#DesdeElAlma
Hay una escena extraordinaria en The Godfather que siempre me ha estremecido.
Michael Corleone, interpretado magistralmente por Al Pacino, conversa con Kay mientras observa a distancia el mundo oscuro de su familia. Entonces pronuncia una frase que parece un juramento contra su destino:
— “That’s my family, Kay. It’s not me.”
“Esa es mi familia, Kay. Pero ese no soy yo.”
Y durante un momento… le creemos.
Michael parecía distinto. Más sereno. Más noble. Más limpio que el ambiente que lo rodeaba. Él no quería parecerse a su padre, el legendario Vito Corleone interpretado por Marlon Brando. Quería otro camino. Otra vida. Otra historia.
Pero la película deja una verdad dolorosa: nadie permanece intacto en el ambiente donde decide quedarse. Poco a poco, Michael comenzó a sentarse en las mismas mesas. A escuchar las mismas conversaciones. A justificar los mismos silencios. A respirar el mismo aire. Y lo que primero le parecía ajeno, terminó habitando dentro de él. Hasta convertirse en algo incluso más frío y más temible que aquello de lo que intentó escapar.
La metamorfosis fue lenta. Casi imperceptible. Como ocurre en la vida real.
Porque el alma también se contagia.
La Biblia entendió esto mucho antes que Hollywood:
“El que anda con sabios, sabio será; mas el que se junta con necios será quebrantado.” (Proverbios 13:20)
Las personas que nos rodean terminan moldeando nuestra manera de hablar, de reaccionar, de amar, de decidir y hasta de pensar. Hay conversaciones que elevan y otras que lentamente erosionan el carácter. Hay amistades que despiertan nuestra mejor versión y otras que nos reconcilian con aquello que juramos nunca ser. Por eso debemos cuidar nuestros anillos cercanos. Nuestros círculos virtuosos. La mesa donde nos sentamos todos los días.
Jesús amaba a todos, pero no caminaba con todos de la misma manera. Escogió doce. Y dentro de esos doce, aún tuvo un círculo más íntimo. Hasta el cielo entendió la importancia del entorno.
Tal vez hoy no necesites cambiar de sueños. Tal vez necesites cambiar de mesa. Rodéate de personas que le hablen propósito a tu vida. Que cuiden tu nombre cuando no estás presente. Que te acerquen a Dios, a tu familia, a tu mejor versión. Personas cuya sola presencia te haga querer ser mejor ser humano.
Al final, uno termina pareciéndose a aquello que decidió mantener cerca del corazón.
Y hay mesas que alimentan el alma, pero también hay mesas que lentamente la apagan.

Bendiciones #DesdeElAlma


