Mi infancia rodaba en los años 50 y 60 por las esquinas entre el barrio San José y Cevillar de Barranquilla, con una actitud de curiosidad permanente por todo lo que veía.
El estilo particular que usaban algunos comerciantes o vendedores me llamaban la atención especial, como el grito del botellero, para cambiar por frutas tropicales los diferentes envases de vidrio que se pudieran reciclar.
El tilín tilán de las campanitas del vendedor de paletas que, con su carrito blanco en forma de lanchita, acostumbraba a cierta hora del día pasar.
El vendedor de raspao, que raspaba con una cuchilla en forma de plancha un bloque de hielo sobre una carretilla de madera y despacharlo en el vaso que uno mismo debía facilitar y luego las diferentes esencias de cola, tamarindo o limón aplicar. Aún los desechables no habían sido inventados, ni la leche condensada era aplicada para mejor endulzar.
“Galleta griegaaaa…!!” era un grito estridente que invitaba al paladar.
A otra versión del material de las hostias con algo de dulce desvanecer en el.
“Avenana avenavenaaaaa!!…” era el grito del vendedor de avena que, con hielo triturado en un tanque sobre una carretilla de palo y con un cucharón, para despachar en el recipiente que le presentábamos.
El canto de las palenqueras para vender las “alegrías con coco y anís”, y otras ofreciendo la manteca negra que antes era usada para mantener el pelo brillante y bien suavizado.
También el comercial por megáfonos para vender los purgantes expulsadores de parásitos que en un frasco de vidrio como prueba eran mostrados. Entonces el slogan más popular era: “si su niño está flaco y barrigón dele Pipelón”.
El dentista que circulaba los fines de semana con sus pinzas en un maletín de cuero en mano y hasta con un banquillo para sentar al paciente, que sin anestesia y asegurado por el cuello, alguna pieza picada le iría a sacar.
El turco tocando las puertas los domingos para dejar a crédito los cortes de tela que al cliente le hubiera gustado y regresar semanalmente en bicicleta con una tarjeta donde los abonos, créditos y saldo ir registrando.
El hombre que, con el mismo sistema rotativo de su bicicleta, hacía girar el disco esmeril para los cuchillos o tijeras afilar, y que avisaba su presencia con el sonido de una miniflauta como la andina pero de pasta, como la que también usaban los serenos de la noche, celando por la seguridad de la comunidad.
El panadero que en bicicleta vendía el pan caliente que llevaba en dos canastos de mimbre detrás y que sin querer queriendo no podía evitar pear, por lo que como “pan peao” se acostumbraba a llamar.
Anunciaba su presencia con una corneta de perilla, la misma que ahora usan los vendedores de peto en tricicletas por las calles de Barranquilla.
El butifarrero con su estilo pandiao, dándole golpe a la ponchera de lado con el cuchillo, como timbalero entusiasmado.
El vendedor de víveres y vísceras a lomo de burro con dos cajas de madera a los costados y que en la totuma de una balanza también de madera su producto era pesado. Llamaba a su clientela golpeando las cajas con un palo.
El carnicero que ponía la bandera roja en el expendio y el poste de la esquina, para informar que había carne, y la retiraba cuando se iba.
Por la radio escuchaba un comercial que decía: “Estudios científicos han demostrado que no es el corazón el que regula el amor sino el hígado; por lo que, un hígado aliviado, es amor asegurado”; para recomendar que “Sal Vida Lister” se debía tomar.
También se hizo popular el producto “Sani-Lix” como desodorante y transpirante para el humor vaginal y natural de las mujeres controlar.
Recuerdo hasta un concurso por la radio de este producto higiénico para quien pronunciara por más tiempo la palabra “Sani-Lix” sin respirar, y un premio se podía ganar.
Había un vendedor que siempre me llamó la atención por la forma y estilo con que su producto los fines de semana se dejaba ver.
Era un señor moreno alto y espigado, que vestía de blanco de pies a cabeza, sobre la que llevaba una bandeja rectangular y, en una mano, una mesita de tijera para poner la bandeja cuando su producto iba a despachar.
Caminaba normalmente cuando de repente pegaba una carrera y se detenía en cualquier esquina mientras gritaba: “mambo del caribe”.
Era como un panecillo más bien en forma de merengue, que nunca pude comprar; solamente apreciar la habilidad con que de un tirón abría las patas de la mesa y la bandeja sobre ella con precisión acomodar.
Desde entonces siempre me he preguntado por qué ese panecillo como “mambo del caribe” lo tenía que llamar, si realmente el mambo es un género musical que en Cuba lograron inventar.
Aunque más bien parecía un merengue que, cuando se detenía para abrir la mesa, el hombre hacía unos movimientos como para, a ritmo de chachachá, bailar.
Cuando iba al centro y caminaba por la calle San Blas, me detenía a ver a un señor dibujante que, en la acera de la Heladería Americana, sus encargos de retratos en carboncillo acostumbraba a pintar, y se convirtió en un reto para mí el pensar que yo también sería capaz.
Al lado del pintor, otro señor con un periquito, que con su pico sacaba un sobrecito con un texto que le decía al interesado lo que la suerte le tenía reservado.
Y para completar, en navidad, no podía faltar quien como yo se rebuscara fabricando arbolitos de palos secos, que al monte iba a cortar y los fijaba con cemento en potes de galletas de soda, para con algodón forrar.
En casa, con las bolitas de colores, se adornaban y con foquitos en forma de ajíes alumbrar.
Construía mis propios juguetes de madera, mientras el niño Dios me sorprendía con cualquiera de pasta que en “La Kico” se fabricaría.
Qué tiempos aquellos sin tanta vanidad, que con cosas tan sencillas lograba mi felicidad.
Por
José R. Múnera N


