Con permiso de mis mayores en edad, dignidad y conocimiento, atrevidamente este comentario a manera de cuento me permito realizar.
Es sobre la melomanía y el coleccionismo de vinilos que alguna vez, creo ya pude tratar.
Soy melómano porque me gusta la música en general, sobre toda aquella que con sus exquisitos arreglos me alegra el alma y que además contiene mensajes que sobre cualquier circunstancia de interés particular me ponen a pensar o reflexionar.
También soy pintor caricaturista y cuando comparto mis obras por las redes, generalmente con un tema musical afín con el argumento de la pintura procuro acompañar.
Es que, una imagen dice más que mil palabras, pero las palabras con melodías, pueden endulzar la vida y producir más alegrías.
Si no fuera por la música, hace tiempo, yo tal vez no existiría. Mi vida sin música, sería una monótona sinfonía.
Lamentablemente mucha música de la que me gusta, es considerada por algunos coleccionistas peyorativamente como “comercial”.
Y realmente es comercial porque, muchas canciones desde que salieron al aire, inmediatamente pegaron y hoy en día se siguen escuchando como clásicos, y algunas de carácter universal, porque de moda no han dejado de estar.
Recuerden que clásico también es todo aquello que por interés general, en el tiempo puede perdurar.
Por eso he sido admirador del Joe Arroyo, porque siempre pensó en que su música no era solo para escuchar; sino para que también se pudiera bailar y eso es un placer integral; aunque también tiene temas importantes con mensajes interesantes que en ella se pueden apreciar.
Yo también fui coleccionista y un importante inventario de vinilos o acetatos alcancé acumular, hasta cuando una plaga de comejen una buena parte pudo destruir, amenazando otros bienes de mi hogar, y no tuve paciencia para restaurar, por lo que algunos tuve que botar y muchos regalar.
Es que también me pregunté como pregunta Rubén, cuando canta: “de qué te vale tener y tener, si tu no sabes que hacer, ni que hacer con lo que tienes”.
Hoy disfruto oir todo lo que quiera por Spotify, y también en los encuentros de algunos amigos coleccionistas, donde a veces no me siento tan a gusto porque, una cantidad de temas que no se hicieron populares, que tal vez no fueron de aceptación general, y que en sus competencias pareciera que más les interesara mostrar como algo diferente que los demás no pudieron encontrar.
Esto sería un discusión como la de Cheo García con Memo Morales sobre “La Rubia y la Trigueña” cantada por la Billos’s Caracas Boys, donde Cheo le responde:
“la rubia por su elegancia,
es dificil de encontrar,
por que lo que no es vulgar,
nunca se halla en abundancia,
yo que sé de la importancia,
de la rubia la deseo,
y muy rara ves la veo,
aunque en un camino largo,
la trigueña sin embargo,
la venden por menudeo”
Es una cultura diferente, que por supuesto hay que respetar, donde no solo dirigen el interés en el cantante principal, sino también a los músicos y compositores que participan en los arreglos, quienes robustecen las melodías y trabajan como detrás de bambalinas y son opacados por el ruido de los demás.
La frase “la música es el lenguaje de los ángeles”, es una hermosa metáfora atribuida al escritor Thomas Carlyle que expresa cómo las melodías trascienden las palabras comunes y tocan lo más profundo del espíritu humano; por lo que veo a los coleccionistas en sus encuentros, como los pastores de su respectivas iglesias, tratando de interpretar en la “Biblia de la música”, su génesis, el proceso que ha tenido en la historia, y con criterio particular, resaltar sus logros y hasta el destino que la música pudiera alcanzar. Eso es digno de admirar.
Cuando me preguntan en el tertuliadero “La Fama”, el porqué me gusta escuchar tanto el tema de Rubén Blades “De qué”, entre muchos más, es que de Rubén generalmente encuentro en la mayoría de sus canciones el placer integral. Hay argumento y hay melodía que me invita ademas de oír, bailar y hasta cantar.
En el tema “De qué”, que es tan jacarandoso y sirve para reflexionar además sobre otros escenarios sociales que no es menester en este cuento mencionar, a mi me permite de una manera socarrona dedicarla a una persona en especial que, la fama del Joe Arroyo intentó en mi presencia desprestigiar.
y es la parte que dice:
“Las palabras son buenas a veces, a pesar de las estupideces de cierta gente”.
Esos que se la pasan hablando, del vecino maldad inventando y aparentando lo que no sienten”.
Entonces sugiero que, para en perfecta armonía en la melomanía estar, en los encuentros de coleccionistas, lo elitista y lo popular se pueda intercalar, porque ya he visto algunos bostezar, si además un buen vino no se puede degustar, porque la música con la bohemia también aportan un ingrediente singular.
Un abrazo muy cordial.
Por
José R. Múnera Navarro.


