Por Katiuska Azócar López
Comencé a construir mi concepto de familia desde muy niña, incluso antes de darme cuenta. En mi casa en Villanueva, La Guajira, la situación económica durante mis primeros años fue muy complicada. Tanto así, que mi mamá, para poder sacarnos adelante, tuvo que irse a Barranquilla a trabajar y desde allí mandarnos plata para poder vivir.
Eso hizo que me tocara quedarme hasta los 12 años con mi tía ‘La Morena’, ella nos acogió a mi hermano y a mí, y nos unió a sus siete hijos, éramos un montón, pero todos compartimos el mismo amor. Lo que hizo que en ese tiempo el vínculo se hiciera más profundo, y entendí que lo realmente importante era el sentido de cuidado, porque mi yo cuidaba a mi familia, y mi familia me cuidaba a mi.
Por eso, cuando escucho una discusión pública sobre qué es o qué debería ser una familia, a propósito del debate de control político del Senador Duvalier, a la directora del ICBF, sobre ello. Me es inevitable recordar a mi tía, que sin ser su responsabilidad, nos asumió con todo el cariño, y nos dio hogar, mientras mi mamá pudo recibirnos de nuevo. Reconociendo además que la familia no siempre comienza con un apellido compartido, ni necesariamente cabe en una fotografía donde aparecen papá, mamá e hijos. A veces comienza con alguien que decide quedarse, alimentar, acompañar, escuchar, proteger y estar. Y eso también es familia.
El debate por la familia ha sido un tema que lleva en nuestra sociedad décadas, y que probablemente dure unas más, sin embargo, esta nueva apertura más allá de plantear nuevos debates de diálogo, que entre otras cosas, es lo que necesitamos, sólo nos lleva a un pasado que intenta, equivocadamente, afirmar, que ‘La familia es solo una’.
Pero quizá la discusión no debería reducirse a quién interpretó una frase. Sino a plantear: ¿qué hace que un grupo de personas sea una familia? La Constitución colombiana reconoce a la familia como núcleo fundamental de la sociedad, y la Corte Constitucional ha desarrollado una concepción plural de esa institución, reconociendo familias monoparentales, ensambladas, extensas, de crianza y conformadas por parejas del mismo sexo.
Particularmente, en el Caribe, la familia trasciende a la sangre. Aquí, incluso los vecinos pueden convertirse en parte de ese entorno de cuidado familiar. Somos capaces de crear sentido de comunidad en cualquier lugar en el que estemos, superando incluso nuestras diferencias.
Está la señora que cuida al niño mientras su mamá trabaja, el vecino que avisa cuando alguien llega, la abuela que termina criando a los nietos, el tío que asume responsabilidades que no estaban escritas en ningún papel. En nuestros barrios, la palabra ‘familia’ muchas veces se extiende mucho más allá de las paredes de una casa.
Tal vez por eso me cuesta pensar la familia como una estructura inmóvil. La familia cambia cuando cambia la vida. Hay niños criados por sus abuelos, hogares encabezados por una madre o un padre, familias ensambladas después de separaciones, familias adoptivas, familias de crianza y parejas que construyen un hogar sin que necesariamente exista un hijo. Ninguna de esas experiencias necesita competir con otra para demostrar que es familia.
La discusión no tendría que consistir en decidir cuál merece ese nombre, sino en garantizar que quienes hacen parte de ellas puedan ejercer sus derechos y, especialmente cuando hay niños, niñas y adolescentes, tengan condiciones para cuidar y ser cuidados.
Y en esa conversación hay unas mujeres que durante décadas han cargado sobre sus hombros una parte enorme de esa responsabilidad: las madres comunitarias. El ICBF reconoce actualmente alrededor de 69.000 madres comunitarias ‘Tradi’ y ‘Fami’ en Colombia, quienes atienden a cerca de 1,07 millones de niños y niñas a través de los Hogares Comunitarios de Bienestar.
En nuestro departamento sabemos lo que significa ese trabajo. En 2023, el ICBF realizó en el Atlántico encuentros con más de 120 madres y padres comunitarios para escuchar sus necesidades y propuestas, mientras que la entidad ha utilizado estos espacios para fortalecer la supervisión y el control social de los programas de primera infancia.
Son mujeres que, además de cuidar niños, conocen las dinámicas de sus barrios, identifican necesidades, acompañan familias y pueden convertirse en una primera alerta frente a situaciones que amenazan los derechos de la niñez. Y con las que orgullosamente llevo trabajando más de cinco años en procesos sociales y de resignificación.
Las madres comunitarias lo hacen todos los días. También lo hacen las abuelas, las tías, los padres solos, las madres cabeza de hogar, los hermanos mayores, las familias de crianza y tantas otras personas que sostienen la vida de un niño cuando las circunstancias obligan a reorganizar la casa.
Quizás mi historia comenzó a enseñarme esto mucho antes de que pudiera ponerlo en palabras. Mi familia fue mi mamá, incluso cuando tuvo que irse a trabajar lejos. Fue mi tía la que me cuidó durante años y convirtió una responsabilidad en un vínculo profundo. Fueron las personas que estaban alrededor.
Y si hoy puedo hablar de familia es porque entendí que hay vínculos que no se explican únicamente por la sangre, sino por la presencia, la solidaridad y el cuidado. Por eso, frente a cualquier discusión sobre cómo debe llamarse o reconocerse una familia, vuelvo a la misma certeza con la que crecí: familia no hay solo una, porque la sangre llama.


