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Participación: el acto que transforma comunidades y país

RedacciónPor: Redacción
28 enero, 2026
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Hay palabras que parecen simples, pero que cargan una fuerza inmensa. Participación es una de ellas. No es solo un concepto, ni un deber escrito en normas; es una decisión consciente, un acto de responsabilidad y, sobre todo, una oportunidad real de transformar los espacios que habitamos y el país que compartimos.

Participar es decir “sí” cuando se nos invita a construir, pero también es levantar la mano cuando algo no está funcionando. Es entender que las decisiones que hoy se toman —o que se dejan de tomar— tienen efectos directos en nuestra calidad de vida, en la convivencia diaria y en el futuro de nuestras comunidades.

En la propiedad horizontal, la participación no es un lujo ni un favor: es el corazón mismo del sistema y la base sobre la cual se construye una convivencia sana, justa y sostenible en el tiempo. Participar es comprender que cada edificio, conjunto residencial o copropiedad es una pequeña comunidad, un microcosmos social donde las decisiones colectivas impactan de manera directa la vida diaria de quienes la habitan. Allí, cada voz cuenta, cada opinión suma y cada presencia en los espacios de decisión fortalece la legitimidad de lo que se acuerda.

La participación en la propiedad horizontal es, ante todo, un acto de corresponsabilidad. Implica entender que el bienestar individual está profundamente ligado al bienestar colectivo y que desentenderse de los asuntos comunes no nos hace neutrales, sino ausentes. Asistir a una asamblea, postularse a un consejo de administración o integrar un comité de convivencia es asumir el compromiso de cuidar el patrimonio común, pero también de proteger la armonía, el respeto y la dignidad de la vida en comunidad.

Cuando la copropiedad participa activamente, las decisiones dejan de ser impuestas y se convierten en acuerdos construidos. Se fortalece la transparencia, se reducen los conflictos, se mejora la comunicación y se genera un mayor sentido de pertenencia. La propiedad horizontal deja entonces de ser solo un lugar para habitar y se transforma en un espacio donde se construye ciudadanía, liderazgo y confianza mutua.

El consejo de administración ocupa un lugar estratégico dentro de la propiedad horizontal. No es un órgano decorativo ni una instancia lejana; es el espacio donde se materializa la voluntad de la asamblea y donde se toman decisiones que inciden de manera directa en la estabilidad financiera, administrativa y social de la copropiedad. Por ello, su ejercicio debe estar guiado por principios claros de ética, responsabilidad y servicio.

Ser parte de un consejo de administración implica comprender que el liderazgo no se ejerce desde la imposición, sino desde el ejemplo. Escuchar, deliberar, preguntar y decidir con información suficiente son actos que dignifican la función y fortalecen la confianza de la comunidad. Un consejo participativo, plural y comprometido contribuye a prevenir conflictos, a anticipar riesgos y a promover soluciones equilibradas que beneficien al conjunto y no a intereses particulares.

Asimismo, el consejo de administración cumple una función pedagógica y orientadora. A través de sus decisiones y de su forma de actuar, envía mensajes claros a la comunidad sobre la importancia de la legalidad, la transparencia y el respeto por las normas. Cuando el consejo actúa con coherencia y sentido de propósito, estimula una mayor participación de los copropietarios y genera un círculo virtuoso de compromiso colectivo.

Hacer una invitación a participar implica también un llamado urgente a la acción. Postergar las asambleas, aplazar las decisiones o dejar pasar el tiempo tiene efectos reales. Cada mes que pasa sin definir presupuestos, cuotas, contratos o planes de acción puede profundizar dificultades financieras, generar vacíos administrativos y ampliar el llamado hueco fiscal.

Realizar las asambleas lo más pronto posible no es una formalidad: es una medida de responsabilidad. Es anticiparse a los problemas, tomar decisiones oportunas y evitar que las cargas futuras sean más pesadas para todos. La participación temprana es una forma de cuidado colectivo.

La participación no se agota en los muros de un edificio o conjunto residencial. Colombia cuenta con múltiples escenarios de organización social que permiten a la ciudadanía incidir de manera directa en su entorno. Las juntas de acción comunal, las asociaciones, los comités y las organizaciones sociales reconocidas por la normativa vigente son espacios vivos de construcción de tejido social.

Allí se gestionan proyectos, se defienden intereses colectivos, se promueve la solidaridad y se fortalece la democracia desde lo local. Participar en estos espacios es reconocer que los cambios profundos no siempre nacen desde arriba, sino desde la base, desde la comunidad organizada que conoce sus necesidades y sueña con soluciones posibles.

Cada ciudadano que se involucra aporta legitimidad, transparencia y fuerza a estas organizaciones. La indiferencia debilita; la participación fortalece.

La participación ciudadana alcanza una de sus expresiones más poderosas en las elecciones. En poco tiempo, Colombia vivirá nuevos procesos electorales que definirán el rumbo del país. Independientemente de ideologías o partidos políticos, votar es un acto de compromiso con la democracia.

Participar en las votaciones es entender que el futuro no se construye desde la ausencia, sino desde la decisión consciente. Es reconocer que cada voto cuenta, que cada elección es una oportunidad para expresar ideas, exigir coherencia y apostar por el país que queremos.

No participar es dejar que otros decidan por nosotros. Participar es asumir la responsabilidad histórica de influir en el presente y en el futuro de Colombia.

Este es un llamado respetuoso, pero firme. Una invitación emotiva, pero realista. Participar no siempre es fácil, exige tiempo, diálogo y compromiso. Sin embargo, es el camino más legítimo para construir comunidades sólidas, organizaciones transparentes y un país más justo.

Participemos en nuestras asambleas, asumamos roles en los consejos y comités, fortalezcamos las organizaciones sociales y acudamos a las urnas con convicción. No por obligación, sino por conciencia. No por interés individual, sino por el bien común.

Porque participar no es solo estar presente: es hacerse cargo. Y cuando la ciudadanía se hace cargo, las comunidades crecen y el país avanza.

Participar es creer que la palabra tiene valor y que el silencio prolongado también decide. Es asumir que los espacios colectivos no se transforman solos y que la democracia cotidiana se construye con presencia, criterio y responsabilidad.

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Participar es salir de la comodidad de la queja para entrar en el terreno de la propuesta. Es comprender que cada asamblea, cada reunión comunitaria y cada jornada electoral son oportunidades para incidir, para corregir rumbos y para fortalecer lo que nos une.

Hoy, más que nunca, Colombia necesita ciudadanos activos, comunidades organizadas y liderazgos comprometidos con el bien común. Que la participación no sea una excepción ni una obligación ocasional, sino una práctica constante que refleje amor por lo colectivo y respeto por el futuro.

Participemos. En nuestras copropiedades, en nuestras organizaciones sociales y en las urnas. Participemos con convicción, con responsabilidad y con esperanza. Porque el país que soñamos empieza con la decisión de participar hoy.

Escrito por:

Jorge Enrique Hernández Alonso

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