En la vida todo es energía, todo es dinámico y todo es susceptible de cambiar.
Los cambios son necesarios aunque mucha gente se resista aceptar, pero deben ser para mejorar con satisfacción general.
Hay dos palabras peculiares que son “evolución y revolución” y que con pinzas hay que saber manejar, para que el resultado de lo que se persiga con éxito poder alcanzar.
Por supuesto que en este caso solo me quiero referir a cosas de nuestro carnaval, hoy Patrimonio Oral e Inmaterial de la humanidad.
Es que la “La Evolución” es un cambio lento y gradual en el proceso de desarrollo para algún objetivo alcanzar.
En cambio ” La Revolución ” es un cambio generalmente brusco y aveces traumático cuando es radical, que hasta cosas aún buenas, sin querer queriendo también puede afectar.
El carnaval no ha sido la excepción y su “evolución” se puede observar, en la textura y modificación de los atuendos de los disfraces y hasta en la forma de danzar.
También la “revolución tecnológica” que, en la fabricación de las carrozas, manejo de luces y colores como en la transmisión de imágenes y sonido en tiempo real y cualquier lugar, en un nivel más elevado lo ha podido posicionar.
Solo los que hemos nacido entre los años cuarenta y sesenta, estos cambios hemos podido observar y comparar para referirnos con propiedad.
Ahora hay un cambio generacional, y es nuestra responsabilidad registrar la historia, para que se pueda comprender mejor el concepto de la oralidad y saber de donde vienen, donde están y y hasta donde podrían llegar las cosas del carnaval, hoy considerado además patriomio inmaterial de la humanidad.
Los primeros picós que recuerdo a principios de los años sesenta, amenizando verbenas callejeras en carnaval, eran con amplificadores de tubos y cajas pequeñas con un solo Twitter esquinero, que se colocaba en la esquina superior del rincón de la sala de cualquier casa, donde se ubicaba el bafle principal.
El baúl de los dicos de acetato en 45, 72 y 33 revoluciones se acomodaba a un costado y el picotero en cualquier banca o caja de cerveza, ergonomicamente mal acomodado.
Lo tubos se les recalentaban y se quemaban, por lo que se hacía un receso en el baile, para cambiarlos en plena fiesta. Por lo anterior, había que mantener un abanico enfriando el amplificador para retirarle el calor.
Para los tocadiscos, el picotero tenía que estar preparado con agujas de repuestos porque se agotaban frecuentemente y alteraba el sonido.
A mediados de los sesenta, viví en el barrio Simón Bolívar, frente a la sede del picó “El Son Cubano”, del chino Marriaga; entonces también conocí El Timbalero de Victor Alemán en el barrio Las Nieves, y “El Isleño” cuyo propietario no recuerdo su nombre.
Estas eran unas máquinas sobrias de tamaño mediano, que todavía podían amenizar las fiestas, ubicándolas en el interior de las casas.
Su presentación era más sobria exquisita que les daba apariencia de equipos de sonidos con elegantes muebles con estilo fino.
Apenas un escudo tejido con hilos dorados y de corte imperial, en la esquina superior de la malla color negro, resaltaba en armonía, sin chocar con la elegancia y formalismos de los matrimonios, grados y quinceañeros, donde eran contratados para amenizar.
Para entonces los picós ya contaban con varios Twitter tipo columnas que se podían ubicar, en los diferentes rincones del escenario para repartir el sonido, cuyos decibeles todavía permitía echarle el cuento a la pareja sin tener que gritar.
Estos picós eran los que yo prefería,< por conocer mejor>, para las verbenas que con compañeros del colegio, con el pretexto de proexcursion, empezamos a programar <y que entre otras vainas ninguna llegamos a realizar>
Alquilamos casas en diferentes barrios de la ciudad, cualquier domingo en el día, solo para tener la oportunidad de bailar y disfrutar la música antillana que a Barranquilla llegaba como novedad.
La cerveza que enfriábamos en tanques de 55 galones, con hielo picado y aserrín para evitar su pronta descongelación, nos la facilitaba la misma cervecería en consignación.
Las emisoras nos hacían la propaganda gratuita sin ninguna condición.
Las damas que solo en el día les daban permiso para bailar, podían disponer de unos sándwiches de pan tajado, con mortadela y mantequilla, y gaseosas, en un kiosco en el patio ubicado.
Si Belismart ya era famoso pintando los interiores de los buses urbanos, todavía no se había hecho tan popular pintando los picós que con reconocidos nombres se popularizaron.
Entonces empezaron aperecer los aparatos más grandes conocidos como escapartes, con sistemas transistorizados, y doble tocadiscos en tornamesa y fórmicas multicolores, que solo se podían ubicar en exteriores, los que particularmente aprecio más para ambientes abiertos populares y mejor en carnavales.
Después se desbordaron en tamaño y decibeles, ocasionando conflictos en los vecindarios, que obligó a las autoridades, hacer algunos controles necesarios, por lo que hoy en día, <por tantos requisitos de seguridad> no es tan fácil organizar una verbena, como antes, que descomplicadamente hacíamos en cualquier barrio.
Recuerdo también como el sector residencial del barrio recreo, donde también viví, que por los populares bailes que por siete bocas se llegaron a concentrar, perdió su estilo urbanístico que lo hacía destacar, debido al comportamiento desadaptado de gente lumpesca procedente de diferentes lados, que se divertían haciendo maldades en las casas del vecindario.
Ahora han salido al ruedo unos pequeños picós que llaman “miniturbos”, con buena potencia y fidelidad, que son fáciles de operar y en cualquier sitio de las casas se pueden instalar.
No se porqué los llaman turbo. El mío, llamado “El Minicooper del Son”, no es ningún turbo, por lo que, cuando me refiero a él, con pena me turbo.
Es un híbrido armado con los parlantes de dos minicomponentes <uno Sony y otro Aiwa Z40>, con un amplificador Yamaha y un equalizador Pionner antiguos, que he habilitado con Bluetooth externo, y que con apariencia de “minipicó”, me permite por Spoty fy, la música que yo quiera escuchar.
En los años sesenta siendo aún menor de edad, las verbenas callejeras me gustaba observar entre los angeos, <residuos de la elaboracion de las checas de cerveza>, que adornados con palmeras se armaban la corralejas, donde se escuchaba sobre todo la música tropical, especialmente las guarachas de Anibal Velásquez, Alfredo Gutiérrez y los Corraleros de Majagual, entre otros ritmos cubanos más.
Admiraba la organización de los bailes populares en los que se armaba una estructura danzante y parlante; con reina, capitán y capitana, y un líder de agitación y propaganda quien gritaba con euforia una retagila de “vivas”, empezando con el nombre y algún eslogan que se adoptaba.
Por ejemplo:
Que Viva la Puya Loca! y el resto de los participantes contestaban…… “VIVA”.
Que Viva la Reina……….Viva!
Trotando en fila de parejas salian de su sede gritando por las calles hasta llegar a sorprender con asaltos de alegrías a otros bailes de algún barrio vecino en solidaridad carnavalera.
Que viva la capitana!……Viva!
Que viva el capitán!…….. Viva!
También con disimulo ya se expresaban vivas morbosamente dedicados al pene y al culo, como:
Viva el asunto aquel!……..Viva !
Viva la cosa aquella!………Viva !
Vivan los chocoritos!………Vivan !
Vivan los chochitos !……….Vivan !
Vivan los chiquitos!…………Vivan !
Vivan los cuquitos!………….Vivan !
Generalmente estos bailes se armaban entre vecinos quienes extendían invitaciones a sus respectivos familiares y amigos, para de manera consensuada armar la estructura organizacional y recoger alguna cuota previa para adquirir los elementos a necesitar, como entre otros las totumas y cucharas de palo para un buen sancocho disfrutar.
Los disfraces eran harina de otro costal y cada quien se disfrazaba con lo que se pudiera acomodar.
En los bailes todavía entre las personas había recato, pero en las calles otras expresiones extrovertidas se empezaban a observar; como aquel que se disfrazaba de “relámpago” que consistía en una bata de baño, para como el Loco Hugo acercarse a cualquier grupo de personas, abría la bata, mostraba sus partes nobles y se iba corriendo, para a otros volver a impresionar.
Otro similar era el del trompo. Tal vez el mismo hombre en bata se acercaba a un grupo con un trompo en la mano y les decía:
” El problema del trompo no es tirarlo sino cogerlo”
Entonces tiraba con su pita el trompo al suelo y cuando estaba bailando se agachaba para entre los dedos recogerlo, y en ese momento se le abría la bata y se le iba toda su humanidad al suelo.
Así era como en aquellos tiempos disfrutaban los carnavales los abuelos.
Por
José R. Múnera N.


