El título de mi cuento pareciera referirse al de una canción que, casi siempre es imposible dejar de escuchar por la radio en tiempos de navidad; pero lo que ahora cuento no es tanto cuento; es de la vida real, y que en estas navidades a mí me ha tocado soportar.
Justamente en una navidad se presenta en nuestra familia una hermosa criatura, que nunca supimos cómo se pudo extraviar, o tal vez sí, desorientada por los totes de fuegos artificiales, que aturdida la desorientaron y en mi casa se pudo refugiar.
Entra a nuestra terraza, iluminada con las tradicionales luces de navidad, cuando mi hija menor tenía siete años, y como de otra luz con mejor resplandor, inmediatamente se pudo enamorar.
Estuvimos atentos por si de pronto alguien interesado notara su ausencia y preocupado la quisiera encontrar; pero no fue así y desde entonces, y durante doce años, formó parte de nuestro núcleo familiar.
“Mirringo” le puso por nombre a ese hermoso felino, el mismo del concentrado que se convirtió en su comida principal, y que con ninguna “mirringa mirronga”, como las que cuenta Rafael Pombo, nunca tuvo la oportunidad de interactuar; porque cuando le crecieron las garras y por proteger su territorio de otros gatos, se defendía con fuerza y energía; y una vez, por una considerable herida, se tuvo que hospitalizar, y aprovechando la ocasión para restarle agresividad, también se aprovechó para capar.
Uno se encariña tanto con las mascotas que hasta ciertos daños les puede perdonar, como cuando me rayaba el carro para sus uñas afilar, o también orinarse el panorámico y el desagradable olor a través del aire acondicionado inhalar.
Lo mudé para la casa de mi mamá en San Felipe, pero se extravió por el barrio y entonces, con sentimientos de culpa, lo busqué hasta que lo logré encontrar, y nuevamente a mi casa regresar.
De adulto dormía sobre el techo del carro que en la terraza techada, con ojo avisor, observaba todo lo que de la cuadra y alrededor pudiera pasar.
En navidades sí dormía dentro de la casa porque se estresaba con los totes y las luces artificiales que la gente acostumbra a explotar.
También sufría con los truenos y relámpagos de las tempestades, que hasta al agua le tenía fobia; por lo que para bañarlo había que llevarlo a la veterinaria, quien con mucho esmero lo sedaba y quedaba limpiecito hasta la próxima oportunidad.
En estas fiestas de navidades 2025, como es tradicional, todos queremos lucir mejor y hasta ropa nueva querer estrenar, y decidí que Mirringo también luciera limpio y elegante, por lo que a la veterinaria decidí llevar, para bañarlo y ponerle alguna vacuna pendiente y librarlo de cualquier mal.
Lo llevo muy temprano y en ayuna, como la veterinaria me había solicitado, para recogerlo por la tarde cuando ya estuviera listo y bien empeluchado.
Ya estaba bañado y despertando de la sedación, después de haber aprovechado para extraerle una pieza dental que se le había aflojado, tal vez en un par de contiendas que había tenido los dos días anteriores con un nuevo gato vecino, de un chino, que en la terraza lo venía a provocar.
Al mediodía me llama la veterinaria, llorando apenada y desconsolada, para decirme que Mirringo se le había infartado.
Desde entonces, anonadado, mi estado de ánimo, como el de mi esposa, se fueron pa’l carajo.
Ahora qué hacer con él y dónde sepultarlo, pero lo peor era cómo darle la noticia a mis hijos en el exterior, especialmente a la menor, quien especialmente lo adoptó y todos los días llama para preguntar por las mascotas, incluyendo a Max, el minipincher que también de pequeña y casi de rodillas me imploró que le comprara aunque “en el resto de su vida no le diera más nada”.
Es que es navidad y esa noticia la fiesta de ellos por allá también les iba a empañar, por lo que decidimos ocultar la verdad hasta que mi hija menor, en vacaciones a principio del nuevo año, pudiera regresar.
Otra triste navidad que, como la de los últimos dos años, no he podido con ganas bien disfrutar; es que soy muy sensible y no puedo dejar de pensar en la suerte de los afectados por la guerra en Ucrania, los de la franja de Gaza y especialmente los más cercanos en nuestro país Colombia, por la cruel arremetida de los grupos alzados en armas que, con fuegos no propiamente artificiales, de sus hogares han sido desplazados, abandonando inclusive los cuerpos de sus familiares caídos, unos defendiendo la patria y otros obligados a defender los intereses de grupos criminales y subversivos.
Se escucha el comentario de la gente diciendo: “es que las navidades ya no son como antes”, que además de los grupos en familia, se sentía el afectivo calor de las vecindades, con abrazos desde medianoche hasta que saliera el sol y ver disfrutar a los niños los juguetes que les trajo el Niño Dios.
Es que ahora como que hay menos niños que observar. Pareciera que los padres hubieran decidido mejor no tener hijos para que otros, atrevidos y arbitrariamente, los obliguen a morir por una causa egoísta de falsa doctrina socialista, en una negativa “potencia de vida” que no logran interpretar.
Entonces ahora es más frecuente escuchar el tema bolero compuesto con notas nostálgicas del compositor Rafael Hernández que dice:
“Aaaaay, qué triste navidad, voy a pasar sin ti, solito aquí en mi hogar y tú lejos de mí”.
Mirringo descansa en paz en una finca de Galapa, donde lo podremos visitar.
Por
José R. Múnera N


