando Palestina sorprendió a Israel con un brutal ataque violento premeditado, donde muchos civiles fueron asesinados y otros más secuestrados, y que su furia como respuesta infernal hizo a Israel desatar.
Por supuesto que la verdad en el caso de la gallina es difícil de demostrar; aunque se dice que primero fue el huevo, pero a partir de otra ave ancestral.
De hecho, el conflicto entre Israel y Palestina también es de origen ancestral, aunque el conflicto actual realmente no sea propiamente con Palestina, sino con células insurgentes en su seno y representadas por la organización política y paramilitar Hamás, que con relativo poder e interés particular, quieren eliminar el “derecho” que por predisposición divina, al parecer, se le ha concedido a Israel.
Pero la herencia no está registrada en ninguna notaría, sino que aparece en la Biblia, el documento más veraz que existe, donde está registrado todo lo que en la historia de la humanidad ha sucedido desde su génesis, como también lo que está sucediendo y sucederá.
En la vida, como en una película, todos somos actores y actrices que aportamos con el libre albedrío los capítulos para que la magna obra se pueda desarrollar y nosotros mismos los espectadores que, al final y tal vez en otra dimensión, podremos verla en su totalidad y hasta evaluar el rol que cumplimos entre el bien y el mal.
En el reparto de la película, algunos somos protagonistas, unos actores secundarios y otros de reparto; pero dirigidos por un director general que es el ser superior que da vida a los personajes, enriquece su historia y crea la forma de impactar, insinuando cómo el resto del elenco debe interactuar.
Sin embargo, los actores se han envalentonado, dejándose orientar por líderes equivocados y ya no atienden razones de ningún lado, y en el propósito revanchista continuarán eliminándose hasta que el verdadero director decida: “colorín colorado, esta película se ha acabado”.
Aterrizando en la realidad de la humanidad, el mundo en que vivimos ha sobrepasado los límites de la maldad, convirtiéndola en un cáncer que ha hecho metástasis mundial; y que, como cualquier cáncer orgánico que con quimioterapias o radiaciones hay que combatir para su malignidad poder erradicar, es difícil evitar que células buenas de su entorno también se puedan eliminar.
La medicina bélica no será suficiente para las cosas arreglar y más bien propiciaría el fin de la humanidad, por lo que, como profesa apocalípticamente la misma Biblia, entonces regresará el verdadero líder del mundo para poner cada cosa en su lugar y cerrar la brecha entre el bien y el mal, a través del Juicio Final.
Bienaventurados los que hayan cumplido bien el rol que en función de lo bueno en la película de la vida les encargaron, porque serán los que verdaderamente la tierra habrán heredado.
Ahora es lamentable en algunas ciudades de Colombia también observar que gestos de solidaridad por los que sufren las consecuencias de la absurda guerra en Palestina sean solo por aparentar, considerando las manifestaciones grotescas con que afectan bienes ajenos, que en nada contribuyen a la solución del conflicto y más bien parecen tendenciosas, tal vez para un proyecto político apoyar, por creer que el poder solo a través de la violencia e intimidación se puede lograr.
Como van las cosas, los vivos envidiarán a los muertos que ya descansan en paz, porque posiblemente tiempos peores vendrán.
Que Dios proteja a Colombia de tanta maldad.
Por:
José R. Múnera


