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Entre la memoria y el mito: la conciencia narrativa de Luis Felipe

RedacciónPor: Redacción
20 febrero, 2026
Entre la memoria y el mito: la conciencia narrativa de Luis Felipe

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Por Fausto Pérez Villarreal

Lo primero que leí de Luis Felipe Vásquez Aldana fue su libro marcadamente nostálgico ‘El inmigrante’.

Ambientada en los albores del siglo XX, la historia reconstruye con minuciosidad el viaje físico y moral de un hombre que se transforma mientras atraviesa geografías ajenas y zonas oscuras de sí mismo, en medio de la tensión permanente entre el bien y el mal. La novela se adentra en los desarraigos, los miedos y las fracturas íntimas que marcaron a los inmigrantes de aquella época, convertidos en protagonistas silenciosos de una épica cotidiana.

La prosa de Vásquez Aldana destaca por su riqueza expresiva y su intensidad emocional: no se limita a describir paisajes, sino que penetra en la conciencia del personaje, revelando sus culpas, sus silencios y sus contradicciones. El relato sigue a un individuo que, en su travesía, se enfrenta tanto a fuerzas externas como a demonios interiores, encarnando la experiencia universal de quienes buscan recomenzar en tierras desconocidas, incluso cuando arrastran un pasado que intenta ocultarse y redimirse por la vía poética de la expiación.

Supe después que ‘El inmigrante’ fue finalista del II Certamen Literario Agustín Sánchez Rodrigo, celebrado en Villa Serradilla (Cáceres, España), en 2022, distinción que confirma la solidez y el alcance de la obra.

Luis Felipe tuvo, además, la gentileza de obsequiarme el libro con una dedicatoria generosa en la sede de Santa Bárbara, casa editora a la que profeso un afecto sincero, no solo por su labor cultural, sino porque de sus entrañas han nacido varias de mis propias obras.

Luis Felipe Vásquez Aldana es un autor que ha hecho de la exploración de la condición humana el núcleo de su escritura. Su narrativa se reconoce por la precisión con que atiende los detalles y por una mirada atenta, reflexiva, sobre los impulsos, las contradicciones y las memorias que configuran al ser humano. En sus textos no se asiste simplemente a una sucesión de hechos: el lector es conducido a experimentarlos desde adentro, a habitarlos desde la conciencia del relato, como si cada escena reclamara una participación íntima.

‘La sangre de los intrusos’, su obra más reciente, publicada por Santa Bárbara Editores, se levanta como una novela de notable densidad simbólica y sólido sustento histórico. En ella, el escritor y novelista barranquillero articula una prosa de vocación poética con una sensibilidad antropológica que le permite adentrarse en las complejas relaciones entre la memoria indígena zenú y los procesos de cambio social que atravesaron la región del Sinú durante la primera mitad del siglo XX. Esta novela corta, finalista del Premio Literario convocado por el Ayuntamiento de Santander (España) en 2018, confirma a Vásquez Aldana como un autor en plena madurez creativa, para quien la ficción es también un acto de restitución de la memoria colectiva y de afirmación identitaria.

Con una extensión de 119 páginas —sin contar el prólogo—, el relato se abre en 1936, en la plaza de Sahagún, cuando aún formaba parte del antiguo departamento de Bolívar. Ese momento histórico no funciona como un simple decorado narrativo, sino como el eje alrededor del entorno al cual se articula una transformación social decisiva: allí confluyen la tradición oral, los silencios ancestrales del territorio y la cosmovisión zenú con la irrupción del poder político, las disputas por la tierra y las nuevas tensiones de pertenencia.

En ese cruce de tiempos, voces y memorias, Vásquez Aldana construye una atmósfera en la que el mito e historia se amalgaman de manera orgánica. Sus personajes avanzan entre caminos polvorientos y corrientes subterráneas de la memoria indígena, encarnando el conflicto entre quienes custodian la tierra y aquellos que llegan para apropiársela. El resultado es una narración sobria y lírica a la vez, cargada de símbolos, en la que el rigor documental convive con una palabra de alto poder evocador. La novela se convierte así en una meditación sustancial sobre la herencia espiritual, el desarraigo y las múltiples formas de la resistencia cultural.

Nacido el 24 de enero de 1974 en Barranquilla (Colombia), Luis Felipe Vásquez Aldana es un escritor y novelista de ficción histórica vinculado al Caribe y a España, cuya obra ha sido reconocida en diversos certámenes europeos. Ha publicado novelas cortas de ficción histórica alternativa (ucronías), libros de relatos juveniles, un poemario y las destacadas novelas de ficción histórica del Caribe Los impostores del Paraíso y Tinieblas debajo de los pies. Su trayectoria literaria ha sido respaldada por importantes distinciones: Accésit en el VII Certamen Sierra de Francia (Fundación Santísimo Cristo de Arroyomuerto, España, 2021); ganador en creación narrativa del Portafolio Germán Vargas Cantillo (Alcaldía de Barranquilla, 2021); autor seleccionado en la convocatoria Ficciones Lado Berlín(Alemania, 2021); finalista del III Certamen Sierra de Francia (España, 2017); finalista del Premio Literario Tristana de Novela Fantástica (Ayuntamiento de Santander, 2018); finalista del Certamen Literario Agustín Sánchez Rodrigo (Cáceres, 2020); y beneficiario del Programa de Apoyo a la Producción Artística de la Alcaldía Distrital de Barranquilla (2007).

En años recientes, su obra ha recibido nuevas distinciones gracias a una serie de relatos ambientados en muelles y astilleros del Caribe de comienzos del siglo XX, donde indaga en las tensiones entre los inmigrantes europeos y el universo mítico del antillano. Obtuvo Mención de Honor en el 79.º Concurso Internacional de Poesía y Narrativa Camino de Palabras (Instituto Cultural Latinoamericano, Buenos Aires, 2022); y fue autor seleccionado para la antología del III Concurso de Relato Breve CEB El Calvache Raíces(Centro de Estudios Bercialeños, España, 2022), así como para la publicación del II Concurso de Relatos Ángel Sanz Briz (Ayuntamiento de Zaragoza, 2022). En 2023, volvió a ser finalista del IX Certamen Internacional de Relatos Sierra de Francia, en España.

Publicista y mercadólogo de formación, con doble maestría europea en Marketing y Dirección Comercial, diplomaturas en gerencia y marketing digital, doctorado en Business Administration (DBA), y cursó estudios humanísticos en Historia de hispanoamérica y literatura de España.  Vásquez Aldana ha sabido conjugar su vocación literaria con una sólida trayectoria profesional como publicista social, Ad Sales Manager para importantes medios de comunicación del Grupo Prisa (Caracol Radio) y gerente de RCN en Barranquilla.

Más allá del goce de la lectura y de la admiración que suscitan sus libros, he tenido el privilegio de compartir escenario con Luis Felipe Vásquez Aldana, siempre con la compañía gratificante del escritor y editor Alfonso Ávila, en encuentros literarios memorables como la Feria Latinoamericana del Libro de Cartagena, la Feria Internacional del Libro de Bogotá y la Feria del Libro de Santo Tomás. En estas dos últimas ocasiones compartimos espacio y palabra con el doctor José Humberto Galiano La Rosa durante la presentación de su libro ‘Cuentos no contados’, en un diálogo enriquecedor y de alto rigor intelectual.

En cada una de esas experiencias he podido constatar no solo la solidez de su talento narrativo y la amplitud de su formación literaria, sino también su calidad humana, su lucidez crítica y una pasión auténtica y sostenida por la literatura.

A modo de umbral, queda anunciada la entrevista que viene: una conversación por abrirse, donde la palabra volverá a andar, como un río atento, hacia los territorios más íntimos de su escritura.

Tu obra parece entretejerse constantemente con la memoria histórica del Caribe y de España. ¿En qué momento entendiste que la escritura podía ser una forma de restitución de esa memoria?

Me encanta esa pregunta, Fausto. Mencionas ese ‘momento de comprensión’. En otras palabras, el tiempo y la comprensión convergen inevitablemente en el camino de la redención. Al principio, mi escritura llevaba las marcas de los errores de juventud de un escritor, y he llegado a este punto del que hablas, en un tercer momento. El génesis intencional de mi obra siempre fue mi raíz familiar sabanera, pero me resistí, me desvié. La primera vez, con ‘Águilas encarnadas en tortugas’, recuerdo que Ernesto McCausland me dijo que escribía al revés: fábulas de la Palestina precristiana, un salto a Constantino, cuando era solo un pela’o de Barranquilla y la región del Sinú, muy alejado de todo eso. Luego hice otra extraña combinación: el relato místico contemporáneo y la fábula, mezclados con una intención pedagógica hacia el mundo empresarial, ya que estaba retomando mis estudios de marketing después de una pausa de quince años.  Finalmente, decidí escribir sobre el caribe aún entendiendo que mi resistencia a hacerlo era el no querer sacar la basura debajo de la alfombra y visitar el desorden tormentoso de nuestro propio sótano. Pero como observador agudo de la sociedad, pronto comprendí que escribir sobre la cultura local tenía una fuerte connotación judeocristiana: la de no pretender ser profeta en la propia tierra, especialmente para quienes sufrimos fenómenos socioantropológicos como el ‘perrateo’.  El insumo de la imaginación no solo es la lectura y la memoria histórica de nuestros pueblos, sino la forma en cómo reinterpretamos nuestra realidad consciente para crear un mundo paralelo. Así, por aquel entonces, llevaba años trabajando con españoles en el grupo Prisa (Caracol) y comprendía su cultura de eficiencia socioeconómica. Además, gracias a una beca parcial, pude cursar estudios superiores con españoles y adquirir una comprensión académica de su cosmovisión a lo largo de la historia, esa era pieza faltante del rompecabezas.

Fue ahí, entonces que entendí al caribe desde la transculturalidad y que era desde ahí que debía contar al universo mitológico sinuano: Sahagún y al quehacer sociocultural de Barranquilla y Cartagena. No de forma autóctona sino desde una ficción sincretizada del Caribe y España, y que se convirtió en mi sello distintivo.

‘El inmigrante 1884’ fue una de tus primeras obras en circular con fuerza. ¿Qué heridas personales o colectivas te impulsaron a escribir esa historia situada en los albores del siglo XX?

Increíble, Fausto. A partir de conversaciones con amigos y relatos familiares, se desarrolla una manufactura de pistas y pitazos que sirve para construir una narrativa. «Nando», un amigo neoyorquino, me contó hace unos años que su abuelo le había hablado de un inmigrante italiano, aparentemente un asesino en serie de mujeres prominentes en Barranquilla a mediados del siglo XX. Busqué esta historia, en vano. Pero descubrí algo peor. Además de la necesidad de integrar mis métodos orwellianos, mi compromiso histórico y el contexto del fenómeno migratorio —Italia, España, Barranquilla, Cartagena— y de buscar un entusiasmo estético, tuve que construir un monstruo plagado de heridas. Más allá de la catarsis personal, sentí la imperiosa necesidad de estudiar los fenómenos psicosociales y sus contextos históricos que pueden crear un psicópata, un agresor perfectamente camuflado en la sociedad, y luego situar a este personaje dentro de una narrativa histórica. Y lo logré: mi versión caribeña de ‘El lobo en París’. Fue un camino muy oscuro, un thriller psicológico. Sin saber que esto sería premiado y publicado, lo que finalmente me impulsó a escribirlo fue revivir el eterno debate entre el bien y el mal, donde el amor siempre termina revelándose como la fuerza incomprensible y expiatoria.

En tus novelas, los personajes suelen cargar culpas, silencios y pasados que buscan redención. ¿Crees que toda escritura nace de una forma de expiación?

¡Ah!, sí, acabo de decirlo. He estudiado la cuestión de la expiación toda mi vida porque, personalmente, soy ante todo un escolástico: mi fe prima sobre mi razón, y soy cabalista: vine a superar aquello que intenta superarme. Discrepo completamente con la idea marxista de que la realidad crea nuestra conciencia; para mí, es lo contrario: nuestra conciencia crea nuestra realidad, y en este sentido, la expiación es una herramienta que transforma nuestro entorno. Mi escritura no solo me redime a nivel catártico; también se relaciona con el fenómeno holístico del ser: su redención o su condena.

‘La sangre de los intrusos’ aborda la memoria indígena zenú y los conflictos por la tierra en el Sinú. ¿Cómo fue el proceso de investigación histórica y cultural detrás de esta novela?

¡Uf!, gracias por preguntar, Fausto. Hay varios aspectos: primero, debo confesar que se trata de la historia de mi familia en Sahagún (Córdoba), y desde los dieciséis años ha sido la principal razón de mi intento, finalmente fallido, de convertirme en escritor. La terminé en 2016, tras empezar en 2010, y en 2018 fue finalista del prestigioso Premio Tristana de Literatura Fantástica en España. No se publicó hasta 2025, ya que marca mi despedida de la escritura, o al menos una pausa en una labor que duró veinte años, desde 2005, como escritor oculto y discreto, pero con una disciplina rigurosa. Esta es la historia novelada de mi abuelo, Joaquín Aldana, bisabuelo del actual candidato presidencial, Abelardo de la Espriella. Como pueden ver, la investigación histórica, política y cultural que inspiró esta novela se basa principalmente en la tradición oral de mis padres, tíos, hermanos, primos y maestros de la región. A esto se suma la imaginación de un niño que todo lo entendía a través de imágenes, un niño que, durante años, absorbió las anécdotas, historias, mitos y leyendas del municipio de Córdoba. Así, para escribirla, simplemente me basé en los recuerdos, la historia y la mitología caribeña que viví y que me transmitieron. Y, como es bien sabido, el escorpión siempre pica: la ficción, la creatividad y el ‘embuste’ coloquial desbordante que me caracterizan.

¿Qué te interesa más al escribir ficción histórica: la fidelidad documental o la libertad de reinterpretar el pasado desde la imaginación?

¡Bárbaro, máster! La estricta precisión documental no me interesa. Confieso que percibo la lectura como un proceso perceptivo y cognitivo que, en cierta manera, estimula la imaginación del lector, y la imaginación se alinea con las mentiras. Ciertamente, me interesa una evocación histórica creíble, su verosimilitud. Aprendí una herramienta valiosa de Jesús Ferro Bayona durante mis estudios de historia latinoamericana en la Universidad del Norte: el contexto histórico. De hecho, alrededor o en segundo plano están la política, el arte, la cultura y, sobre todo, en primer plano, el lenguaje. Con este contexto se puede crear un escenario verosímil, pero es el pasado desde la imaginación, un factor diferencial inevitable.

Tus textos suelen moverse entre el mito y la historia. ¿Qué te permite el mito que no te permite el dato histórico?

!Camarada!, cada día entiendo más el porqué has ganado tantos premios! Digamos que los datos históricos nos proporcionan, tanto a mí como al lector, coordenadas espacio-temporales. Por ejemplo, ‘Muelle de Génova, 1884, primeros barcos de la Compañía La Veloce’: este es un recurso para crear escenarios, un mundo, lo que llamamos utilería teatral, atrezzo. El mito o la leyenda, en cambio, como ‘la princesa de la vara de ají’ o ‘el hombre caimán’, nos permiten explorar la cosmogonía de un pueblo, su percepción del origen de su mundo, su ser y su dios, lo que abre paso a un universo aún más vasto: la etopeya, la descripción psicológica de personajes extraídos desde su cultura y sus ancestros. Eso es lo que permite el mito.

Has trabajado la ucronía, el relato juvenil, la poesía y la novela histórica. ¿Qué cambia en tu mirada cuando cambias de género?

Claramente, no encajo en esos géneros, aunque esa sea la impresión que da o lo que se diga. Estaba muy alejado de la ficción histórica; la literatura infantil fue un período de experimentación para mí; la historia alternativa me llevó más allá de las formas establecidas, y no soy poeta. Soy un escritor oculto que, como Carlos Vives, ha dedicado su vida a una búsqueda incesante de expresión, fusionando fragmentos del folklore histórico con una creatividad contemporánea que nació de las grietas de mi alma, porque pensé que Dios, como mi padre, me había abandonado, sin darme cuenta de que siempre había estado ahí. Así que no fue un cambio de género; fue una búsqueda espiritual que finalmente encontré.

¿Cómo se conjugan tus raíces caribeñas con los reconocimientos y lecturas que has tenido en España y otros países de Europa?

No sé cómo encajan estas dos cosas, maestro. Puedo decir que ser caribeño significa estar al margen, y en nuestro país existe este fenómeno socioeconómico y cultural de dualidad centro-periferia, que concentra valores en el centro del país, en todos los estamentos sociales. Esto, sin duda, en mi caso y por fortuna, a través de una especie de emancipación cultural, me ha situado al otro lado del Atlántico, porque he sido tejido con diversas corrientes intelectuales. Por experiencia personal y con plena conciencia de la situación, sé que somos percibidos o reconocidos de manera diferente si nuestra obra literaria se somete a un cierto examen crítico alejado del centro, de las cofradías nepotistas, del clientelismo cultural y del amiguismo intelectual colombiano.

En tus historias aparecen con frecuencia los desplazamientos, los viajes y el desarraigo. ¿Te consideras un escritor del tránsito y de la frontera?

Es que todo eso nos identifica.  Somos una amalgama de migraciones, de culturas superpuestas, con sus virtudes y sus vicios. Fui un observador del tránsito y sus signos, y se entiende, la hostilidad o la oportunidad que presentan las fronteras. El mar de fondo siempre es el que me ha inspirado al narrar ese acertijo.

¿Qué papel juega la tradición oral en tu escritura y cuánto de esa oralidad heredada se filtra conscientemente en tus textos?

Es interesante notar que la tradición oral es un ingrediente esencial en mi escritura, presente tanto consciente como inconscientemente en toda mi obra. Inicialmente oculta, como la de Galileo, que se ocultaba en la metáfora de sus postulados poco canónicos. Luego se hizo explícita, quizás con la madurez, o quizás mediante un desafío al dominio cultural local y nacional. Esa tradición mía, estaba claramente vinculada, además, a la cultura popular de los años ochenta y noventa, a la vez que finalmente cultivé las humanidades: historia, arte, y literatura.

Como publicista y mercadólogo, conoces bien el lenguaje de la persuasión. ¿De qué manera esa formación influye —o no— en tu forma de narrar?

Naranja. En absoluto. Son dos mundos diferentes, aunque el creador sea el mismo. La publicidad es comercial y su objetivo es vender. En el ámbito de la narración y las ventas, observamos que esta relación se ve afectada: quienes se forman exclusivamente en ventas se vuelven, con el tiempo, más parlanchines, fanfarrones y logran menos resultados comerciales. Y quienes nos formamos en ambas áreas logramos, con el tiempo, mejores resultados comerciales porque poseemos las habilidades relacionales del storytelling, lo que nos proporciona una ventaja intelectual y conductual más efectiva tanto para la narración como para las ventas. Así que más bien es la literatura la que potencializa la facultad mercadológica y no al revés.

Has sido reconocido en múltiples certámenes literarios internacionales. ¿Cómo dialoga el reconocimiento externo con tu proceso creativo íntimo?

Increíble, no sé. Primero, gracias por eso de los múltiples reconocimientos internacionales. Pensaría que esos dos no se hablan, no dialogan, salvo un teléfono rojo que de vez en cuando se tiran una llamada fortuita. El proceso creativo íntimo se la pasa hablando es con otros, solo habla en domingo, con una cerveza con rock o dance de los ochenta, o unas copas de vino con música sinfónica, o un café con rock o pop en español; recorriendo una biblioteca personal  con intervalos de cincuenta flexiones de pecho o pendiente de los tiempos de la cocina. Luego, cuando viaja lee, lee mucho y observa todos los días la psicología de las personas. De pronto, cada cierto tiempo ve que llegó un reconocimiento, pues a diario, más bien, le llegan las notificaciones de TEMU.

¿Qué lugar ocupa hoy el Caribe en la literatura contemporánea y qué crees que aún no se ha contado de él?

Ahí reside nuestro deber. Carlos Fuentes dijo: “debemos contar lo que no contaron”. Y ese es nuestro papel como escritores del Caribe; es nuestra responsabilidad narrar el Caribe. El centro no puede hacerlo, ni lo hará. ¿Qué lugar ocupa la literatura caribeña contemporánea? No tengo ni idea. Ese lugar podría ser el campo de la crítica literaria, y sabemos que, por lo general, este campo suele estar ocupado por especialistas guiados únicamente por la profundidad de su propia perspectiva. Pero desde ese punto de vista, podríamos estar fuera de su alcance, como imaginó Harold Bloom. En cualquier caso, hay lecturas buenas y malas, como en un campo de batalla. Creo que simplemente necesitamos volver al humanismo y superar la escuela del resentimiento.

Cuando escribes sobre conflictos sociales y culturales, ¿sientes alguna responsabilidad ética frente a las comunidades que retratas?

Sí. Compromiso político, lo llamaba Orwell. En mi caso hay un compromiso con la memoria histórica del quehacer caribe así sea desde el mito, la realidad, o la ficción.

¿Qué libros o autores fueron decisivos para que decidieras dedicarte a la escritura?

Bueno, cuando tenía siete años, mi madre me regaló un pequeño diccionario Larousse. Le cambió la tapa y lo encuadernó con mi nombre en letras doradas. Era a la vez mi Google Maps y mi chap GPT. Luego, a los dieciséis, me regaló la Biblia. Los devoré de cabo a rabo. ¿Quieres más? Me convertí en un auténtico ratón de biblioteca, un monstruo.

En un mundo cada vez más acelerado, ¿qué le exige la literatura al lector actual y qué le exige al escritor?

Es complicado, creo, pero hoy en día, dados los cambios de comportamiento relacionados con el consumo de contenidos, sólo sobrevivirán los textos de nichos específicos o de lectores y autores de culto.

¿Qué tipo de lectura y qué autores recomiendas hoy a los jóvenes que quieren acercarse a la literatura con sentido crítico y sensibilidad?

Cuando hablamos de jóvenes, es un término muy general, y creo que la juventud, como cualquier grupo poblacional, presenta diferentes características psico sociodemográficas, por mencionar solo una variable segmentadora. En este sentido, el pensamiento crítico y la sensibilidad varían, además de lo ya mencionado, según cómo se lea: solo, por placer, con una perspectiva contemporánea o con ironía. Podría decirles que percibí la estética en autores como Steinbeck, Camus y García Márquez; lo extraño y lo bello en Rulfo; lo incomprensible en Faulkner; lo misterioso y lo impecable en Poe; lo social, lo estético y lo psicológico en todos los rusos; la armonía en Mutis; pero esto podría estar muy alejado de algunos grupos de jóvenes y muy presente en otros.

¿De qué tipo de lecturas consideras que deberían huir los jóvenes y por qué?

¡Ah!, bueno, ese es otro cantar. Un amigo mío, el exgerente de la Librería Nacional, don Édgar, solía decir que la mala lectura lleva a la buena lectura… Ja ja ja ja ja… y creo que tiene razón. De joven, leí a Coelho y me encantó ‘El Alquimista’. Incluso, me prometí comprarme una edición de lujo como recuerdo, porque ese cuento me inspiró en parte a escribir. En fin, diría que hay una campaña de marketing ideológico destinada a deslegitimar las grandes narrativas, promoviendo micronarrativas basadas en un fundamento común: el materialismo histórico de Marx. He leído a Marx, un poco menos a Lenin y mucho más a Nietzsche, y diría que la lista negra del canon literario de Harold Bloom es aún más larga.

Si tuvieras que definir tu obra con una sola idea o pulsión central, ¿cuál sería?

Te la tengo: ‘La gota fría’, de Emiliano Zuleta, cantada por el español:  Julio Iglesias.

¿En qué horizontes narrativos te interesa adentrarte ahora y qué puede esperar el lector de tus próximos proyectos?

Gracias, maestro. Como te comenté, mi última publicación ‘La sangre de los intrusos’, fue la primera y única novela que siempre quise escribir, la historia ficcionada -en honor- a mi familia en Sahagún, hecho está. Tú, mejor que nadie, conoces esta frase: ‘Me despido de la salsa’. Fueron veinte años de escritura oculta y estaré en pausa hasta que Dios me devuelva la literatura.

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