DESDE EL ALMA
Un espacio donde la razón y la emoción conversan con honestidad.
Por Mauricio Javier Molinares Cañavera
¡Haz caso!
Hay una frase de mi infancia que aún resuena en mi pensamiento. Cada vez que hacía alguna pilatuna o me portaba travieso, escuchaba: “¡Niño, haz caso!”. Nos lo repetían tanto, que a veces sonaba más fuerte que el mismo “te quiero”.
Hoy, con la frente en alto y el corazón sincero, puedo confesar algo que me duele y me enseña a la vez: cada vez que no hice caso a mis papás, a mis profesores, a mis mentores… no me fue bien. Nunca. No tengo ni una sola historia de éxito que haya nacido de mi terquedad o de mi “genial” opinión personal. ¡Ni una!
En cambio, cada vez que hice caso, estuve cubierto. Aunque las cosas no salieran como yo soñaba, mi corazón descansaba en la paz de haber obedecido. Porque cuando uno hace caso, la responsabilidad deja de ser tuya y se refugia en la obediencia.
Hace un par de semanas hablamos de la bendición de vivir al abrigo del Altísimo. Pero vivir bajo ese abrigo no es solo un refugio emocional, es un compromiso de obediencia. Porque “No seas sabio en tu propia opinión; teme a Jehová, y apártate del mal” (Proverbios 3:7).
Hoy muchos quieren un Dios a la medida: un Dios que sea terapeuta personal, almohada para las lágrimas, bálsamo para el dolor y alivio para las penas. Pero Dios no es eso. Dios no es tu terapeuta ni tu pañuelo. Dios es Rey y Señor.
Hemos instrumentalizado a Dios a nuestra conveniencia. Lo hemos convertido en un recurso emocional para cuando nos conviene, negando así el señorío de Cristo en nuestras vidas. ¿Por qué? Porque reconocerlo como Rey y Señor implica rendir el ego y entregar nuestro libre albedrío.
Aceptar esto no es fácil. Confronta nuestro orgullo, sacude la comodidad y desafía el carácter. Porque seguirlo no es seguirte a ti mismo. No es vivir como quieras y después pedirle que arregle el desorden. Es obedecer, incluso cuando no entiendas, incluso cuando duela.
Hoy quiero invitarte a revisar en qué áreas de tu vida no has hecho caso. Eso que sabes que Dios te ha pedido. Eso que tu conciencia te repite una y otra vez, aunque tú quieras silenciarla.
Haz caso.
No para que las cosas salgan “mejor”, sino para que tu vida quede bajo su abrigo y tu corazón se moldee bajo su mano.
Porque hacer caso no es perder libertad. Es ganarla.
No es perder sueños. Es alinearlos.
Haz caso. Porque cuando confías y obedeces, no pierdes: ganas propósito, ganas dirección, y ganas la mano firme de Dios guiándote.
¡Niño, haz caso!


