Las brujas han sido el eje de muchas leyendas y cuentos en diversas culturas. Misteriosas y poderosas, a menudo se les representa como mujeres sabias que han aprendido a manipular las fuerzas de la naturaleza y los secretos de la vida.
Algunas historias las muestran como temibles, capaces de hacer encantamientos oscuros y maldiciones. En otras, son protectoras, guardianas de los bosques y aliadas de quienes buscan su consejo. A veces se esconden entre la gente común, y solo quienes tienen la mirada curiosa logran ver señales: un jardín repleto de plantas extrañas, un cuervo que ronda su casa, o un ligero olor a hierbas o a azufre en el aire.
Generalmente se les presenta ataviadas con un ropaje negro, sombrero de copa puntiaguda y ala ancha, rostro huesudo, nariz en forma de gancho y manos igualmente huesudas con uñas largas, y capaces de volar montadas en una escoba.
Por lo general se creía que las brujas volaban de noche, con frecuencia en épocas de luna llena, pues ambas, luna y bruja, estaban relacionadas entre sí.
Se conoce como “caza de brujas” a la psicosis que se desencadenó en Europa durante el oscurantismo de la Edad Media, excusa para perseguir a mujeres que no cumplían con los estándares sociales y religiosos de la época y que llevó a la muerte a un gran número de personas acusadas de brujería. Los registros existentes dan fe de que cualquiera de los dos sexos era susceptible de ser acusado de brujería, si bien es cierto que las mujeres fueron asesinadas en un número muy superior. Estos mismos registros afirman que para la época fueron sentenciadas a muerte entre 60.000 y 70.000 personas, de las cuales el 75% eran mujeres.
El término “caza de brujas” se usa hoy metafóricamente para referirse a la persecución de un enemigo percibido de manera sesgada, sin importar la inocencia o culpabilidad real. Se usa en el ámbito político para referirse a la persecución de personas por causas infundadas.
En el país llaman brujas a todas aquellas mujeres que adivinan el futuro por medio de la lectura de las cartas, el Tarot, el tabaco, el cigarrillo, el asiento del café, mirar al trasluz un huevo de gallina y que aun más, aseguran “amarrar” al ser querido no correspondido.
Decían los viejos que en un barrio de una pequeña ciudad a orillas del Mar Caribe las brujas vivían en las ramas más altas de una ceiba del cementerio Calancala, un árbol tan viejo que había visto morir a todos los que lo sembraron. Cada noche, cuando el viento del río soplaba con olor a batatilla, las brujas bajaban a ras de techo, montadas en escobas hechas con cabellos de difuntos y atadas con cintas recogidas de las coronas fúnebres.
Una de ellas, Doña Brujilda, era la más temida. Tenía el don de escuchar los pensamientos ajenos en el murmullo del agua. Si alguien hablaba mal de ella, ese alguien amanecía con la lengua hinchada como un sapo. Pero no todos le temían: los niños la buscaban para que les contara historias de aparecidos, y las mujeres le pedían pócimas para amarrar amores fugitivos.
Un día, un cura nuevo en la parroquia, decidió acabar con las supersticiones del pueblo. Subió a la ceiba con un crucifijo y un balde de agua bendita. Los perros aullaron, las nubes se abrieron, y en el aire se escuchó un estruendo como de tambores de guerra. Nadie supo qué ocurrió exactamente, pero al amanecer el árbol estaba calcinado… y el cura no volvió a saberse de él.
Desde entonces, en las noches sin luna, se ven luces rojas flotando sobre el antiguo cementerio. Las mujeres viejas dicen que son las brujas que se siguen riendo del cura imprudente. Los habitantes aseguran que en el campanario del templo todavía se escucha su voz, gritando entre lamentos:
—“¡No hay agua bendita que apague el fuego de las brujas!”
Y cada año, cuando llega el 31 de octubre, el viento vuelve a soplar con olor a batatilla.
En otro extremo, en un barrio de estrato tres vivía una mujer de la tercera edad, cuyo nombre no era conocido a ciencia cierta, pero que todos la llamaban como Niña Tulia. Conocida por su espíritu pendenciero (compraba todas las peleas de su cuadra y cinco cuadras más a la redonda). También era conocida por su extraño comportamiento de aspecto misterioso y siempre envuelta en una bata oscura; parecía saber todo lo que ocurría en el vecindario, incluso antes de que sucediera. Susurros de que la habían visto conversando con sombras y murmurando a la luna, llenaban las calles.
Tenía un vasto conocimiento de hierbas, pócimas y brebajes. El jardín de su casa estaba lleno de plantas medicinales y ornamentales. La gente del barrio y de la ciudad decían con cierto miedo: “Brujas de que las hay, las hay, y la Niña Tulia es una de ellas”. Nadie se atrevía a acercarse demasiado, pero todos acudían a ella cuando necesitaban algún remedio para el mal de amores, para curar el insomnio o para protegerse de la envidia.
En ese barrio, nadie dormía el 31 de octubre. Decían los abuelos que esa era la noche en que las brujas hacían su aquelarre y salían a sacudir el polvo del cielo y a reírse de los miedos de los vivos.
En la noche, el cielo sobre el barrio se encendió como una parranda de luciérnagas. Por entre los cables del alumbrado bajaban mujeres con faldas negras, sombreros puntiagudos de ala ancha y collares de ajos que tintineaban como campanas. Cada una montaba su escoba como si fuera un Pegaso, cantando melodías que solo los gatos podían entender.
Esa noche, la Niña Tulia, la de las matas de albahaca y los gatos negros, cerró su ventana con tres cruces de ceniza. Pero su nieta no le hizo caso de ir a dormir. Con una linterna y un cordón rojo amarrado a su muñeca con siete nudos, como contra, se asomó al patio para ver si era cierto que las escobas bailaban.
Al filo de la medianoche, las escobas comenzaron a moverse solas, a girar sobre sus palos y a subir por el aire como si tuvieran alas de fuego. En el cielo, se oyeron carcajadas agudas y olor a anís y azufre. Las brujas, envueltas en mantos brillantes, descendían sobre los techos, peinándose el cabello con peines de luna y murmurando conjuros al oído de los gatos.
El barrio entero salió a mirar. Los niños creyeron que eran disfraces del “jalouin”, y los borrachos de la tienda de la esquina les ofrecieron ron y aguardiente. Pero las brujas no aceptaron. Se detuvieron frente a la iglesia vieja, ondearon sus escobas y el reloj del campanario comenzó a girar al revés. El tiempo, dicen, se detuvo por unos minutos. En esos instantes, los muertos del cementerio Calancala aprovecharon para asomarse y ver cómo iba la fiesta.
La nietecita de la Niña Tulia, con los ojos como luna llena, quiso gritar, pero una de ellas —una bruja con ojos verdes y dientes de oro— le guiñó el ojo y le dijo:
—“No temas, niña. Hoy no venimos a hacer daño, sino a recordar que hasta el miedo tiene su fiesta.”
Al amanecer, todo el barrio olía a humo de azufre. Nadie hablaba del suceso, pero todos encontraron al frente de sus casas una escoba nueva, reluciente, como regalo o advertencia.
La nietecita guardó la suya en un rincón del patio. Desde ese día, cada 31 de octubre, al caer la noche, se escucha el suave rasgueo de una escoba que barre sola… y una risa leve que parece venir del cielo.
Desde entonces, nadie se atreve a pasar la noche de las brujas sin encender una vela en la ventana y poner un poco de sal en el alféizar de las ventanas, porque las brujas —esas hijas del viento y la noche— todavía bajan cada año, danzan sobre los techos de zinc y se pierden a las 5 de la mañana con rumbo desconocido. Esa es la hora en la que pierden su facultad de volar.
JAIRO ENRIQUE RESTREPO VILLARREAL
OCTUBRE 2025


