Después de leer el comentario de un apreciado amigo comunicador social, referido a la incultura y vulgaridad, expresados por un aparente locutor que entrega a sus seguidores, micrófono en mano por “tik tok”, en función de la bacanidad, una meta alcohólica para los colombianos alcanzar; mucho me ha puesto a pensar.
Todos los bienes y servicios que se ofrezcan a la sociedad, deben tener alguna certificación de calidad, que garantice la licencia en su especialidad por parte de una respectiva autoridad legal; y la comunicación social no debe ser exenta de esa necesidad.
Es evidente el retraso de nuestro país por la deficiente educación que no alcanza a llegar oportunamente a todos los rincones de nuestra nación, por lo que son los medios radiales y de televisión, por donde les llega a mucha gente el
conocimiento e información, aspectos relativamente importantes en su cultural formación.
El problema del momento es que, muchas personas por las redes, fungen de periodistas, compartiendo sin mayor fundamento una noticia, confundiendo a la opinión; a veces agregando comentarios apoyándose en el cacareado “derecho a la libre expresión”.
Hay programas en emisoras radiales, que entre los set musicales, los locutores además fungen de sicólogos, refiriéndose y hasta aconsejando con términos vulgares, sobre temas íntimos familiares, que deben ser del resorte de verdaderos profesionales.
Las vías de comunicación están abiertas y los oyentes o seguidores comparten sus experiencias e inquietudes al aire, para indirectamente confesar y recomendar a otros, las formas de manejar sus lamentables calamidades.
Emplean un vocabulario con tono candente de bartolo elevado, pidiéndole al locutor el tema musical de salsa, vallenato o champeta deseado, para que lo escuche una coleta a quién se lo han dedicado.
Estas emisoras que operan de noche y de día, invitando a sus oyentes a una permanente sintonía, con estruendosa algarabía; constituyen la fuente de distracción y educación, para ociosos y algunos ocupados, como transportistas, taxistas y conductores urbanos.
Son gran parte de la población, que como multiplicadores por la redes, moldean la percepción cultural que nos hemos ganado.
Antaño para ser locutor, además de una resonante voz, el interesado debía ser bien educado, aunque por un centro universitario no hubiera sido certificado, pero habían aspectos culturales, por lo que el oficio era regulado.
Hasta conseguir una frecuencia radial para comunicar era un proceso bien vigilado.
Confieso que soy un melómano integral pero regulado. Me gusta disfrutar la música según las circunstancias y el ambiente acondicionado.
Aprecio todos los géneros, pero la salsa en particular, cuando con euforia quiero celebrar; pero cuando pinto, leo o escribo, mis géneros son seleccionados. Hasta para relajarme o hacer una siesta, prefiero la música ambiental con exquisito arreglo sublimado.
Pienso que todo lo que se haga o deje de hacer en demasía en una sociedad, marca su sello cultural, y que por eso la cultura hay que valorar, expresándola en una matriz, que señale los aspectos que hay que corregir con prioridad, para acabar con tanta vulgaridad.
Pero, ¿Quiénes serán los encargados de revisar y corregir con autoridad moral, los errores que algunos aparentes comunicadores comparten
como algo normal?.
Creo que hay un trabajo importante entre los ministerios de educación y comunicaciones por realizar.
La verdad es que estamos viviendo en una sociedad vulgar, que lo expresa hasta en el estilo para protestar por cosas de interés general, expresando su ignorancia, y por otros ignorantes dejándose orientar.
El tema me ha hecho recordar la canción de la Billo’s, “La rubia y la trigueña”, que cambiando los personajes me atrevo a modificar:
🎵
La cultura por su elegancia,
es dificil de encontrar,
por que lo que no es vulgar,
nunca se halla en abundancia.
yo que sé de la importancia,
la cultura la deseo,
y muy rara vez la veo,
aunque en un camino largo,
la vulgaridad sin embargo,
la venden por menudeo. 🎶
Por
José R.Múnera N..


