Estamos en enero y llega otro Año Nuevo, y a mí también otro año más de edad que, algebraicamente, es otro menos, porque cada vez me acerca más a la meta de partida, donde el ciclo de la vida se tendrá que cerrar.
En mi tierra, enero es época de precarnaval y continúa la alegría de las recientes navidades que acaban de pasar, en las que se camuflaron unos Reyes Magos, o más bien “vagos”, dizque siguiendo una estrella para encontrar a un niño que sería la luz del mundo, que iluminaría el camino para las cosas organizar.
Llegaron un poco retrasados porque se metieron por Calamar, eludiendo los bloqueos de las carreteras, para hasta Barranquilla un 6 de enero poder llegar, que es cuando realmente comienza el precarnaval; sin entender por qué meten en este cuento a San Sebastián, al que por otros lados celebran el 20 de enero para decidir que es cuando se debe hacer acá la lectura del bando y oficialmente las fiestas iniciar.
Generalmente enero es para mucha gente un mes de limitaciones económicas por los gastos de la Navidad y, seguidamente, matrículas de colegios y universidad, por lo que en carnavales la gente se disfraza de cualquier vaina barata para descrestar, tirando cuentos, letanías y varillas para, por sus gracias, algo de propina rebuscar, o por lo menos algún trago gorreado disfrutar.
Así nació el disfraz de “marimonda”, con chaqueta y pantalón viejo al revés y una careta funda de almohada con ojos saltones, narizón y orejas de cartón, para burlarse de los políticos que como siempre han tenido jodida a la nación; y con un ruido de un pito “pea, pea”, similar al gruñido de un cerdo, y señalarles con una varita que son los puercos que se alimentan de la corrupción.
Algunos se las tiran de maricas —aunque va uno a ver, y es verdad—, porque es la época en que desinhiben sus complejos y salen del clóset para otros hombres ir a “timbrar”.
Pero este año 2026, quién sabe cómo las cosas serán, por la situación económica tan dura y el progreso de la inseguridad.
Es que el estado de ánimo del pueblo, con la atención en salud de las personas desmejorada y mal alimentadas por descompletarse la canasta familiar, debido al incremento de los precios, además de tanta violencia e injusticia social, pareciera no aguantar más.
La esperanza de vida se proyecta embolatada, cuando se observan las acciones contraproducentes del actual gobierno para las cosas aparentemente “mejorar”, además del panorama expectante por el perfil degradante de algunos aspirantes a presidente que seguramente, después de ser elegido en las próximas elecciones, con el mismo cuento nefasto continuar.
Realmente “da grima” escuchar al ministro de Salud, Guillermo Alfonso Jaramillo, contestar a un medio sobre la condición de impotencia y sollozante del gerente del Hospital San Rafael de Itagüí, Luis Fernando Arroyabe: “Los ricos también lloran”, cuando realmente es un sentimiento de dolor por no tener cómo pagarle a sus colaboradores, que son trabajadores no propiamente ricos y que tienen sus propias necesidades y obligaciones.
Lo peor es que la situación no solamente hace llorar al Dr. Arroyabe y sus empleados, sino a los pobres usuarios del sistema que, por una actitud negligente del superintendente y por fallas en los tratamientos oportunos, puedan ser inducidos hacia la muerte.
Si le pidieran la opinión a la vicepresidenta Francia Márquez, la que quién sabe en qué actividades andará, tal vez contestaría: “de malas”, y más na’; o a Irene Vélez, exministra de Minas y Energía, quien al respecto tal vez diría: “es efecto transitorio del modelo de decrecimiento de la economía”.
Entonces, con todo lo que hemos visto en este gobierno de cambios, que cambia de ministros como cambiarse de “interiores”, hay suficientes elementos de juicio para decidir con claridad sobre por quién en las próximas elecciones poder votar.
Lamentablemente hay muchos —como un amigo mío— que le cantan bonito al gobierno actual y su sistema de cosas, no obstante entender que no han sido tan beneficiosas y más bien por exceso de lealtad, como tal vez compusiera Omar Alfanno y cantara Gilberto Santa Rosa, a una mujer aparentemente hermosa, consciente de su terquedad y hasta de perder su dignidad, por solo sentirse “SIN VOLUNTAD”.
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“Por más que intento arrancarte de mi ser, no puedo
No sé qué rayos pasa con mi dignidad,Me hago daño sin razón las veces que lo intento, por eso siempre vuelvo a tu lado a pedirte mas”
Mas de este amor que me da vida,
Mas de esa luz de tu mirar,
Razones hay de mas para alejarme,
Pero en verdad me falta voluntad,
Mas de esta calma que me agita,
Mas de ese tierno caminar,
Ya se que no esta bien amarte tanto,
Pero en verdad me falta voluntad.
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Querer más de lo mismo, ya es masoquismo.
Necesitamos más “fuerza y voluntad política”, para el verdadero cambio de interés general poder lograr.
Por
José R. Múnera N.


