Sin Recato
Tatiana Brugés Obregón
Una curiosa lectora me escribió contándome que había leído algo sobre el fetichismo por la sangre y quería saber más al respecto, y pues, la verdad es que a mí también me dio mucha curiosidad, porque aunque no soy la más fan de Crepúsculo y de las historias de vampiros en general, sí debo confesar que me parece muy sexy la atmósfera vampírica.
La pasión por la sangre, conocida como hematofilia, se entiende como la obsesión por ver, lamer y chupar sangre. Es una práctica que incluye pequeños mordiscos que causan heridas y producen mutuo placer.
Este fetiche ha pasado por desapercibido, pero está muy relacionado con el BDSM (Bondage, Disciplina y Dominación, Sumisión y Sadismo) debido a los juegos físicos (heridas, sangre), y navega entre lo deseado y lo prohibido, lo cual resulta seductor de cierta forma.
Desde la época victoriana, los escritores plasmaron estas experiencias y fantasías adornándolas con sus letras.
Y lo cierto es que, aunque este fetiche no está muy documentado, viene de la época más sensual de la historia europea: el siglo XVII, en donde la curiosidad y el deseo de experimentar no tenían límites. Aquí les traemos algunos acontecimientos que lo confirman:
Entre 1602 y 1604, se rumoró que Isabel Bathory, una noble húngara, había torturado y asesinado a un número indeterminado de jóvenes mujeres por más de una década. Según los testigos, atraía a las incautas campesinas con promesas de trabajo o a hijas de baja nobleza ofreciéndoles enseñarle etiqueta en su castillo.
Según la historia, alrededor de 650 mujeres desaparecieron en el castillo. Además, dicen los conocedores que la noble las mataba y bebía su sangre, e incluso se bañaba en ella para mantenerse joven y bella. Es por ello que, gracias a su vampi-pasatiempo, fue llamada la Condesa Sangrienta.
En el poema ‘Lenore’, escrito en 1773 por el alemán Gottfried August Bürger, se retrata a una amada que espera a su prometido para una cita nada convencional, ir al cementerio y deleitarse entre cadáveres.
El libro ‘Varney el vampiro’, también conocido como ‘El festín de la sangre’, publicado en 1845 por sus autores británicos James Malcolm Rymer y Thomas Preskett Prest, cuenta la historia de un aristócrata que vampirizaba mujeres en una mezcla de lujos, poder y placer. Esto ocurría en la época bastante conservadora de la reina Victoria, y muestra la dualidad de ciertos placeres que solo eran para los privilegiados. Hay cosas que no cambian.
En los años 1909, el asesino en serie inglés John Haigh sufría de pesadillas recurrentes en las que aparecía en un bosque de crucifijos y árboles que goteaban sangre. Estos sueños lo atormentaron toda su vida hasta que los materializó y asesinó a varias personas para beber su sangre.
Este fetiche es conocido como vampirismo clínico o Síndrome de Renfield, y es un trastorno mental que se caracteriza por una necesidad compulsiva de ver, sentir o ingerir sangre, además del autoengaño de creerse vampiro.
Los sexólogos lo clasifican como una parafilia y destacan que requiere, además de una gestión rigurosa de consentimiento, una buena higiene para su práctica.
Los terapeutas sexuales enfatizan que este tipo de juegos son inofensivos, siempre y cuando los participantes sean adultos plenamente conscientes que entiendan que es una fantasía y no un estilo de vida.
Un factor que también entra en juego es el riesgo de ingerir sangre, porque se podrían contraer infecciones de transmisión hemática como la hepatitis o el VIH. De igual manera, cuando se provocan heridas, también deben ser tratadas con la debida asepsia y cuidado para no derivar en infecciones bacterianas.
Para jugar con la sangre hay muchos métodos, a algunos les gusta beberla a través de sangrías (sangrías regulares marinadas con sangre), y a otros les gustan los ‘love bites’ o ‘mordiscos de amor’, que van un poco más allá de los famosos chupones que todos conocemos. Por lo general, para provocarse heridas, se usan cuchillas de afeitar, y es la manera de expresar intimidad o cercanía afectiva.
Y aunque esta comunidad es usualmente asociada con los vampiros, los fetichistas de la sangre no se consideran como tal. Solo que la historia, la psiquiatría y el cine los clasifica de esta manera.
Cuando los juegos sexuales o BDSM incluyen sangre, se utilizan los términos ‘blood sports’ o ‘blood play’ para hacer referencia a ello. También está el ‘edgeplay’ o juego extremo, el cual ocurre cuando hay cortes profundos que pueden hacer sangrar en exceso. En estos casos, hay ‘hematofílicos’ que aprovechan el exceso de sangre para untarla como un lubricante o extenderla sobre la piel de su pareja durante la intimidad.
Siguiendo esa idea, se tiene la práctica de ‘red wings’, o ‘alas rojas’, el cual es el fetiche por la sangre menstrual, en donde se realizan prácticas sexuales como el sexo oral o simplemente se tienen relaciones durante la menstruación al ser considerado un momento donde los orgasmos son más intensos.
A lo mejor muchos fantasearon con ser el personaje de ‘Drácula’, la obra de Bram Stoker, en donde un conde adinerado y poderoso caza vírgenes pálidas para someterlas y tenerlas bajo su dominio, pero apuesto a que no se imaginaron que muchos toman la decisión de hacer su propia adaptación de la historia en la vida real.
Si te gustaría explorar este tema de manera segura, adelante, pero lo importante es que tú y tu pareja estén de acuerdo y lo vean como un juego de roles en el que simulen ser vampiros y alimenten sus fantasías #sinrecato.
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