Con la alegría serena que deja la garúa al deslizarse sobre los tejados —esa llovizna menuda que entra por los oídos y se anida en el alma— llegaron a mí, por primera vez, los poemas del poeta y amigo Miguel Torres Pereira. Lo conocí en Arjona(Bolívar), en una de mis primeras visitas a ese territorio entrañable, cuando fui invitado a participar, por medio del amigo William Villadiego, como jurado de la Canción Inédita en el Festival Bolivarense de Acordeón. Allí, entre acordes, voces jóvenes y la hospitalidad del pueblo, apareció su palabra: serena, penetrante, sin aspavientos, como si ya supiera que la poesía no necesita levantar la voz para quedarse.
Miguel Torres Pereira es licenciado en Ciencias de la Educación, Biología y Química por la Universidad del Atlántico, pero su verdadera aula ha sido siempre el lenguaje. Su más reciente libro, ‘Incertidumbre del regreso’, publicado por Rosa Blindada Ediciones de Cali, reúne 123 páginas organizadas en tres segmentos que se articulan entre sí como estaciones de una travesía interior: ‘Memoria de las migraciones’, con 16 poemas; ‘Incertidumbre del regreso’, que da título al volumen y agrupa 18 composiciones; y ‘Anuncios y revelaciones’, un cierre de 27 poemas que funciona como epílogo de luz, recogimiento y revelación.
Desde las primeras páginas, Torres Pereira demuestra un dominio admirable del lenguaje poético y una creatividad expresiva que no se agota. Su palabra se levanta como testimonio sensible de quien ha visto pasar el tiempo con lucidez, pero también con asombro. Conmueve cuando nos habla del tiempo cantado por el gallo en la castidad del alba, o cuando afirma que el rocío retrata la sed: versos donde la sencillez se vuelve misterio y la imagen alcanza un brillo cercano a lo sagrado.
El poeta se mueve con naturalidad entre la evocación y la metáfora, y en ese tránsito nos regala símiles de una belleza inquietante. “Como ave que cruza la noche”, escribe, y en esa línea parece condensarse toda la tensión del hombre que migra, del ser que busca su raíz entre sombras y auroras. En las postrimerías del libro, uno de los títulos resplandece con marcada potencia: ‘Recuerdos caminados’, síntesis perfecta de una poética que es viaje, memoria y retorno.
Nacido el 25 de octubre de 1960 en Arjona, Miguel Torres Pereira pertenece a una estirpe en la que el sol parece aprender su resplandor en las manos de los poetas. Su voz, forjada entre la docencia y la escritura, comenzó a resonar con fuerza en 1993, cuando obtuvo el primer lugar en el Concurso de Poesía Casa Silva de Cartagena. A ese reconocimiento le siguieron el Premio de Poesía Jorge Luis Borges de la Universidad del Magdalena (1995), el Premio de Poesía del Caribe Colombiano de la misma universidad (1998) y la Primera Mención en el Concurso Nacional de Poesía Gustavo Ibarra Merlano (2005).
Es autor de poemarios entrañables como ‘De luna y piel en otro ámbito’ (1996), ‘Estación del instante’ (2007), ‘El corazón de la noche’ (2020) e ‘Incertidumbre del regreso’ (2022). Fue miembro del Taller Literario Candil de la Universidad de Cartagena, cofundador del taller Encuentro con la Palabra, y su obra aparece en diversas antologías nacionales e internacionales, entre ellas ‘Nuevas voces de fin de siglo’, ‘Poesía colombiana’, ‘Cincuenta poetas colombianos’, ‘ENTRA-MAR’ y ‘Epigrama’.
En ‘Incertidumbre del regreso’, el tiempo es también un territorio afectivo. Cada poema respira la nostalgia de quien se ha ido, pero conserva la esperanza de quien regresa, aunque sea por la palabra. Torres Pereira escribe desde un exilio interior, con la conciencia de que toda partida encierra, secretamente, la promesa de un reencuentro.
Así, bajo esta garúa que anuncia ternura y pensamiento, celebramos una voz que confirma la vigencia de la poesía como acto de fe y de memoria. Miguel Torres Pereira se inscribe, con este libro, en la estirpe de quienes escriben no solo para ser leídos, sino para recordarnos —con humildad y belleza— que la palabra aún puede salvarnos del olvido.
Iniciamos esta entrevista que nos permite escuchar la voz de Miguel Torres Pereira y recorrer, a través de la palabra, los territorios de su escritura.
‘Incertidumbre del regreso’ está organizado como una travesía interior: ¿cómo nació la arquitectura del libro y qué necesidad vital lo llevó a dividirlo en esas tres estaciones poéticas?
‘Incertidumbre del regreso’ nació, para mí, como la necesidad de ordenar una inquietud interior que venía de muy lejos: de la infancia, de los paisajes primeros, de las preguntas que no hallaban respuesta. Por eso la arquitectura del libro se organiza en tres estaciones —Memoria de las migraciones, Incertidumbre del regreso y Anuncios y revelaciones—, como si se tratara de un viaje en tres tiempos que el mismo espíritu recorre una y otra vez. No podía ser un solo bloque: la experiencia del desarraigo y del retorno pedía etapas, pedía umbrales. En la primera parte, la memoria se detiene en las migraciones: ahí está la infancia como origen de toda inquietud, el espacio con sus ambientes y paisajes, los miedos incubados en el filo de las sombras. En la segunda, se instala la duda radical del regreso, ese punto donde el sujeto comprende que la huida también es una forma de llegar, que no se vuelve nunca al mismo lugar ni con el mismo cuerpo. Y en la tercera, Anuncios y revelaciones, aparece la casa como escenario simbólico: sus fantasmas y sus hogueras, sus recuerdos y sus visiones, como si el hogar fuera más una pregunta que una certeza. Las tres estaciones están atravesadas por un mismo eje: el tiempo, entendido no solo como cronología, sino como realidad adherida al ser, entre el devenir y la intuición de la eternidad. En última instancia, lo que busqué fue conjugar los tiempos del yo —el que fue, el que es, el que tal vez será— en un libro donde la travesía interior muestra que la verdadera fuga, la verdadera huida, termina siendo también el punto de llegada.
En su obra, la migración, el retorno y la memoria aparecen como pulsiones constantes: ¿qué lugar ocupa la experiencia del desarraigo en su poética personal?
En ‘Incertidumbre del regreso’ el desarraigo no aparece solo como la pérdida de un territorio, sino como una fisura en el ser, una herida en la idea misma de ‘tener un lugar’ en el mundo. Más que contar la anécdota del viaje, de la partida o del regreso, intento situarme en ese entre-lugar donde la identidad se desdobla, donde el yo se mira y no se reconoce del todo, y la memoria irrumpe como una fuerza que sacude cualquier certeza de pertenencia. El desarraigo, así entendido, deja de ser un simple hecho biográfico y se convierte en una experiencia metafísica: la sensación de que las raíces simbólicas —la comunidad, el paisaje afectivo, incluso la lengua— ya no me sostienen del mismo modo, o ya no me nombran como antes.Desde ahí, la migración, el retorno y la memoria son, para mí, formas visibles de un proceso más hondo: el del espíritu que ensaya, una y otra vez, la tarea de habitar lo inhóspito. Lo digo de manera sencilla: no se trata solo de cambiar de ciudad o de país, sino de experimentar que el propio interior se vuelve un territorio movedizo. En mi poética, el desarraigo ocupa el lugar de una disciplina interior; me obliga a reconstruirme en el exilio de mí mismo, a interrogar mis lealtades, a preguntarme qué significa realmente ‘estar en casa’. Poco a poco he ido comprendiendo que el hogar quizá no es un punto fijo en el mapa, sino una tensión inacabada entre lo que se dejó atrás y aquello que nunca termina de alcanzarse. De ese desajuste nacen las imágenes, las voces y los ritmos del libro. Cada poema es, en cierto modo, un intento de escribir desde la intemperie, de darle forma a esa sensación de estar siempre de paso. Por eso la incertidumbre del regreso no se reduce a una pregunta geográfica —“¿volveré o no volveré?”—, sino que se vuelve conciencia: la certeza de que todo retorno es también una nueva forma de tránsito, otra manera de no coincidir del todo con el lugar al que se regresa. En el fondo, lo que está en juego no es solo el movimiento del cuerpo en el espacio, sino el movimiento del ser en el tiempo: la experiencia de saberse, siempre, un viajero dentro de sí mismo.
Usted ha dicho la palabra desde la docencia y desde la creación literaria: ¿de qué manera esas dos vocaciones se han nutrido o tensionado a lo largo de su vida?
En mi vida, el yo maestro y el yo poético nunca han sido caminos separados: son la misma respiración que cambia de ritmo según el escenario. Siento que la palabra es mi verdadera morada; en el aula abriga a los otros, en el poema me resguarda a mí. No puedo trazar una frontera nítida entre la lección y el verso. Por eso digo que, si no nos guarecemos en la palabra, la intemperie de lo indecible termina por alcanzarnos. Allí está el punto. Más que una tensión entre oficios, lo que experimento es un flujo permanente: las historias, los gestos, incluso los silencios de mis estudiantes se sedimentan en mi memoria y, con el tiempo, regresan convertidos en imagen, en ritmo, en pregunta. Y al revés: lo que descubro en el poema me devuelve al aula con otra lucidez, con otra forma de estar frente al otro.
En poemas suyos, la sencillez se vuelve misterio y la imagen roza lo sagrado: ¿cómo se alcanza ese equilibrio entre claridad expresiva y profundidad simbólica?
Para mí, la sencillez no es pobreza de lenguaje, sino un despojo que deja pasar la luz. Trabajo con la palabra cotidiana, cercana al oído común, pero dejo que ese lenguaje se queme un poco en el fuego del asombro, hasta que las cosas más humildes empiezan a irradiar una claridad extraña. Una mesa, una calle, un paraguas bajo la lluvia, un trino, el grito empedrado de una carreta, el milagro cóncavo de una tinaja cocida en un barro íntimo, eso basta. Lo que busco es que la imagen no se hinche de adornos, sino que respire desde lo mínimo y, desde allí, logre empinarse para alcanzar lo sagrado. El equilibrio aparece cuando cada palabra se ve transparente y, sin embargo, abre una hondura que el lector no termina de agotar. Dicho de manera simple: que lo que se entiende de inmediato siga resonando por dentro mucho después de haber sido leído.
¿Qué papel cumple el tiempo en su poesía: es un enemigo que erosiona, un testigo silencioso o una materia que se puede modelar con la palabra?
El tiempo, en mi poesía, es materia viva. Por eso lo festejo en la danza de una hoguera, lo oigo cantar en el gallo clandestino del alba, lo imagino como coordenada secreta que orienta al girasol. También lo siento prisionero en la piedra, insomne en su mutismo, contando sin voz el tiempo que la pulido. Y lo escucho confesarse en la lluvia que golpea los paraguas de la tarde.
Pero no se queda solo en esas figuras. En el fondo, percibo el tiempo como un círculo sin borde: sin origen, sin final, sin llegada ni regreso. Frente a esa vastedad, lo único que puedo ofrecer es mi brevedad, mis cenizas, mi caída a sus abismos. Cada poema es eso: un intento frágil de inscribirme en ese flujo inconmensurable, sabiendo que la inscripción es siempre parcial y efímera. Mi yo lírico, recrea la cotidianidad y su cuota de errancia hacia el final y se hace uno con ella, en una liturgia donde comulgan el tiempo y el espacio como unidad existencial donde me condeno, me reivindico y a veces me salvo.
Su poesía parece dialogar con la naturaleza —el alba, el rocío, la noche— como si fueran entidades vivas: ¿escribe desde la contemplación o desde la memoria de lo contemplado?
Cuando escribo, la naturaleza no aparece como telón de fondo; llega como interlocutora. El alba me despierta e interroga, el rocío me toca como una mano silenciosa, la noche se sienta conmigo a conversar, la luz me conversa, la luciérnaga se posa en la manga de mi camisa y el agua canta en la acequia. El asombro, entonces, se convierte en revelación: algo en el paisaje se abre como un libro secreto. Es verdad que muchas veces parto de la contemplación directa, del instante mismo. Pero también escribo desde la memoria de lo contemplado, desde aquello que se negó a morir en mí. Luz, penumbra, fragancias, sueños y recuerdos se mezclan hasta provocar un arrobamiento que prepara el espíritu para el milagro. En ese punto, lo exterior deja de ser solo paisaje y se vuelve, sin que yo lo fuerce, un mapa de mi propia alma.
¿Cómo concibe la metáfora: como un hallazgo intuitivo o como el resultado de un trabajo consciente y riguroso con el lenguaje?
Concibo la metáfora como un puente tendido entre lo tangible y lo invisible. De un lado están los objetos situados en el espacio y el tiempo; del otro, eso que apenas roza la supra conciencia: el desarraigo, la esperanza, el duelo, la nostalgia del regreso. Cuando el puente se ilumina, nace una tercera realidad que antes no existía, en ese instante se salva el abismo. Se produce, de la nada, un chispazo intuitivo, un relámpago que irrumpe sin aviso. Pero no me basta la ocurrencia. Necesito moldear ese destello enun trabajo paciente con el lenguaje, negociar con el peso específico y la densidad de cada palabra y la música interna que cada una encierra; buscar la unión precisa donde dos mundos se tocan sin violencia. En términos sencillos: la metáfora solo me interesa cuando deja de ser adorno y se convierte en llave, cuando abre una puerta que deja salir el milagro que el lenguaje no había sabido nombrar.
Desde su experiencia, ¿qué distingue a un poema logrado de un texto que todavía no ha encontrado su verdadera voz?
Reconozco un poema logrado por el relámpago interior que provoca. De pronto, algo se enciende y hay un antes y un después en quien lo lee. Ese celaje no siempre es estruendoso; a veces es apenas un murmullo que se queda rondando la memoria, mutando de forma casi imperceptible la manera de mirar el mundo. Pero se siente. Se percibe de inmediato. En cambio, un texto que aún no ha encontrado su verdadera voz puede ser correcto, incluso elegante, y no dejar huella. Le falta ese temblor, ese golpe certero de claridad en el que: sentido, música y emoción se enlazan de tal manera que el poema se vuelve irrepetible. Cuando eso no ocurre, lo que queda es un ejercicio bien hecho, pero todavía no una experiencia verdadera.
Usted pertenece a una generación que ha atravesado cambios profundos en la lectura y la cultura: ¿cómo observa la relación actual entre poesía y sociedad?
Desde mi generación he visto cómo el hábito de la lectura se ha ido debilitando. La poesía, en particular, parece seducir menos a buena parte de la juventud, que se mueve con mucha libertad y solvencia entre pantallas, aplicaciones y estímulos veloces donde el tiempo para la reflexión y el desarrollo de estructuras de pensamiento complejo se vuelven un lujo. No es que la poesía haya perdido su encanto y su secreto, es que muchas veces el ruido del entorno no deja oír su respiración. Al mismo tiempo, observo una desconexión entre los contextos sociales y sus realidades, a veces dolorosas, y ciertos fenómenos culturales que se consumen más como moda que como posiciones críticas, que permitan reivindicar todo lo humano, que sin darse cuenta, se van dejando arrebatar. Entonces el lenguaje poético pierde su significado como un estado en el cual el hombre ejerce resistencia para recuperar parte de su memoria. Frente a esto, sigo creyendo que es una verdad indeclinable lo que afirmara Luís Cardoza y Aragón “la poesía es la única prueba concreta de la existencia del hombre” solo ella sostiene toda la estructura emocional cuando lo demás amenaza con derrumbarse.
En una época dominada por la velocidad y la inmediatez, ¿qué sentido conserva hoy la escritura poética como acto de resistencia?
Vivo, como todos, en un tiempo gobernado por la velocidad y la inmediatez. En medio de esa prisa, la poesía que intento escribir se niega a ser un invento separado de la vida. Para mí, el poema no es un lujo ni un escape; es una forma refinada de comprender lo vivido, de darle una segunda dimensión a la experienciahumana. Frente al mandato de consumir y pasar página, el poema propone otra medida del tiempo y del sentido. Obliga a detenerse, a leer más despacio, a volver sobre una imagen o un verso. En términos directos: si algo resiste, en la poesía, es el derecho a una interioridad no colonizada, a una mirada que no se conforme con el ruido de lo inmediato.
Desde su condición de maestro y poeta, ¿qué tipo de textos considera fundamentales para los jóvenes que se inician en la lectura, y por qué cree que esos primeros encuentros con la palabra pueden marcar de manera decisiva su relación futura con la literatura?
Desde mi juventud fui un lector consumado; mi encuentro con la poesía estuvo marcado por voces definitivas en mis intenciones de asomarme al lenguaje poético; fueron tan definitivas que hoy, en mi condición de maestro y poeta sugiero a mis estudiantes que manifiestan inquietudes, que se acerquen a: Pablo Neruda, Federico García Lorca, José Asunción Silva, Luís Carlos López, Walt Whitman, Porfirio Barba Jacob, Aurelio Arturo, Raúl Gómez Jattin, entre otros.
En esa misma línea formativa, ¿qué tipo de lecturas deberían evitar o, al menos, postergar quienes comienzan su camino como lectores, para no confundir la facilidad con la verdadera experiencia estética y crítica que exige la literatura?
Cuando pienso en quienes empiezan a leer con curiosidad legítima, lo primero que diría es que conviene aplazar, al menos por un tiempo, aquellas lecturas que reducen la literatura a simple pasatiempo. Textos que solo buscan satisfacción inmediata, que no proponen complejidad de pensamiento ni exigen una participación dialogante entre escritor y lector.Asumir el texto con la responsabilidad estética que solo inspira lo sagrado.
¿Qué autores, libros o tradiciones han dejado una huella indeleble en su formación poética y aún continúan dialogando con su escritura?
Mi formación poética está hecha de muchas voces que, de alguna manera, siguen hablando dentro de mí. De Fernando Pessoa me marcó esa multiplicidad del yo, esa conciencia de que la identidad es un tejido de máscaras y de voces, nunca una sola voz cerrada. De Constantino Kavafis, aprendí la idea del viaje como destino, la noción de que a veces lo importante no es llegar, sino el modo en que se atraviesan las ciudades interiores. Walt Whitman me enseñó la celebración del cuerpo y de la multitud; esa voz que abraza al mundo y lo canta en una especie de respiración cósmica. De Neruda conservo cierta intuición de lo cotidiano como materia de asombro, esa capacidad para volver sagrado un objeto mínimo. Aurelio Arturo me dio la música de la tierra, la resonancia de los paisajes como memoria viva, desde su “Morada al sur” por medio de la analogía y la correspondencia, de las imágenes genésicas de su contenido; el verde, la nostalgia de la casa, la infancia; pero sobre todo, en “la unidad original de todo lo existente”. Todos ellos, de maneras distintas, siguen dialogando con mi escritura; a veces los siento como presencias explícitas, otras como corrientes subterráneas que sostienen lo que escribo sin que siempre lo advierta de inmediato.
¿Cómo enfrenta el silencio creativo: como una amenaza, una pausa necesaria o un espacio fértil para la reflexión?
El silencio creativo, cuando llega, se me presenta primero como amenaza. Siento la incertidumbre y el temor de que la capacidad de crear, ese milagro del hecho estético, pueda dejar de visitarme. Es una sensación muy concreta: como si la plástica de la palabra se hubiera retirado y me dejara solo con el deseo de escribir. Sin embargo, con el tiempo he aprendido a leer ese mismo silencio como un espacio fértil. Me obliga a escuchar más hondo, a preguntarme qué voces en mí ya no son auténticas y cuáles aguardan, todavía mudas, en la penumbra. Es duro, sí. Pero también es una pausa necesaria para que el próximo poema llegue con una verdad menos automática y más propia.
¿Cree que la poesía se enseña, se contagia o se descubre de manera íntima y solitaria?
No se enseña a poetizar, el encuentro con la poesía es una revelación desde la dimensión trascendente del individuo, en el instante en que el espíritu se deja interpelar por el asombro. Esa condición es inherente a la esencia misma del ser; en esa predisposición al hecho poético somos atentos a situaciones elementales del paisaje: leemos el rastro de una hoja desprendida en manos del viento; traducimos el diálogo de la lluvia en los alares de la casa; nos sacude la presencia de una luz filtrada por una rendija; nos seduce la gracia de una peineta en la trenza de la abuela; nos estremece los miedos, los sueños y las preguntas. Estas revelaciones ocurren en la intimidad de la soledad, el silencio casi metafísico, ese es el hecho poético, el poema ocurre cuando se articulan en una unicidad: la emoción, el lenguaje, el ritmo y la imagen poética.
En su proceso creativo, ¿qué llega primero: la imagen, el ritmo, la emoción o la palabra exacta?
En mi caso, casi siempre llega primero la emoción. Aparece como un estado del alma: una inquietud, una nostalgia, una alegría rara, una punzada de desarraigo. Es algo que siento antes de poder nombrarlo. Luego, casi de inmediato, se asoma la imagen: una escena, un gesto, un objeto que encarna esa emoción y le da un cuerpo visible. Después viene el ritmo. El verso empieza a respirar por su cuenta, a marcar un compás interno que me dice si voy por el camino correcto o si debo detenerme. Ese ritmo es decisivo: es el que sostiene la tensión entre lo que quiero decir y lo que el poema me permite decir. Solo al final, cuando emoción, imagen y ritmo han encontrado una cierta armonía, aparece la palabra exacta. Esa es la meta. La palabra que no decora, sino que revela; la que se ajusta al poema como si siempre hubiera estado allí, esperando ser pronunciada.
¿Hasta qué punto la experiencia vital debe pasar por el tamiz del lenguaje para convertirse en poesía y no quedarse en simple confesión?
He llegado a creer que la experiencia, por sí sola, no hace poesía. Si se queda en confesión, no basta. La experiencia necesita pasar por el tamiz del lenguaje, por una elaboración que tome la palabra cotidiana y la eleve a hecho estético. Ese es el punto: no se trata de embellecer, sino de encontrar la forma justa. En la práctica significa escuchar la música interna de cada expresión, dejar que la vivencia encuentre su propio ritmo, su respiración. Cuando eso ocurre, lo que cuento deja de ser “mi historia” y se vuelve resonancia compartible. El poema no dice solo “esto me pasó a mí”, sino “esto, de algún modo, también puede pasarte a ti”.
Usted ha sido parte de talleres literarios y proyectos colectivos: ¿qué valor le concede hoy al diálogo entre escritores frente a la escritura en soledad?
Soy del criterio que la experiencia de talleres de escritura creativa y, concretamente los de poesía, son espacios que generan una atmósfera propicia para afianzar la confianza y vencer los temores que en algún momento asaltan al principiante. El diálogo, la corrección, las sugerencias durante la creación, enriquecen de alguna manera el ejercicio de la “escritura en caliente”, luego viene la “escritura en frío” la que pule, que si debe asumirse en la soledad y el silencio en que el escritor dialoga únicamente con su yo lírico.
¿Qué espera que encuentre un lector cuando se acerque por primera vez a su obra: una historia, una emoción compartida o una pregunta abierta?
Cuando imagino a un lector que se acerca por primera vez a mi obra, no pienso en alguien que busca únicamente una historia. Me gustaría que se sintiera interpelado, que algo en el libro lo mirara de frente y le dijera: “esto también eres tú”. Que se desconcierte un poco, que se reconozca en la incertidumbre, en el desarraigo, en la pregunta y en el asombro. Si algo espero, en el fondo, es que el lector no salga ileso. Que al cerrar el libro tenga la sensación de que una luz —tal vez tenue, tal vez intensa— ha tocado una zona de sí que permanecía en sombra. No importa si no encuentra de inmediato las palabras para explicarlo. Lo esencial es ese estremecimiento silencioso, esa certeza de que la lectura lo ha movido de lugar.
Para terminar, maestro Miguel, después de tantos años de oficio, ¿qué sigue buscando en la poesía y qué lo impulsa a continuar escribiendo como si cada poema fuera un regreso y, a la vez, una partida?
Después de tantos años escribiendo, lo que busco en la poesía sigue siendo el mismo refugio: la palabra como morada segura, el lugar donde me guarezco para que la intemperie del mundo —y de mí mismo— no me alcance del todo. Siento que en cada poema intento construir esa casa de lenguaje, frágil pero resistente, que me protege durante esta huida perpetua hacia mí mismo. Es una búsqueda que no termina, porque el desarraigo interior nunca se resuelve por completo. Pero hay algo más hondo que me impulsa. En cada verso que logro salvar, en cada imagen que resiste el borrador y la duda, encuentro una certeza sencilla y radical: no moriré del todo. Ese es el pacto secreto que hago con la poesía.
Fausto Pérez Villarreal


