Por Fausto Pérez Villarreal
Conocí a Yenis Judith Muñoz Mindiola en un evento conmemorativo del Día Mundial de la Poesía, organizado por la Editorial Santa Bárbara de mi amigo Alfonso Ávila, en Combarranquilla Villa Country. No fue una presentación ruidosa ni marcada por el artificio: bastó su presencia, serena y luminosa, para que el ambiente adquiriera otra textura, como si la palabra empezara a respirarse de otra manera.
Detrás de esa mujer hay una historia hecha de constancia y convicciones. Nacida en Riohacha, en la entraña viva de La Guajira, Yenis —también conocida como @yejasal— ha sabido desplegar su identidad en múltiples dimensiones, sin perder nunca el hilo esencial de su voz. En ella conviven la educadora rigurosa y la poeta que escribe desde la intemperie del alma.
Su formación académica no es una colección de títulos, sino un trayecto coherente: licenciada en Ciencias Sociales por la Universidad del Atlántico, especialista en Informática y Telemática de la Fundación Universitaria del Área Andina y magíster en Educación de la Universidad Autónoma del Caribe. Hoy, mientras avanza en su Doctorado en Educación con énfasis en diversidad y convivencia, reafirma una certeza que atraviesa su vida: educar es un acto profundamente humano, una forma de transformar el mundo desde la sensibilidad y el pensamiento.
Pero si algo define a Yenis es esa zona íntima donde nace la palabra. La poesía, en su caso, no es un ejercicio ornamental. Es una forma de habitarse, de recomponerse. En sus versos hay heridas que se nombran sin dramatismo, y también una voluntad silenciosa de reconstrucción. Escribe como quien se busca y, al mismo tiempo, se encuentra.
Su voz ha cruzado fronteras con naturalidad. Ha sido publicada en el periódico Por Esto de Chetumal, México; en la página Tertulia Poética Mundial de Argentina; en revistas como Azahar y MaríaMulata; y en plataformas digitales como laenredadera.io. Su poesía ha circulado por Chile, México y Colombia, dejando en cada lugar una huella discreta, pero persistente.
En los escenarios, su presencia confirma lo que ya dicen sus textos. Ha participado en recitales y encuentros en Colombia, México, Argentina y Ecuador, incluyendo espacios como Cazadoras de Versos, el IV Intercambio Cultural Colombo-Argentino y el Festival de Poesía en Chinú. No necesita elevar la voz: su fuerza está en la hondura con que dice.
Su libro ‘Polen de Palabra’, publicado por Editorial Santa Bárbara, condensa esa esencia: una escritura que se dispersa como semilla y fecunda otras sensibilidades. A ello se suman sus participaciones en antologías como ‘Urdimbre’, del Ministerio de Cultura, ‘Poeta Allende de los Mares’(Cataluña), ‘Nuevas voces del Caribe Colombiano’ y ‘Arte in Memorian’, donde su voz se integra sin perder singularidad.
Hay, sin embargo, algo que desborda cualquier reseña. Yenisescribe con una belleza que no es superficial: nace de la profundidad con que mira el mundo. En sus palabras hay delicadeza y firmeza, intimidad y claridad. Es una mujer bella en su presencia y en su espíritu, valiosa en su oficio, destacada en la manera en que convierte la experiencia en lenguaje.
Desde aquel encuentro inicial, queda la certeza de estar frente a una voz que no se agota en la página. La de una mujer que ha hecho de la palabra un lugar de constancia, de memoria y de vida, y que seguirá encontrando lectores allí donde alguien necesite, sin saberlo, un verso que lo nombre.
A continuación, la entrevista con Yenis Muñoz Mindiola, quien reflexiona sobre la estrecha relación entre su identidad caribeña y su proceso creativo. Ella describe la escritura como un ejercicio de memoria y alteridad, en el que el paisaje de Riohacha y su experiencia como docente nutren una visión poética centrada en la escucha del otro. A través de diversas referencias filosóficas, Yenis explica que su obra busca transformar la vulnerabilidad en fuerza y lo íntimo en una cosmogonía universal. El diálogo también aborda su compromiso con el ámbito cultural y la función social de la poesía como un puente que conecta realidades.

¿Qué recuerdos de Riohacha siguen vivos tu escritura?
Riohacha y La Guajira no operan en mi obra como simples decorados geográficos, sino como una ontología del paisaje. Como bien sugería Gaston Bachelard en ‘La poética del espacio’, el hogar natal es el “nido de la memoria” donde los recuerdos se fijan en imágenes espaciales. Mi escritura es un pulso que habita en la salinidad y en el viento guajiro; es lo que Édouard Glissant denominaría una “poética de la relación”, donde el mar de Mayapo es un horizonte abierto que dialoga con la identidad caribeña, convirtiendo el territorio en una extensión del cuerpo y la lengua.
¿En qué momento sentiste que la poesía dejó de ser algo íntimo para convertirse en una vocación?
Sucedió al comprender que la escritura no es un solipsismo, sino una forma de habitar el mundo. Parafraseando a Hannah Arendt, la acción poética puede entenderse como una forma de aparecer ante los otros y sostener aquello que el silencio social invisibiliza.
¿Cómo nace tu seudónimo @yejasal y qué significa para ti?
Mi seudónimo, @yejasal, refuerza esta idea: es un ejercicio de alteridad y herencia donde el nombre propio se funde con el de mi hijo. La poesía aquí es, como diría Paul Ricoeur, una ‘identidad narrativa’ que se teje y se hereda.
Tu formación académica es muy sólida, ¿cómo se refleja esa rigurosidad en tu sensibilidad poética?
La academia me otorgó la criticidad, esa capacidad de “pensar el pensamiento” que mencionaba Edgar Morin. No obstante, mi sensibilidad poética permite que esa estructura se quiebre para sentir sin miedo. La rigurosidad no es una cárcel, sino una lima que afina la palabra para alcanzar la “precisión del fuego” queatraviesa la obra de Alejandra Pizarnik. Ser docente me ha permitido desarrollar una ética de la escucha, transformando la escritura en un acto de responsabilidad hacia el “Otro”.
¿De qué manera la educación ha influido en tu forma de escribir?
Ser docente me ha enseñado a escuchar. Y escribir, en el fondo, es eso: escuchar lo que no siempre se dice en voz alta. La educación me ha hecho más consciente del otro.
Has dicho que escribes para volver a ti, ¿qué has encontrado en ese regreso?
En este ejercicio de introspección, no he encontrado un lugar fijo o una identidad estática, sino una serie de fragmentos y versiones múltiples de mi ser que habitaban en la periferia de mi conciencia. Como bien planteaba la filósofa María Zambrano, la escritura es un método para “sacar a la luz” aquello que el alma guarda en su penumbra; es un proceso donde el autor se descubre a medida que nombra su realidad.
Al volver a mí a través de la página en blanco, he hallado: La transformación constante, la alteridad y la vulnerabilidad como fuerza. Es decir, este regreso me ha revelado que la fragilidad no es una debilidad, sino la materia prima de la creación. Al “desnudar el alma sin pedir permiso”, he encontrado una fuerza que desconocía, permitiéndome habitar el mundo con una mayor conciencia de mis propias sombras y luces.
¿Qué emociones o experiencias suelen encender el inicio de tus poemas?
Mis poemas no nacen del vacío, sino de una saturación del ser; surgen cuando la nostalgia y la belleza inesperada se entrelazan hasta que la realidad ya no cabe en el cuerpo. Como sugería Rainer Maria Rilke en sus Cartas a un joven poeta, la creación es una urgencia vital: solo se debe escribir cuando, de no hacerlo, uno sentiría que se muere. En definitiva, cada poema es un intento de habitar el mundo desde una criticidad que no teme al sentimiento. La nostalgia no es para mí un ancla al pasado, sino un “pulso” constante como el de mi amada Riohacha que me obliga a transformar la ausencia en una nueva forma de identidad
¿Qué papel juega la memoria en tu proceso creativo?
La memoria es mi materia prima, pero no como un ejercicio de nostalgia estática, sino como una resignificación del pasado. Siguiendo a Walter Benjamin, escribir es una forma de redención de lo vivido para que no se pierda en el olvido. Mis poemas nacen cuando “algo no cabe en el cuerpo”, esa urgencia que María Zambrano definía como la “confesión del alma” que busca la luz a través de la palabra poética.
¿Cómo ha sido para ti llevar tu poesía a escenarios internacionales?
Llevar mi escritura a escenarios internacionales ha sido, ante todo, un ejercicio de desterritorialización y hallazgo. Ha sido como soltar la palabra al viento para descubrir, con asombro, que el lenguaje poético posee la capacidad de encontrar otras orillas y resonar en sensibilidades distintas a la propia. En este tránsito, he comprendido que lo íntimo, cuando es honesto, alcanza una dimensión universal porque al compartir mis versos en otras latitudes, he reafirmado que escribir desde el Caribe y desde la sal de Riohacha no es una limitación regionalista, sino una forma potente de aportar a la cosmogonía colectiva y ancestral del mundo. De esta manera los diálogos culturales y literarios, permiten entender que escribir es también pertenecer a una comunidad global.
¿Qué significan para ti los encuentros poéticos como ‘Cazadoras de Versos’ o los intercambios culturales?
Estos encuentros son, en esencia, espacios de resistencia y de encuentro; lugares donde la palabra no compite, sino que se abraza para sostener una identidad común. En un mundo que tiende a la fragmentación y a la productividad utilitaria, estos escenarios se erigen como ‘heterotopías’ en términos de Michel Foucault, lugares reales que actúan como espacios de libertad donde rigen leyes distintas: las de la escucha, la sororidad y el asombro.
Cuando lees en público, ¿qué sientes al compartir tu palabra en voz alta?
La lectura pública es un acto de exposición radical que transita entre la vulnerabilidad y el hallazgo de una fuerza insospechada. En ese instante, la palabra deja de ser un signo estático en el papel para convertirse en un suceso vivo, en un cuerpo que vibra. Como bien señalaba el filósofo Emmanuel Levinas, el rostro y la voz del otro nos interpelan éticamente; al leer, me presento ante el espectador en una apertura total, lo que yo defino como desnudar el alma sin pedir permiso.
‘Polen de Palabra’ es un título muy sugerente, ¿cómo nació y qué representa en tu camino?
Nació de la idea de que la palabra fecunda. El polen viaja, se posa, transforma. Así entiendo la poesía: como algo que se dispersa y deja huella. Representa la capacidad fecundadora del lenguaje. La metáfora del polen alude a una diáspora estética: la palabra que viaja, se posa y transforma el entorno. Al publicar, descubrí en sintonía con Umberto Eco y su concepto de ‘obra abierta’ que el libro deja de pertenecerme para completarse en el lector. Esta proyección internacional y el diálogo en antologías nutren lo que llamo una ‘cosmogonía colectiva’, donde lo íntimo alcanza una dimensión universal.
¿Qué descubriste en la experiencia de publicar tu libro que no esperabas?
Al publicar, descubrí en sintonía con Umberto Eco y su concepto de ‘obra abierta’ que el libro deja de pertenecerme para completarse en el lector. Esta proyección internacional y el diálogo en antologías nutren lo que llamo una ‘cosmogonía colectiva’, donde lo íntimo alcanza una dimensión universal.
¿Cómo han nutrido tu voz las antologías en las que has participado?
Me han permitido dialogar con otras voces. Entender que escribir también es pertenecer a una comunidad. Los diálogos culturales desde la literatura enriquecen la cosmogonía y nutren la esencia, la memoria colectiva y ancestral.
¿Qué autores o autoras han influido en tu manera de escribir?
Me apasiona leer textos donde siento que algo se rompe, donde las imágenes produzcan una corriente interna, te sacuda, eso que irrumpe y mueve tu cotidianidad me gusta lo que despierta Blanca Varela, Rubén Darío, Olga Orozco. Y otras lecturas que no alcanzaría a citar.
¿Cómo defines la belleza en la escritura?
La belleza no es un adorno estético, sino una epifanía de la verdad. Es aquello que, como las voces de Blanca Varela u Olga Orozco, logra sacudir la cotidianidad e irrumpir en la corriente interna del ser. Es lo que Roland Barthes llamaba el punctum: ese detalle en el texto que hiere y conmueve al lector.
¿Qué lugar ocupa la mujer en tu universo poético?
Ocupa el centro gravitacional. La mujer es memoria, pero también resistencia y cuerpo político. Es la voz que rompe el silencio histórico para nombrarse a sí misma, una figura que en mi poesía se erige como raíz y vanguardia frente a la desmemoria.
¿Qué significa para ti escribir desde el Caribe colombiano?
Significa escribir desde una geografía de la exuberancia y el contraste. Es asumir la ‘poética del Caribe’ que Antonio Benítez Rojo describía como una ‘isla que se repite’, un flujo constante de ritmos, colores y silencios que nutren la esencia y la memoria colectiva. Es escribir desde la sal, el viento y la ancestralidad que define nuestra cosmogonía.
¿Qué tipo de lectura recomiendas a los jóvenes que se inician en el ejercicio de leer?
Recomiendo lecturas que funcionen como puentes hacia la propia identidad. Deben buscar autores que les produzcan ese ‘choque’ del que hablaba Franz Kafka: “un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros”. Deben explorar la poesía que dialogue con sus emociones y la narrativa que les permita cuestionar su realidad.
¿De qué tipo de textos deben huir quienes desean formar un criterio literario sólido?
Deben huir de los textos autocomplacientes, de esa literatura que no exigen esfuerzo intelectual, que no proponen desafíos estéticos o que se limitan a repetir fórmulas comerciales vacías. Para formar un criterio sólido, es vital evitar aquello que no ‘incomoda’ o que no invita a la reflexión crítica sobre el lenguaje y la condición humana.



