DESDE EL ALMA
Un espacio donde la razón y la emoción conversan con honestidad.
Por Mauricio Javier Molinares Cañavera
Cuando Dios restaura lo que el dolor rompió
Diez embarazos.
Diez partos.
Diez veces un cuerpo abierto para que la vida pudiera llegar.
Diez veces dolor.
Diez veces sangre.
Diez veces miedo… y esperanza.
Y después, enterrarlos a todos.
Diez ataúdes.
Diez cuerpos fríos.
Diez hijos que alguna vez estuvieron dentro de ella.
Cuando cayó la última palada de tierra, esa mujer no solo se quedó sin hijos.
Se quedó vacía por dentro.
El vientre que fue cuna quedó en silencio.
Y el silencio duele más que cualquier grito.
Esa mujer fue la esposa de Job.
Y desde ahí habló.
No desde la fe ordenada.
No desde la teología correcta.
Desde el cuerpo.
Desde las entrañas.
Desde el agotamiento absoluto de una mujer que ya había dado todo.
Cuando dijo: “Maldice a Dios y muérete”, no habló como incrédula.
Habló como madre rota.
Como esposa exhausta.
Como alguien que ya no soportaba ver sufrir lo único que le quedaba.
Es fácil exigir fe cuando nunca has parido.
Es fácil pedir silencio cuando nunca has sangrado para dar vida.
Es fácil juzgar palabras cuando no han salido de un cuerpo devastado por el dolor.
La historia está llena de mujeres así.
Mujeres que han pagado costos invisibles por sostener hogares, esposos, hijos, familias enteras.
Mujeres que han resistido cuando otros se fueron.
Y aun así, casi nunca se les honra.
Los amigos de Job llegaron con discursos.
Con explicaciones limpias.
Con palabras bonitas.
Ella se quedó.
Se quedó en la ceniza.
Se quedó cuando la casa olía a muerte.
Se quedó cuando otra habría huido para salvarse.
Y aquí es donde la historia da un giro que muchos no conocen.
La Biblia dice que Job no solo fue sanado.
Fue restituido.
No a medias.
No simbólicamente.
En todo.
Dios le devolvió sus bienes.
Le devolvió su honra.
Le devolvió la vida.
Y casi al final del relato, la Escritura dice algo más:
Job volvió a tener hijos.
Diez.
Siete hijos y tres hijas.
Diez nuevas vidas.
Diez oportunidades de volver a creer.
Diez veces en que la esperanza volvió a entrar a esa casa.
Y ahora sí, la pregunta que lo cambia todo:
¿Sabes con quién tuvo Job esos hijos?
Con esa misma mujer.
Dios no la reemplazó.
No la descartó.
No la borró de la historia.
Dios no restauró solo el patrimonio de Job.
Restauró la casa.
Y una casa no se restaura si la mujer que la habita sigue rota.
Eso es esperanza.
Significa que ella también fue sanada.
Que volvió a creer.
Que volvió a dar vida después de haberlo perdido todo.
Y esto lo digo para quien hoy lee desde el dolor:
Tal vez has perdido casi todo.
Tal vez tu cuerpo, tu fe o tu historia están cansados.
Tal vez dijiste cosas que hoy no te representan.
Dios no trabaja solo con personas que hablan bonito,
sino con personas que, aun rotas, se quedan.
La restauración es posible.
No siempre rápida.
No siempre limpia.
Pero real.
Dios puede restituirte.
Puede devolverte la vida.
Puede hacer brotar futuro donde hoy solo hay cenizas.
Porque la fe más valiosa
no es la que nunca se quiebra,
sino la que, aun herida,
decide no irse.


