Por: Moisés Pineda Salazar.
En los ciento y un años de Mirko en Barranquilla.
Sí. Soy yo. Mirko.
Travesti, transformista de profesión.[1]
No precisamente un maricón pues un macho va entre mis piernas, una mujer suspira en mi baja espalda y un ser que va y viene a uno y otro lado anida en mi boca y vuela con mis manos: “dama entre caballeros y caballero entre las damas”.
No soy un imitador.
Tampoco un payaso

Eran las 2 de la tarde cuando puse pie en el muelle de Puerto Colombia y pasaba de las 7 la noche cuando terminaron de arrumar la docena y media de cajas, baúles y fardeles que traía como equipaje, y que había aforado en el último puerto a nombre de Fernando Torres. ¡Malhaya idea!
¡Ah! cuánto costo convencer a los funcionarios de la Aduana de que Mirko el artista español y el antes dicho Fernando Torres con pasaporte argentino somos la misma persona.
Luego de varias horas de inútiles discusiones, fue necesario hacer venir al Comandante del Resguardo de Puerto Colombia para resolver el problema.
Era este un hombre corpulento, alto, rubio, de unos ojos, grandes e increíblemente azules.
Lucía un corte de pelo al estilo militar, su bigote abundante y cuidado con esmero, su cuello musculoso y su porte atlético me recordaban el de los oficiales del ejército alemán.
Oloroso a lavanda, vestía de blanco impecable; estaba tocado con un casco inglés y calzaba lustrosas botas de mediacaña.
Se llamaba Eduardo Bernardino Gerlein Güel.
Era de origen Holandés.
Aun guardo su tarjeta de visita y recuerdo su imagen.
De la cabeza, a los pies.
A esa hora, apenas habíamos terminado de diligenciar y firmar los innumerables documentos que se tramitan en el anexo de la Aduana cuyos empleados, unos vejetes malolientes, desdentados, mal afeitados y peor vestidos, después de la intervención del mandamás, se desvivían entonces por atenderme.
Tal vez lo que Patroclo Cortez, mi valet y confidente, había mandado a dibujar en letras doradas sobre el cuero y la madera de mi equipaje, tuvo algo que ver con todo ese incordio burocrático:
“MIRKO. Transformista“.
Tres estrellas refulgentes, a lado y lado, servían para ornamentar la silueta que el crisógrafo contratado elaboró usando una fotografía de estudio que me había mandado a hacer en Madrid vestido de manola.
“Amplias caderas. Voluptuoso el culo…”
Tal como gustan a hombres y mujeres por estos lares sudamericanos a donde he venido a recalar huyendo de lo que ya se veía venir en Madrid y en Barcelona.

Patroclo es una especie de rémora, un parásito, un entenado, un mantenido que vive de mí, haciéndome creer que vive para mí.
Es un gato de angora, inútil para cazar ratones, pero que está siempre a mi lado, ronroneado, soltando pelo en mi almohada y sobre mi regazo, pendiente de todo lo mío. De un capelo, un fazzoletto, de una gota de perfume, un broche o de un botón. Siempre a mi lado cuando quiero tenerlo. Lejos cuando no, en esta gira que ya es una vida y que iniciamos desde Barcelona, Madrid, Paris, la Guaira y Caracas; La Habana, Barranquilla, Medellín, Bogotá, Lima, Quito y Santiago de Chile.
Insólita y peligrosamente, en medio de la guerra civil, regresé a Barcelona en 1934 para presentar en el “Liu Chan”, mi versión de “María La O”.
Hice la temporada, cobré y no volví más.
Ahora, en Buenos Aires, me aburro y envejezco.
La baliza del Faro de Puerto Colombia esparcía su luz intermitentemente, señalando a los barcos que se aproximaban a la costa, el derrotero que los lleva al canal de acceso al muelle en el que se acoderaban cinco paquebotes al tiempo, en tanto que otra media docena esperan fondeados aguas afuera.
Los franquistas y la Ley Anti-Vagos han terminado por hacer de los de mi clase unos parias.
“El Barrio Chino” y “La Criolla“, que otrora florecieron como el espacio perfecto, íntimo y secreto para que los hombres pudiéramos manifestarnos con libertad y sin el temor a ser tildados de maricones, cerraron puertas.[2]
Eran nuestro santuario donde una nube de maestros en toda suerte de delitos, republicanos, contrabandistas, carteristas, estafadores, rarras, gandules, asesinos a puñal, jugadores, morfinómanos, alcohólicos, buscones, ladrones, veteranos en oficios de tercería, mercaderes de drogas y sujetos de aspecto andrógino conformábamos una muralla que nos protegía de todo y dentre todos.
Francisco Franco y los estúpidos Republicanos, iban a terminar con todo aquello.
Hoy, luego de diez años de guerra civil ya lo han conseguido.
“El Barrio Chino” y su cabaré más canalla, “La Criolla“, fueron mandados a clausurar[3]
Aquel de finales de1923, fue el momento llegado para abandonar España.
De Portugal, Italia y Alemania, que habían sido parte de nuestro edén, que llamaban paraísos decadentes, nos estaban expulsando.

Los Gobiernos colocaron en sus fronteras ejércitos de espías y de gente armada, verdaderos arcángeles con flamígeras espadas encargados de impedir nuestro regreso y la salida de quienes no creyeron que se nos venía el Juicio Final y tuvieron que dejar de ser lo que somos para contentar a las hordas de hipócritas Cardenales, Curas, Diputados, Regalistas, Republicanos, Anarquistas, Generales, Mozos de Cuadra y Guardiamarinas que en el día eran encargados de defender la moral cristiana y de noche, travestidos para defender su honor y la hombría de todos, se divertían en unos tiempos en el Bar Nou y en El Ca’I Sacristá y luego en “La Criolla,” donde “Flor de Otoño”[4] con sus labios pintados en forma de corazón, oficiaba de gran sacerdotisa en aquel lugar solo para hombres dedicados a todo tipo de trapicheos, incluida su propia prostitución.
Teníamos que emigrar a las América para poder seguir siendo lo que somos.
Las Cartas de mi amigo Juan B Porreta me animaron para entrar por este puerto.
Lo conocí una noche en “ Bar Nou” donde bailamos y bebimos hasta cuando una mañana, una tarde y una nueva noche, encerrados en uno de los zaquizamíes del lugar, volvieron a cubrir con su manto cómplice aquella deliciosa experiencia de sexo entre hombres, alcohol, opio, cocaína y cuanto veneno y prohibición se nos atravesó en esas horas en las que unas veces yo fui maja y él mozo de cuadra.
Y en la siguiente hora intercambiamos de traje, sique y papeles.
Una y otra vez, hasta cansarnos.
Por eso vine a este Puerto, rumbo a Barranquilla donde espero verlo y estar con él. Como en aquellas noches de refocile en los cuartos de dormir del Barrio Chino en Barcelona.
Con mi Juan Besillo- a él le gusta que yo lo llame así-. Si a unos les gusta el brandy y otros prefieren el tabaco y a todos parece normal, ¿por qué han de censurar que a mí me guste otro hombre y lo llame así?
A esa hora, como todos los puertos del mundo, Puerto Colombia bullía en sus coreográficos abiertos a la marinería.
En hoteluchos como este, en madera y de dos plantas que, regenta doña Tomasita Nieto y que se identifica como “Hotel Puerto Colombia“, putas, marinos, guardas y maricones compran gomas[5] para revolcarse en sicalípticas y obscenas orgías en el entretanto del descargue y cargue de los buques que aquí llegan y van de Europa, las Antillas y los Estados de Norteamérica.
Salí a la calle con mi mejor indumentaria flamenca, luciendo mis mejores galas varoniles de gitano impostado,
Mucho me ayudaban mis ojos verdes, las líneas de mis labios y mi rostro que el maquillaje ayudaban a suavizar cuando era necesario y la voz de barítono que usaba cuando se me venía en ganas.
Caminé por las calles del puerto hasta cuando, un aviso impreso que anunciaba:
“OLD DOCK. Jazz- Tangos- Cuplets by Emirto, Thioda & Antoine. Every days at 20:00 GMT”, me detuvo y me dejó sin aliento.
Aquello, era lo mío.
Y entré al coreográfico, que se me hizo muy parecido a los de Barcelona, y razones había, porque lo regentaba un criollo seguidor de los escritos de Paco Madrid, nieto de un Canario de apellido González llegado en el siglo pasado y que reclamaba parentesco con el Gobernador del lugar.

Luego de ver aquel espectáculo de música, baile y canto, a cargo del director de la orquesta- un músico curazoleño-, de la bailadora de tangos- cuyo color de piel me recordaba el de la gente de Fernando Poo- y de una desabrida cupletera que no lograba emocionar ni a un chaval en sus trece años, supe que Barranquilla caería rendida a mis pies
La Arenosa, como también la apelan, era mi destino inmediato, pero como ya lo saben, no estuve a tiempo para tomar el último tren que debía conducirme hasta esa Ciudad distante a unos veinte kilómetros.
Allá me esperaban Don Juan Besillo y Richiardi- un ilusionista peruano-, que fue mi partner en ese recorrido que me llevó al interior del País.
Seguí la ruta que de Madrid me había conducido a Venezuela, La Habana y a Puerto Colombia.
Dicen que José Gómez Ortega, Joselito, también llamado “El Gallo”, antes de ser corneado en Talavera de La Reina la tarde del 16 de mayo de 1920, tuvo planeado hacer esta misma ruta.
En Barranquilla lo esperaron para que ofreciera una corrida en El Circo de la Calle del Recreo. Un evento que nunca ocurrió porque, a última hora, “El Gallo” decidió pasar al Istmo para llegar a Lima que era su destino.
El clima para ese mes de enero era particularmente fresco en Barranquilla.
Casi que primaveral.
Me dicen que los vientos alisios del nordeste, al encontrar las nieves perpetuas de la Sierra Nevada de Santa Marta, llegan enfriados a Barranquilla.
Ellos son la razón para ese clima extraño de 20° en el trópico y a la orilla del mar.
El tiempo me enseñó que debí haber seguido la ruta de “Joselito”.
El Río Magdalena estaba seco y tuve que esperar varias semanas en la Ciudad alojado en El Hotel Francés a cargo de Madame Francoise Vendries, hasta cuando volvió a ser navegable.
Y, no obstante, torné a quedar en la mitad del Río, cuando el vapor “Pradilla Frasser” donde viajábamos, encalló en “La Sinzona”, donde una draga llamada “Concordia” nos miraba impasible y estática, como símbolo de la inutilidad: inmóvil, como clavada, casi sin moverse. Y, cuando lo hacía, era en un pequeño radio, iba y volvía como en el esfuerzo agónico de un enfermo. Los planchones llenos de ganado, apenas si tenían un leve movimiento en los caños adyacentes. Do quiera se escuchaban gritos, súplicas, imprecaciones…[6]
Aquellos días en Barranquilla, además de trabajar para proveer para el sustento mío y el de mi pequeña troupe, me sirvieron para conocer a la familia de Don Juan B Porreta, “Mi hombre”. A su esposa y a sus hijas casaderas, a cuál de todas la más bella.
Hubo cenas y paliques y ellas mismas me recomendaron que no alquilara El Teatro Municipal para mis presentaciones porque tenía “fucú” y me introdujeron en tratativas con los empresarios del Teatro Cisneros donde presenté con éxito estruendoso mis diferentes puestas en escena.[7]
Cada noche, una diferente.
La primera de ellas giraba en torno al tango y la llamé “La Loca”. Richiardi abrió la soirée con sus trucos de prestidigitación y en especial, en la segunda tanda, el de ilusionismo que llamaba “La Mujer Astral”.
Antes del número final interpreté “Maldito Tango”.
Cuando ya en Barranquilla se hablaba de “las mujeres mirkonianas” para referirse a mis caracterizaciones en “El Cisneros”, el siguiente espectáculo fue en honor al cuplet y lo bauticé “Es mi hombre” y, ¿quién lo creyera? en primera fila estaban Juan Besillo vistiendo frac y cubilete con su consorte enjoyada.
Yo, no me quedaba atrás en el lujo de mi atuendo.
Richiardi, con sus sencillos juegos de manos, con sus escamoteos con toda suerte de aparatos, el número de ilusionismo nombrado “El Baúl Misterioso”, los cuplets “Adiós, Facundo” “Todo auténtico”- que es de gracia finísima- “Mi Luis” y “Salomé” antecedieron a la interpretación de “Es mi hombre”.[8]
Con el respaldo de la orquesta del Maestro Emirto de Lima, empecé la canción con el consabido que las mujeres tarareaban y seguían la letra casi que con arrobamiento:
En cuanto le vi
Yo me dije para mi
Es mi hombre.
Solo vivo por él
mientras quiera serme fiel
ese hombre.
No puedo pasar
una noche sin pensar
en mi hombre.
Y le doy cuanto soy
lo que tengo se lo doy
a mi hombre.
(…)
Ya no tengo corazón.
(…)
Mas, cuando llegue a estas estrofas, sentí su mirada de mujer como un par de cuchillos queriendo atravesar mi corazón:
Si me ofrece su amor
Le perdono lo peor
A mi hombre.
O tal vez le perderé
Luego no sé.
Ni lo que va a ser de mi
Porque le quiero.
Solo tengo corazón
Para mon homme.
Si me pega me da igual
Es natural.
Que me tenga siempre así
Porque así le quiero.
Ya no tengo corazón.
En ese momento me quité la peluca, y le dije desde el fondo de mi corazón, al pie de las candilejas del escenario y con mi voz de barítono:
¡Cést pour toi, ma cherie!
Ella se me acercó jadeante.
Con sus manos enguantadas hasta el medio brazo, tomo mi rostro y acercó el suyo al mío con la boca abierta al beso.
Con mi lengua busqué su garganta como muy seguramente Juan Besillo jamás lo había hecho.
Él y el resto del público aplaudieron a rabiar, alcanzando un estado de paroxismo que acalló los jazz y todo lo que se gritaba en el bar vecino que, en no pocas ocasiones dificultó mi concierto.
Se me dijo que, en esa función, acompañada por unos amigos entre los cuales seguramente había más de un homosexual, estuvo disfrazada queriendo pasar de incognito, la Reina del Carnaval Doña Isabel Elvira Sojo.
Que había ido sin el permiso de su madre, y que tal licencia dio pábulo para que fuera presionada por el Gobernador González a tener que renunciar a aquella dignidad de papel, escudándose en el peregrino argumento de que estando ausente el padre, no podía concurrir a festejo alguno, pues era obligatoria su compañía[9].
Aun, mi apoteosis no había llegado.
Madame Vendríes no tuvo reparo alguno en dejarnos entrar al cuarto del Hotel Francés, frente a la Iglesia de San Nicolas.
Algunas veces fuimos como tres mujeres, otras dos de ellas con un hombre, otras una mujer con dos hombres. Siempre los mismos.
Durante varios años “Mi hombre” y yo cruzamos abundante correspondencia.
Supe que luego de esas noches en las que Juan Besillo y su esposa, Doña Lustgarda, encontraron conmigo y en mi cama del “Hotel Francés”, el fuego que ardía en las entretelas de ambos, si bien los esposos descubrieron formas impensadas y sicalípticas de felicidad, no es menos cierto que la acción de algunos sectores pacatos de la sociedad barranquillera les hizo pasar por muy malos ratos.
Un par de años después de aquellas madrugadas ocurrió algo contra toda fórmula y tradición.

Por decisión de uno de esos curas godos venidos del Pio Latino Romano- de los que toman las armas y con la lengua soliviantan a la gleba-, “Mi hombre” no pudo entregar en matrimonio a su propia y amadísima hija, Lucinda, tal como lo indicaba la costumbre.
Fue el padre del novio, su propio suegro, hombre poderoso y amigo del clero conservador el que entregó en el altar de la Iglesia del Convento de las Padres Capuchinos, a la nuera que iba a ser desposada.
“Mi hombre” me contó que fue un Cura el que tal cosa propició, como dándole a una taza de su propia sopa:
“Un pervertido como él no puede degradar con su presencia los esponsales de su hija”
La noche siguiente, a pesar de ser tiempos de carnavales en Barranquilla, en las vísperas de la fiesta, el Teatro Cisneros estuvo a reventar cuando el repertorio tuvo como leitmotiv a “Cocaína”, “Opio y Ajenjo” y las más canallas canciones y poesías de la oscura noche barcelonesa y Richiardi hizo demostración del más complejo de sus inventos: “La mujer etérea”.
Fue una ejecución de limpieza absoluta en la que al público le resultaba inexplicable cómo la simpática señora, sentada en una silla en medio del escenario y tapada con una cortina de seda que se apoya en su cabeza, desaparece de su sitio en un segundo para aparecer dentro de un baúl colocado sobre una mesa y que antes lo habían enseñado por dentro al público mostrando que estaba vacío.
La ovación fue estruendosa para los dos.
“Anoche nos convenció Mirko definitivamente de que es un artistazo colosal.
Después de lo que le vimos hacer anoche, todo lo grande que de Mirko se pueda decir, ha de ser justo y nos ha de saber a poco
Es de esperar que, una vez pasen los carnavales, de nuevo vuelvan a presentarse estos dos destacadísimos artistas que nadie debe dejar de ver por ser artistas de muchos quilates, que solo se ven de tarde en tarde.”[10]
En Barranquilla nuestra bolsa se hinchó de ganar billetes.
El último día de aquel carnaval, un hombre moro, vistiendo ropas femeniles, seguido de un corro, se acercó hasta la mesa que ocupábamos en la Sodería “La Estrella”.
Este establecimiento estaba situado sobre el Paseo Colón, detrás de la Iglesia de San Nicolás.
Degustaba con mi valet una especie de coctel hecho con la fermentación de las cáscaras de ananás que en esta ciudad llaman “garapiñas”.
El hombre disfrazado llevaba en los brazos un muñeco de trapos y la emprendió contra mi acompañante increpándolo:
“¡Así quería encontrarte con la otra! ¡Desgraciado, malnacido, irresponsable! ¡Responde por tu hijo!”
Y le gritaba, y se le sentaba en las piernas, lo abrazaba y lo besaba y ponía a las mujeres que le acompañaban como testigos de la infidelidad:
“¿Qué tiene esta que no tenga yo? ¡Dime! ¡No te quedes callado! ¿Qué tiene esta mona desabrida y desteñida que no tenga yo?”
Al verme interpelada, no tuve cosa distinta que responderle:
“Depílate los sobacos y las piernas y vístete mejor, querida. Ponte un vestido de tu talla y tal vez encuentres quien te mire”
No me percaté que había usado mis voz de barítono.
La carcajada fue general.
Creyeron que Patroclo y yo, también éramos otro disfraz de carnaval.
Pedimos refrescos para todos.
Aquel antruejo no dejo de ser divertido, incluyendo la sugerencia de hacer lo mismo que ellos, para alegrar la tarde de ese martes 4 de Marzo de 1924.
Dijo llamarse Nicolás Ariza y le acompañaban como “testigos en el reclamo de la paternidad del muñeco”, su esposa Blasina Montaño, su hija Ceferina, el esposo de esta, Aniceto Barros, y un vecino vestido y maquillado como un cadáver, llamado José Cedeño quien en el libreto era “el verdadero padre del muñeco” y a él lo apostrofaba la viuda impostada mesándose los cabellos:
¡Ay, Jose! ¿Por qué me dejaste tan sola, Jose? ¿Quién me va a criar el niño? ¡Ay, qué dolor tan grande comadre! ¿Vecina, cómo hago para enterrarlo? ¡Entiérremelo compadre! ¡Entiérremelo compadre!
¡Ah, días aquellos del estiaje del Río Magdalena en Barranquilla durante los carnavales de 1924 !![11]
[1] DIARIO DEL COMERCIO. Edición del 28 de Febrero de 1924. “El Éxito de Richiardi y Mirko- La mujer etérea y Cocaína”. Barranquilla. Pág. 2
[2] GONZALEZ CUETO, Danny Armando. “Memoria y representación audiovisual de las prácticastravestis, transformistas y drag queens, de los carnavales de Barranquilla, Baranoa, Puerto Colombia y Santo Tomás en el Caribe colombiano”. Tesis Doctoral. Universidad Complutense. Madrid. 2019.
[3] DIARIO DEL COMERCIO. Edición del 26 de Febrero de 1924. “Últimas funciones de Mirko y Richiardi”. Barranquilla. Pág. 2
[4] DIARIO DEL COMERCIO. Edición del 22 de Febrero de 1924. “Reina del Carnaval”. Barranquilla. Pág. ND
[5] DIARIO DEL COMERCIO. Edición del 11 de Marzo de 1924. “La Tragedia del Río. Un mes en el Magdalena”. Barranquilla. Pág. 3
[6] DIARIO DEL COMERCIO. Edición del 27 de Febrero de 1924. “Hay que ir al Teatro Municipal”. Barranquilla. Pág. 2
[7] FLOR DEL FANGO. ¿Un anarquista llamado FLOR de OTOÑO? Apuntes sobre anarquismo y sicalipsis”. https://alacantobrera.com/2021/01/25/un-anarquista-llamado-flor-de-otono-apuntes-sobre-anarquismo-y-sicalipsis/
[8] Gomas: Condones.
[9] BARCELONA MEMORY. “La Criolla, el cabaret más canalla del Xinu”. https://barcelonamemory.com/la-criolla
[10] L’ARMARI OBERT. “Cabaret la criolla, donde todo era posible” Diumenge, 15 d’abril del 2012. Barcelona. https://leopoldest.blogspot.com/2012/04/cabaret-la-criolla-donde-todo-era.html
[11] OSTUNI, Ricardo. “MIRKO un travesti que cantó tangos a principios del siglo XX”. Buenos Aires: historia, poesía, música y lenguaje. Diciembre 11 de 2009. https://baireshistoria.blogspot.com/2009/12/mirko-un-travesti-que-canto-tangos.html







