
Un pintor de academia, calificado y distinguido como “hiperrealista”, fue contratado para pintar un cóndor.
Se trataba de un mural, que en la plaza principal de un pueblo se debería apreciar.
El artista era un joven complaciente, que trataba
de complacer a todos los personajes influyentes de la región, en sus respectivas inquietudes subjetivas, sobre la apariencia del animal.
Cuando llevaba un progreso importante de la obra, se le acerca el secretario de cultura, quien lo contrató, y le pareció que el pico del condor tenía una curvatura que no le parecía natural, y le recomendó que lo tratara de modificar.
Entre otras cosas, era el que el trabajo le tenía que pagar.
Otro día, pasó el alcalde y le pareció que las garras no se parecían a las del cóndor y más bien a las de un águila, lo cual aceptó y corrigió de manera impávida.
Después se le acercó un poderoso senador de la región y le dijo que el cóndor parecía un pavo, por la forma del pescuezo. Entonces le hizo alguna modificación, teniendo en cuenta eso.
Mas adelante se le aproximó el respetable alcalde, y le dió su opinión negativa sobre la
cresta, la cual tuvo en cuenta, para dejarla mejor puesta.
Procurando ser paciente y complaciente, a todos pudo complacer, haciendo las modificaciones pertinentes, para sus inquietudes satisfacer, con lo que del cóndor querían ver.
Cuando la obra había terminado, se le acercó otro pintor, colega y excompañero de la escuela de bellas artes, donde ambos habían graduado, quien le preguntó, qué era ese raro animal que había pintado.
Entonces con pena, pero con orgullo reservado, por el resultado, que sin querer queriendo había logrado, el joven le ha contestado:
” un cóndor “.
¿Un cóndor?, le ha preguntado algo asombrado.
¿Cómo así?; si tu trabajo de grado fue el mejor cóndor que jamás nadie ha pintado, del que conoces bien todos sus detalles y hasta por “el
hiperrealismo” fuiste laureado.
Yo sé que es así, querido compañero, el pintor satisfecho, le ha contestado; como también sé que éste animal de cóndor pareciera no tener un carajo; pero, éste es el cóndor “surrealista” que éste pueblo ignorante, pero influyente, me ha solicitado.
Moraleja:
Si estás seguro de lo que haces, procede por tus convicciones, sin tratar de complacer el capricho de los demás, aunque una observación sensata, según las circunstancias, algunas veces también sea bueno aceptar, pero consciente de que el objetivo deseado no se pueda afectar.
Insistir, persistir y no desistir es la clave para el éxito alcanzar, consciente de que, siempre habrán retos, obstáculos en la vía y hasta gente en contravía, pero que con carácter, talento y templanza habrá que superar.
Hay que procurar, como el cóndor, volar más alto que los demás, para no chocar con otras aves que en el mismo espacio, es normal encontrar.
Nota:
El cóndor de la pintura adjunta, es del maestro Alejandro Obregón, quien con la historia y su obra, nada tienen que ver, con el argumento narrado en éste cuento ficción.


