Por Fausto Pérez Villarreal
Federico Santodomingo Zárate pertenece a esa estirpe de intelectuales caribeños cuya obra no se agota en los libros ni se encierra en el aula. Hombre espontáneo, de risa fácil y contagiosa, su figura está asociada tanto al rigor del pensamiento como a la cercanía humana. Fue el entrañable amigo —hoy ausente— Luis Estrada, veterinario y juez-árbitro de boxeo, quien me habló por primera vez de él y me puso en las manos un ejemplar de su obra prima, ‘Estéreo tipografía’. Más tarde, el maestro Abel Ávila Guzmán me lo presentó una tarde en la entonces Editorial Antillas: cabello largo, espejuelos redondos, camisa de colores, sonrisa permanente y un apretón de manos fraterno. Desde entonces hemos vuelto a encontrarnos en recitales y conversatorios en Ciénaga y Barranquilla; Polonuevo fue el escenario donde coincidimos con amigos comunes y con escritores de reconocida valía como Concepción Martes Charris y Byron Vacca Pertuz.
Poeta, profesor universitario, periodista y columnista, ha hecho de la palabra un instrumento ético para mirar la realidad de frente, sin concesiones, con lucidez crítica y una honda conciencia estética e histórica.
Su ejercicio académico, desarrollado principalmente en la Universidad del Atlántico y en otras instituciones de educación superior, se ha caracterizado por una pedagogía crítica y un compromiso inquebrantable con la formación de pensamiento libre. Distinciones como la Mención de Méritos Académicos y Periodísticos de la Fundación Puerta de Oro de Colombia, el Busto de Gabo en Santa Marta y el premio de Comfamiliar en Barranquilla dan cuenta de una trayectoria reconocida, pero, sobre todo, coherente.
En la poesía, Santodomingo ha construido una voz incómoda, frontal y profundamente consciente de su tiempo. Desde su primer libro, ‘Estéreo tipografía’, publicado por la editorial Puesto de Combate, se advierte una escritura que rehúye el ornamento vacío y apuesta por la claridad crítica. Su obra ha trascendido el ámbito local al ser difundida en publicaciones extranjeras como el periódico finlandés Tiedonantaja y la revista Tiempos Nuevos, y ha sido incluida en diversas antologías nacionales e internacionales. Títulos como ‘Poetadas’ y ‘Hereje’ confirman una poética que se asume sin concesiones, fiel a una ética del lenguaje y de la inconformidad.
Su universo creativo está profundamente enraizado en el Caribe, no como postal folclórica, sino como espacio vivo de memoria, conflicto y saber popular. La presencia de figuras como Gabriel García Márquez y Leandro Díaz, así como las referencias a los festivales vallenatos y a la tradición oral, funcionan como puentes entre la cultura letrada y la experiencia cotidiana. En esas evocaciones, la música, la anécdota y la palabra se funden para reivindicar una inteligencia nacida del pueblo, intuitiva y lúcida, capaz de nombrar el mundo con precisión y humor.
Los poemas que conforman su obra más reciente revelan una mirada crítica frente a la violencia, la desigualdad social, la impostura del ascenso ficticio y las lógicas deshumanizantes del poder contemporáneo. Con ironía, sobriedad y una dosis de ternura áspera, Santodomingo convierte la experiencia individual y colectiva en materia poética. Su escritura no busca consolar, sino despertar; no pretende complacer, sino interpelar. En esa tensión permanente entre palabra y realidad se afirma una poética de resistencia, donde escribir sigue siendo un acto de dignidad.
Federico Santodomingo Zárate nació el 11 de febrero de 1950 en Riofrío (Magdalena). Es profesor de la Universidad del Atlántico, donde también se desempeñó como secretario de la Facultad de Educación, y ha sido catedrático en la Universidad del Norte, la Corporación Educativa del Litoral y la Universitaria de la Costa. En el periodismo ha ejercido como columnista del diario La Libertad y del medio digital zonaceroinfo.co, espacios desde los cuales ha sostenido una intervención crítica sobre la cultura y la realidad social del país.
Su reconocimiento literario comenzó tempranamente. En 1982 obtuvo el primer premio del Concurso de Comfamiliaren Barranquilla con el poema La sala limpia del olor a rancio de una vieja, y ese mismo año alcanzó el segundo lugar en el Concurso de Poesía Suramericana de Seguros en Bogotá. En 1984, volvió a ocupar el segundo lugar en este certamen. En 1992 recibió el Busto de Gabo otorgado por la Asociación Gabriel García Márquez en Santa Marta, y en 1996 la Fundación Puerta de Oro de Colombia le concedió la Mención de Méritos Académicos y Periodísticos.
Publicó su primer poemario, Estéreo tipografía, en 1981, bajo el sello Puesto de Combate de Bogotá. Su obra ha sido incluida en antologías como Poetas en Abril (1986), la Antología Poética del Instituto de Cultura del Magdalena(1987) y en compilaciones más recientes como Paraíso recobrado, Tiempo de fuego (1989), Las voces de la tierra y la Antología poética del Caribe colombiano. Es autor, además, de los libros Poetadas, Hereje, la novela Federico monta la caballa y El tic tac de las zapatillas de doña Pau.
La reedición facsimilar de Estereotipografía / El poeta, realizada por el proyecto editorial Funescuela de Barranquilla, reafirmó el valor de una obra escrita desde los márgenes, ajena a los dictámenes del canon y sostenida por la fidelidad a una ética del lenguaje. Leída hoy, su poesía confirma una trayectoria donde vida y escritura dialogan sin artificios, y donde la palabra sigue siendo ejercicio de memoria, crítica y resistencia cultural.
A continuación, la entrevista con el poeta Santodomingo.
Su obra ha sido descrita como una escritura nacida “desde los márgenes”, ajena a la bendición del canon y de los grandes grupos editoriales. ¿Cómo ha dialogado usted, como poeta, con ese lugar periférico que a veces es silencio, pero otras veces libertad?
Usualmente, a quienes vivimos la época del boom nos tocó leer a sus escritores publicados por grandes editoriales, pero a quienes comenzamos a aspirar al mismo oficio nunca se nos dio esa oportunidad. Por fortuna, fueron apareciendo las pequeñas editoriales, que nos abrieron sus publicaciones, y la existencia rebelde de los suplementos literarios —hoy ya desaparecidos— que acogían nuestras voces proclamando la libertad social. Nos intelectualizamos llevando la rebeldía a la escritura.
‘Estereotipografía’ aparece hoy como un libro cara y cruz: obra poética y memoria viva tejida por voces cercanas. ¿Qué siente al verse leído, interpretado y narrado por amigos, críticos y familiares dentro del mismo volumen que contiene su poesía?
Es el reconocimiento a una trayectoria, a una labor que comienza con bríos en la juventud y persiste en la madurez. Es una intensa expresión de la solidaridad de los compañeros lectores, del amor profundo de mi parentela y de una sociedad que ha visto la dureza con que me ha tratado la vida, a la cual he respondido con versos. Esto lo percibió mi “llave”, el Toti, en su papel de editor, y decidió lanzarse a la aventura de esta reedición, junto con el nuevo libro El poeta.
En sus poemas se percibe una ética del decir directo, sin arabescos ni artificios esteticistas. ¿Fue una decisión consciente construir una poética de la sinceridad, incluso a riesgo de ser leída como “precaria” por ciertos circuitos críticos?
Tuve el privilegio de comenzar en una Colombia que sobrevivía a la violencia, donde la juventud empezó a defenderse con la teología de la liberación y el fervor de los jóvenes marxistas. Me tocó lo que Sartre llamó el colapso de mi temporalidad. Declamando a los poetas españoles perseguidos por Franco, fui apegándome rápidamente a la poesía en prosa, en un país enfermo por el soneto y el piedracielismo, donde la palabra hueca engaña a la imaginación. El Instituto Caro y Cuervo representaba una academia goda que rechazamos críticamente. Mis lecturas se encaminaron hacia Brecht, César Vallejo y Baudelaire. Renuncié al verso tradicional por la prosa poética e ingresé al mundo del antipoeta con Nicanor Parra, Luis Vidales, el norteamericano Whitman y, sobre todo, Rimbaud, siempre identificado con la Comuna de París y contra la falsa moral burguesa, la religión y los patriotismos que ocultan la avaricia de los poderosos y ahogaron en sangre este asalto al cielo, como lo calificó Marx.
Su escritura parece debatirse entre la confesión íntima y la consigna colectiva. ¿En qué momento el poema deja de ser solo una expresión personal y se convierte, para usted, en un acto político?
A nosotros nos correspondió la aparición de la novela como género burgués en prosa, pero también el verso en prosa de los autores franceses, que acabó con el formalismo conservador de los españoles. Esto me abrió el camino hacia una poesía crítica de la realidad, respaldada por críticos literarios de nuevas tendencias. Así ocurrió en el concurso de poesía Perspectivas, en la Universidad del Atlántico, donde el crítico Carlos J. María premió mi poema Pero mañana. Ese texto me abrió las puertas de los suplementos literarios, en los cuales siempre tuve acogida. Recuerdo la entrevista de Guillermo Tedio en el diario El Nacional. Fui incluso director del suplemento del diario La Libertad. Más adelante, con mis poemas en prosa, gané por primera vez el premio de Comfamiliar en Barranquilla y, entre más de seiscientos participantes, obtuve el segundo lugar con Castillo de naipes, que exigía prosa poética en un concurso nacional.
Ha sido llamado ‘hereje’ desde la lectura crítica de su obra. ¿Contra qué dogmas —literarios, sociales o culturales— siente usted que ha ejercido su mayor rebeldía?
Estamos en la cúspide del neoliberalismo salvaje y mis poemas han sido misiles ideológicos contra la miseria humana de un país donde los perros comen mejor que amplios sectores de la población, donde las castas se enquistan adueñándose de toda la riqueza. Hoy nos hablan de inteligencia artificial en medio del analfabetismo y el aplauso de doctores que han perdido la capacidad crítica ante la dictadura de la virtualidad. Mi hijo, Óscar Santodomingo Payeras, abogado de la Universidad Externado de Colombia y fusilado en el norte de Barranquilla, lo explicó mejor que yo en mi libro Hereje, editado por Santa Bárbara, con una hermosa carátula del maestro Osva Cantillo. Federico Santodomingo es un hereje: un hombre sin censuras, un iconoclasta. El hereje constituye el deber ser del hombre del siglo XXI, en una época en la que todas las teorías han hecho crisis.
En ‘Estereotipografía’ aparecen voces que hablan de la tierra, la raza, la injusticia, pero también del amor, los hijos y la vida cotidiana. ¿Cómo equilibra usted lo íntimo y lo social dentro de un mismo proyecto poético?
La existencia es una sola y convencer a quienes lo rodean a uno no es fácil, sobre todo en un país donde intentan acallarte segándote la vida. Mi hija Trilce lo resumió así en Poeta amenazado: “En este país nadie duerme por temor a prolongar el sueño de la muerte”. Esa frase nos recuerda la violencia de Colombia y la desdicha que ha tocado a mi familia en los avatares políticos de su militancia por derrotar la injusticia. Mi amigo Samuel Pérez escribió en Facebook: “Se dice que la musa de la poética sublime es el amor familiar. En efecto, es el talón de Aquiles del realista Federico…”.
En varios poemas se percibe una figura del poeta como guerrero, juglar o vigilante ético. ¿Todavía cree en esa imagen del poeta como conciencia incómoda de su tiempo?
Todavía nos toca jugárnosla con el pensamiento crítico que representa nuestra estética en este devenir grotesco que nos ha tocado vivir a los latinoamericanos. De ahí surgen críticos literarios en México, Perú, Argentina y Chile. No olvidemos que Gabo se fue al exilio porque Turbay Ayala iba a encarcelarlo, como lo hicieron con Luis Vidales. Los poetas proponemos construir casas, así sean como las de Escalona; los burgueses proponen cárceles, supermercados e iglesias para caer en la esclavitud digital del iPhone y el computador. Por eso he creado —como descubrió el poeta Fabio Ortiz Ribón— un lenguaje hipermegavirtual para descifrar los postulados del hombre posmoderno, como lo señaló en mi texto Poetadas.
Usted ha reflexionado, incluso desde la crítica editorial, sobre la ausencia del editor como figura clave en Colombia. ¿Qué tanto daño le ha hecho esa carencia al desarrollo de nuestras literaturas regionales?
Todas estas actividades me han servido para adentrarme en las luces del humanismo y luchar por un mejor destino humano.
En un país de feudos culturales y jerarquías implícitas, ¿qué tan difícil ha sido sostener una voz propia sin plegarse a modas, escuelas o clanes literarios?
En un país atravesado por tantas roscas es difícil sobresalir, pero ha sido un salto a la vida intelectual, donde muchos desaparecen agotados por decisiones fatales, como dejar de escribir por falta de estímulos. Por fortuna, todavía soy académico en la Universidad del Atlántico y continuamente me invitan a recitales, conferencias y lanzamientos de mis textos. Hace dos años estuve en Cuba presentando mi obra narrativa El tic tac de las zapatillas de doña Pau.
¿Qué tipo de autores y lecturas considera indispensables para los jóvenes que hoy se inician en la escritura y buscan una voz auténtica en medio del ruido contemporáneo, y de qué libros, géneros o textos cree que deberían huir?
No me gusta Borges porque es el más antilatinoamericano de nuestros escritores, aunque él afirmaba que en cualquier escritor mediocre puede hallarse una línea clásica. Por desgracia, han desaparecido los suplementos literarios y la frivolidad de los diarios solo se ocupa de los millonarios salidos de la pobreza, como los futbolistas. Han surgido nuevas formas de lectura en las tabletas y se han multiplicado los eventos culturales en la aldea, donde funcionarios estatales intentan desplazar las lecturas de los jóvenes escritores, acompañados de las pequeñas editoriales, en las que uno paga su propia edición. Por desgracia, los pocos que compran libros adquieren autores japoneses impulsados por la globalización resurreccional del anime, que contradice los principios científicos de la termodinámica.
Su obra se vincula con el Caribe, pero también con luchas universales: Plaza de Mayo, apartheid, despojo, migración. ¿Cómo logra que lo local no se encierre en folclor y lo universal no se vuelva abstracto?
He sido incluido en varias ediciones sobre el Caribe colombiano, aunque prefiero el término antillano. Cuando hablamos de nuestra esencia reiteramos la alegría, pero olvidamos que hemos sido víctimas de abusos imperiales desde Haití hasta Venezuela. Mis poemas se dedican a la solidaridad con nuestra aldea. Soy fanático de Tolstói cuando afirma: “Si quieres ser universal, escribe de tu aldea”. Lo resumo en mi poema Marxitropicalismo: “El trabajo hizo al hombre / hasta que llegó al Caribe / y se puso a rumbear”.
Permítame una pregunta profundamente humana y delicada: tras el asesinato de su hijo Óscar Darío Santodomingo Payeras, abogado y defensor de derechos humanos, ¿qué lugar ocupa hoy la palabra poética frente al dolor, la injusticia y la memoria?, ¿sirve la escritura para nombrar lo innombrable o, al menos, para que el silencio no sea la última palabra?
Él era un contradictor dialéctico. En el bachillerato se oponía a mi manera de enfrentar la vida, aunque en el colegio le decían poeta. Yo proclamaba las teorías vanguardistas y un día descubrí que había confeccionado un poema con recortes de periódico: eso es constructivismo. Diseñé entonces el poema Para los dioses no hay perdón. Ya egresado del Externado, con su bagaje jurídico, comenzó a practicar la teoría de lo humano, anteponiéndola a la lucha de clases. Por eso fue asesinado por paramilitares aliados con militares, como ha ocurrido tantas veces en Colombia. Me dolió también la incomprensión de la Unión Patriótica, organización en la que milité. No callaré mi poesía rebelde ni lloraré en silencio a mi hijo: clamaré por el diálogo, incluso con los lumpen citadinos que buscan riqueza a cualquier precio. Mientras tanto, la justicia digitalizada no ha honrado la memoria del joven poeta, acribillado como Óscar Santodomingo Payeras.
En los testimonios que acompañan su libro aparece el Federico bohemio, disciplinado, vigilante del amanecer. ¿Cómo conviven en usted la vida cotidiana y la exigencia del oficio poético?
Como niño nacido en el campo, amo los amaneceres y los astros. Mi vida estudiantil, disciplinada por los salesianos y rebelde en el Caro y Cuervo, me llevó a la Universidad del Atlántico, donde conocí amigos revolucionarios. Tras reuniones políticas terminábamos en los lupanares del centro, hasta llegar a una bohemia más refinada, como el Bar-Bar-0, donde hice mi primera lectura de poemas. Luego vendría Sindamanoy, de la inolvidable Ula, quienes me despidieron cuando viajé a Moscú. Allí nació el verso: “El poeta come una vez al día / pero como Baco bebe toda la noche”. Ni en las peores circunstancias —como cuando quemaron mi casa en Los Pinos— he dejado de escribir. Por eso mis textos tienden a develar la tragicomedia de la existencia.
Un último interrogante: después de una vida dedicada a la palabra, a la docencia y a la resistencia creativa, ¿qué cree usted que permanece —más allá de libros, premios o reediciones— como verdadera huella de un escritor?
Como escribí en un poema: “El que vive en el pasado / muere en el presente”. No sabemos. Las circunstancias cambian tanto que uno ignora si lo escrito se preservará en la estética. ¿Quién iba a pensar que las canciones de Daniel Santos sonarían hoy en la voz ininteligible de Bad Bunny?


