Barranquilla - 25 de febrero de 2026
ExtraNoticias
Sin resultados
Ver todos los resultados
  • Inicio
  • Primer plano
  • Inteligencia Artificial
  • Económicas
  • Cuadro de Honor
  • Política
  • Región caribe
ExtraNoticias
  • Inicio
  • Primer plano
  • Inteligencia Artificial
  • Económicas
  • Cuadro de Honor
  • Política
  • Región caribe
Sin resultados
Ver todos los resultados
ExtraNoticias
Sin resultados
Ver todos los resultados
  • Inicio
  • Primer plano
  • Inteligencia Artificial
  • Económicas
  • Cuadro de Honor
  • Política
  • Región caribe

Jaider Muñoz Londoño: memoria, montaña y palabra

RedacciónPor: Redacción
28 enero, 2026
Jaider Muñoz Londoño: memoria, montaña y palabra

Más noticias

Preocupación en River y la Selección Colombia por lesión de Juanfer
Deportes

Preocupación en River y la Selección Colombia por lesión de Juanfer

23 febrero, 2026
Con la mayor aprobación, el alcalde Alejandro Char es el número 1 de Colombia
Sin categoría

Con la mayor aprobación, el alcalde Alejandro Char es el número 1 de Colombia

24 enero, 2026
Share on FacebookShare on Twitter

Por Fausto Pérez Villarreal

El nombre de Jaider Muñoz Londoño lo escuché por primera vez en marzo de 2022, dentro de un aula de la Universidad Sergio Arboleda, sede Santa Marta. Habían pasado exactamente dos años desde que el país entero se replegó sobre sí mismo, obligado al encierro por la irrupción de la pandemia de la Covid-19. Aún flotaba en el ambiente una mezcla de cautela y reaprendizaje: volvimos a las aulas con el cuerpo presente y la memoria todavía confinada.

Fue en una clase de Plan Lector. Un estudiante joven, de espejuelos, con el tapabocas todavía aferrado al rostro como un gesto de prudencia tardía, pidió la palabra. Lamento no recordar su nombre, pero recuerdo con claridad su convicción. Sugirió la lectura de El corazón del miedo.

—Profe, es un libro recién salido de la imprenta —me dijo—. ¿Me permite leerlo?

Asentí sin dudar. Hay entusiasmos que no admiten objeciones.

Muy pronto comprendí que no se trataba de una novela convencional. El corazón del miedo avanza como un coro desordenado y lúcido, donde distintas voces toman la palabra para reconstruir la vida íntima de una comunidad marcada por temores persistentes, violencias apenas susurradas y silencios que se transmiten como herencia. No hay un hilo narrativo único que conduzca el relato, ni un personaje que lo monopolice; la historia se arma desde la superposición de miradas, desde fragmentos que dialogan entre sí y que, juntos, delinean una memoria rota pero viva.

La potencia del libro no reside en contar hechos cerrados, sino en explorar los pliegues de la experiencia humana: la manera en que los recuerdos se deforman, los miedos se esconden y la vida continúa a pesar de las cicatrices. En esa indagación íntima y colectiva, donde la palabra tantea lo indecible, la novela encuentra su verdad más profunda y su mayor resonancia.

Gracias a la referencia generosa del poeta y narrador José Luis Hereyra Collante, Doctor Honoris Causa en Letras, Educación y Lenguas Extranjeras, logré establecer contacto con Jaider Muñoz Londoño. De ese primer asombro lector nació la posibilidad de esta entrevista, y con ella, el deseo de acercarse a la voz que dio forma literaria a ese miedo que, lejos de toda abstracción, palpita con rostro y memoria en un lugar concreto.

Jaider Muñoz Londoño nació el 17 de noviembre de 1966, en Herveo (Tolima), un pueble donde la geografía no cumple una función decorativa, sino decisiva. Allí la montaña no se contempla: se vive, se sufre y se aprende; y la memoria no descansa en bibliotecas, sino que se transmite en la voz, en la costumbre y en los silencios compartidos.

Los primeros años de su vida se asentaron en la vereda La Granja, en un lugar llamado La Chillona, una franja vulnerable del mapa aferrada a la carretera que conecta a Bogotá con Manizales. Crecer allí era habitar el límite: entre el asfalto y la tierra, entre el viaje y la permanencia. Todo parecía provisional, incluso la quietud.

Antes que los libros, fue la carretera la que le enseñó a narrar. Desde la casa, el mundo se presentaba como desfile: camioneros cansados, caminantes sin nombre, extranjeros de paso, historias que no se quedaban, pero dejaban huella. Entre todas esas escenas, una quedó grabada para siempre: elefantes avanzando montaña arriba, como una visión imposible suspendida en la infancia.

Al caer la tarde, la radio Cordillera tomaba posesión del aire. Era el único puente con otros mundos. De sus parlantes brotaba una música que fue educando el oído y afinando la sensibilidad, mientras la imaginación aprendía a moverse al compás de canciones atravesadas por la nostalgia, el amor y la ausencia.

Desde aquel punto del norte del Tolima, Jaider empezó a descifrar el paisaje como un lenguaje: la cordillera de Marulanda, el discurrir del río Perrillo, la figura imponente del volcán Cerro Bravo, cuya presencia áspera y fascinante terminó por instalarse como símbolo persistente en su universo literario.

La infancia, lejos de la idealización, estuvo hecha de trabajo y exposición: labores ganaderas, caminatas extensas, contacto directo con la tierra. La escuela llegó más tarde, sin urgencia ni imposición. Antes de aprender a leer palabras, aprendió los ritmos de la vida rural, una sabiduría que luego afloraría en su escritura.

Fue en 1975. cuando inició la educación formal en la vereda Mesones. Para llegar, levantaba la mano en la carretera esperando que algún vehículo se detuviera. A veces era una máquina pesada; otras, la simple solidaridad de un conductor. El trayecto, en sí mismo, ya era una lección.

En casa, los libros cabían en una sola mirada: Genoveva de Brabante y un misal heredado de su madre. Más que los textos, lo seducían las imágenes. Allí, sin saberlo, comenzó a germinar una vocación que uniría la mirada con la palabra.

La música, una vez más, volvió a señalar el rumbo. Rancheras y boleros, voces como las de Olimpo Cárdenas y Óscar Agudelo —orgullos de esas montañas— fueron modelando un sentido del ritmo que más tarde se filtraría, con naturalidad, en su prosa.

El cambio hacia la vereda El Arenillo inauguró otra etapa. Variaron el clima, los oficios y el paisaje: del frío al calor, de la ganadería al café. Ese desplazamiento amplió su sensibilidad y le enseñó que la identidad también se construye en el tránsito.

En 1981, el ingreso al Colegio Marco Fidel Suárez marcó el comienzo de la adolescencia y una apertura decisiva: nuevas amistades, inquietudes intelectuales, profesores memorables y una biblioteca que, pronto, se volvió punto de partida para la exploración.

Poco a poco, la lectura dejó de ser una curiosidad esporádica y se convirtió en hábito. Los recreos se diluían entre estantes, hojeando libros, descubriendo relatos que ensanchaban el mundo más allá de la montaña.

El verdadero punto de quiebre llegó con el profesor Efraín Gante Nazaguirre, quien impuso la lectura de más de quince libros en un solo año. Donde otros sintieron vértigo, Jaider encontró revelación. Crónica de una muerte anunciada fue una puerta abierta sin retorno.

Desde entonces, leer se volvió ejercicio cotidiano y escribir comenzó a insinuarse como necesidad: textos breves, dibujos, colaboraciones escolares. La escritura aún no tenía forma definida, pero ya había echado raíz.

Las limitaciones económicas, sin embargo, desviaron el camino universitario inmediato. Entre 1986 y 1988, vivió en una finca cafetera, donde combinó el trabajo con una intensa vida interior: lectura voraz, música constante, exploración del dibujo y del arte.

En ese periodo, comprendió que la literatura no sería solo un gusto personal, sino una compañía definitiva, un refugio interior frente al ruido del mundo.

Un año después, en 1989, ejerció como docente rural en la vereda La Palma, experiencia que profundizó su vínculo con la educación y la comunidad, y confirmó su vocación de mediador entre el conocimiento y la gente.

Aunque se graduó como Administrador de Empresas en la Fundación Universitaria Luis Amigó, en Manizales, nunca dejó de asumirse, por encima de cualquier título, como lector.

Ese oficio silencioso lo condujo a ser bibliotecario en Herveo y luego Director de Cultura, mientras construía una obra que transita por la investigación histórica, el ensayo, la poesía y la narrativa, hasta culminar en su primera novela, El corazón del miedo (2021).

Hoy, entre proyectos inéditos y nuevas búsquedas, Jaider Muñoz Londoño confirma que su literatura nace de la montaña, del tránsito, de la música y del silencio: una escritura que no exhibe la memoria, sino que la escucha.

A continuación, la entrevista:

Jaider, su infancia transcurrió entre montañas y caminos de tránsito permanente. ¿De qué manera ese paisaje físico y humano modeló su carácter y su forma de mirar el mundo?

Bueno, primero, gracias por este ejercicio y segundo, es un gusto ser entrevistado por FaustoPérez Villareal, por Fausto, ese entrañable personaje de Goethe, al que dedicó buena parte de su vida y de quien R. H. Moreno-Durán dijo que es el único mito nacido de vientre de mujer, aludiendo con ello a que, efectivamente, el primer Fausto y a partir del cual surge la leyenda, fue un hombre de carne y hueso. También quiero agradecer a mi dilecto amigo, el poeta José Luis Hereyra Collante, y a mis queridos amigos de Pijao Editores, en el Tolima, la tierra firme.

Usted ha contado que en su casa sólo había dos libros: Genoveva de Brabante y un misal. ¿Qué huella dejaron esos textos “semilla” en su imaginación y en su vocación lectora?

Oh, sí, y gracias por tan bello recuerdo. Imagínate, Fausto, Genoveva de Brabante, un relato de corte medieval, cuyo nombre alude a una mujer y a una población de Bélgica, escrito por un alemán de nombre Christoph von Schmidt, y publicado en 1810, el mismo año en que en la Nueva Granada se daba le grito de independencia. Y es curioso que ese relato haya cautivado a los lectores de esta parte del Atlántico y que llegase, por muy extraños caminos,a casa de mi madre y que yo lo hubiera conocido en un lugar llamado La Chillona, en la cordillera tolimense, en Herveo, donde transcurrió mi infancia. El otro libro, efectivamente, un misal, era un texto para llevar a la iglesia y participar de la eucaristía, y fue un obsequio de un tío materno de ella en su primera comunión. Bien, esos dos libros dejaron, como bien dices, una vocación lectora y de gusto por el arte en mi interior, en mi carácter, y si bien leí la novela mucho más tarde, el misal contenía unos dibujos absolutamente hermosos y yo pasaba horas repasándolos, disfrutando de sus trazos, de la delicadeza de las líneas.

Antes que lector, fue observador: caminante de veredas, contemplador de cordilleras y volcanes. ¿Cómo dialoga hoy ese niño que miraba el Cerro Bravo con el escritor que es ahora?

Es muy hermosa esta pregunta, Fausto, porque enumera una serie de elementos que han estado, están y estarán presentes en el paisaje hervense y en la pupila de quien los observe. Y dices bien. Primero fui, como todos en realidad, un observador antes que un lector. Aunque, siguiendo las acotaciones de Alberto Manguel, ese gran escritor argentino, todo en la vida, desde que nacemos hasta que morimos, es un ejercicio de lectura y debemos creerlo así. Las primeras cosas que yo vi, siendo un niño y residiendo en La Chillona como ya he contado, fueron el pueblo de Monte bonito, un corregimiento del municipio de Marulanda, Caldas y con el que Herveo limita por el oriente. Es un caserío hermoso, enclavado en plena cordillera central y que, en su momento, o después, me pareció un pesebre. Y lo segundo, el volcán de Cerro Bravo. Cerro Bravo es un embrujo entre montañas, como Herveo. Simplemente que cuando yo lo vi por primera vez, en 1969 o 1970, no se sabía que era un volcán. Y tuvo que venir un geólogo norteamericano, Darrell G. Herd y decirnos que lo era. Pero en la pregunta mencionas dos cosas muy importantes, querido Fausto, el niño que era, que fui y el diálogo.

Pero debo decirte con toda sinceridad, cuando ya he cumplido 59 años (la edad a la que falleció R. H. Moreno-Durán) que ese niño de La Chillona, sigue presente en mí, que continuará presente en mí y que el diálogo, cada vez más enriquecedor, más puro y más gozoso, prosigue como el primer día y creo que mi novela El corazón del miedo, es la mejor evidencia de ello.

La música popular —rancheras, boleros y valses— ocupa un lugar especial en su memoria. ¿Qué le han enseñado esas canciones sobre la condición humana y la narrativa del sentimiento?

Ah, la música popular, qué hermosas remembranzas nos despiertan a todos. Fíjate que, en mi pueblo, en Herveo, nació un gran cantante de música popular, Óscar Agudelo y su voz la encausó hacia el tango, ese género musical nacido en los sectores más pobres de Buenos Aires, entre exiliados, entre hombres y mujeres sin patria, tal como ocurrió con el jazz en el sur de los Estados Unidos y ambos son hoy, patrimonio sonoro de la humanidad. Entonces, Óscar Agudelo que nació en 1930 y falleció en 2023, llegó al oído y al corazón de varias generaciones no sólo de colombianos, sino de gentes de toda América. Yo lo escuché, siendo un niño y me gustan sus canciones. Y por eso ahora estoy en la labor de escribir su biografía o, mejor sería decir, un deleitable viaje entre canciones. Ahora bien, la música popular tal como lo hacen Bach o Shostakovich en sus creaciones, expresa el alma de los pueblos, habla de los sentimientos de la gente, es decir, de La condición humana, como la notable novela de André Malraux. Yo oía cantar a mi madre los boleros de Johnny Albino y su trío San Juan, Los Panchos, Olimpo Cárdenas, entre muchos otros. A mi papá le gustaban, como a mí, Los trovadores de Cuyo y José Alfredo Jiménez. Fíjate que cuando menciona estos nombres hace, sin darse cuenta, un viaje por la geografía de América y su extraordinario folklore, porque las canciones no saben de fronteras, no requieren visa para ir a ninguna parte.

Usted fue bibliotecario y director de cultura en Herveo. ¿Qué aprendizajes le dejó el trabajo silencioso con los libros y con la comunidad lectora?

La poeta colombiana María Mercedes Carranza, fallecida en 2003, acuñó una frase que me encanta: lectores seremos los pocos de siempre, pero esos pocos seremos siempre la levadura de la inteligencia. Y J. K. Rowling, la autora de Harry Potter dice que si no te has vuelto lector es porque el libro correcto no ha llegado a tu vida. En ambas frases subyace algo que es fácil de describir: el placer de la lectura, pero a lo que no siempre es fácil llegar. Se requiere una larga tradición para que la lectura sea una práctica habitual y en Colombia no tenemos esa tradición. Entonces, los bibliotecarios son, por lo general, unos seductores: buscan acercar la gente a los libros y viceversa. En mis años de Director de Cultura, me rodeé de mis amigos: don Arnoldo Agudelo, Luis Guillermo Díaz, Gustavo Restrepo y, en 2007, leímos durante veinte miércoles Cien años de soledad, a través de una emisora pirata que había en Herveo. Y a esa aventura siguieron unos cuatro libros más. ¿No te parece curioso utilizar la clandestinidad y la piratería moderna para una empresa de esas características?

Parafraseando al Quijote, se define como un “ocupado lector”. ¿Qué significa para usted leer: un oficio o una manera de habitar el mundo?

Quiero contestar esta pregunta, citando algunos títulos que dan cuenta de esa deleitable actividad:

Lector víctima de textos: Pedro Antonio Agudelo

Confesiones de un lector: Juan Carlos Onetti.

Una historia de la lectura: Alberto Manguel.

Vidas para leerlas: Guillermo Cabrera infante.

Lector impenitente: Juan Gustavo Cobo-Borda.

Su obra transita por la crónica histórica, el ensayo, la poesía y la novela. ¿Cómo decide qué género merece una historia antes de ser escrita?

Creo que la modernidad y la postmodernidad han ido borrando los linderos entre los distintos géneros y vivimos hoy una verdadera amalgama de ellos. Y así como Borges dice que para el oído la poesía y la prosa suenan lo mismo, ya no es fácil distinguir entre unos y otros, los géneros que antes eran tan claramente diferenciables. Si lees, por ejemplo, la novela Paradiso, de José Lezama Lima (por quien tanto afecto expresa R. H. Moreno-Durán en su ensayo De la barbarie a la imaginación) y lees sus poemas, te das cuenta de que no hay distinción entre ellos. En mi caso, me gusta mucho interpolar la música, los títulos de las obras literarias, las películas, las artes plásticas, etc. Creo que ese collage (y este es ya un término muy viejo) le otorga un gran brillo a la prosa y multiplica sus sentidos.

El corazón del miedo es una novela atravesada por atmósferas, memoria y tensión interior. ¿Cuál fue el miedo que más le costó escribir en ese libro?

Fausto, un día leyendo Lugar común la muerte, un precioso libro del argentino Tomás Eloy Martínez, hallé un diálogo suyo con el poeta Saint-John Perse (Premio Nobel en 1960). Es un ensayo sumamente conmovedor porque el escritor está en trance de agonía y Martínez sabe mantener esa atmósfera lóbrega y amable al mismo tiempo. La conversación, si así podemos llamarla, es intermitente, mientras el Mare Nostrum se tiñe de colores muy extraños. Pero en una de las respuestas del poeta yo encontré el título de mi novela. Esto no es un secreto. Yo transcribo, con respeto y con amor, esa respuesta al comienzo de la obra, convirtiéndolo en epígrafe:

¿Acaso no hemos vivido siempre en el corazón del miedo, con la espada de la violencia y del terror encima de nosotros?

¿No te parece que Perse habla de un miedo consustancial a la especie humana, a una connivencia ancestral, algo que traemos ya inscrito en el ADN, un karma si se quiere, que abarca todos los tiempos, todos los espacios y que alcanza a todos los hombres sin distingo alguno?

Varias de sus obras dialogan con la música y la memoria colectiva. ¿Cree que escribir también es una forma de preservar lo que el tiempo amenaza con borrar?

Lo que dices es cierto. Duke Ellington, el notable músico de jazz tiene un libro titulado: Music is my Mistress. La música es mi amante. Yo también, aunque no sé nada de pentagramas ni de notación, tengo mis enredos con la música y ello me induce a intercalarla en los textos como un guiño hacia el lector y, como dije antes, para enriquecer el sentido del texto y lograr brillantez y dar la sensación de erudición, algo que dudo mucho que tenga. En fin. Ahora bien, la escritura es la mejor forma de preservación de la memoria que el hombre ha podido inventar. Basta leer unos cantos de la Ilíada para penetrar en el mundo griego, para dar un ejemplo.

En sus novelas inéditas —Bajo el sol de los enterrados y Recuerdos de Chicoral—, ¿qué nuevas búsquedas narrativas o temáticas se propone?

Antonio Caballero, ese gran periodista nuestro, no ha mucho fallecido, decía que los pintores, los escritores, los artistas en general, siempre están diciendo lo mismo y yo le creo a ese Caballero. Siempre estamos hablando de los mismos grandes temas, de los temas sempiternos: la vida, la muerte, el amor, la amistad, el tiempo, el deterioro, la fugacidad de todo. Y esas temáticas, sobre las que Shakespeare o Cervantes o João Guimarães Rosa ya lo dijeron todo, son la materia sobre la que todos volveremos a escribir mañana.  

Usted ha reflexionado críticamente sobre otras obras, como en su ensayo sobre Hugo Ruiz. ¿Qué le aporta el ejercicio del ensayo a su propia creación literaria?

Agradezco mucho esta pregunta porque hace hincapié en uno de los más grandes autores de la tierra a la que pertenezco, al Tolima. Hugo Ruiz Rojas (Ibagué 1942-2007) sólo escribió dos obras (como Rulfo): Un pequeño café al bajar la calle y Los días en blanco. El primero, está constituido por unos relatos breves. La segunda, es una obra maestra que dialoga con la misma densidad y fluidez con que lo hacen las grandes novelas escritas en América: Terra Nostra, Paradiso, Gran sertón: veredas; La tejedora de coronas. Tu pregunta también indaga por el ensayo y este continente ha dado maravillosos ensayistas: Pedro Henríquez Ureña, Alfonso Reyes, Borges, R. H. Moreno-Durán, José Miguel Oviedo, entre otros. Mis aportes son muy modestos, intento escribir sobre los autores que leo y que admiro.

La figura de R. H. Moreno-Durán aparece en su más reciente trabajo. ¿Qué le debe usted, como lector y escritor, a esa tradición crítica y literaria colombiana?

Qué bueno que mencionas a R. H. Moreno-Durán, el hombre cuyo nombre es un endecasílabo perfecto, tal como dijo Ángel Rama, el crítico uruguayo y esposo de Marta Traba. El año pasado, 2025, dediqué largos y gozosos meses a la lectura de Rafael Humberto Moreno-Durán y descubrí a uno de los grandes escritores de este país. Un hombre de una gran inteligencia, un humor destellante, un lector de verdad colosal, dotado de una enorme capacidad de interpretación, una portentosa erudición, memoria extraordinaria, un glotón del lenguaje y dueño y guardián de una gran vanidad. Todos estos atributos los puso al servicio de una obra que abarcó todos los géneros (ensayo, novela, cuento, teatro y periodismo) y cuya publicación inicial se dio en la Rosa de fuego, en Barcelona, a partir de los años setenta. Regresó a Colombia a comienzos de los noventa, desarrollando una luminosa carrera literaria y falleció en Bogotá en 2005. Le agradezco a su maestría en la escritura, el rigor, la profundidad, el sentido del humor y el amplio y lúdico uso del lenguaje.

¿Qué lugar ocupa el fracaso —tema que usted ha abordado con lucidez— en la vida y en la literatura? ¿Es una derrota o una forma de conocimiento?

Siempre recuerdo un epígrafe de Dylan Thomas, el poeta inglés, en un poema de María Mercedes Carranza. Murió tan extraña y trágicamente como había vivido, preso de un caos de palabras y pasiones sin freno… no consiguió ser grande, pero fracasó genialmente. ¿Hay una mejor descripción del fracaso en la vida y en la literatura que esta reflexión?  Yo creo que si hay algo democráticamente distribuido sobre El reino de este mundo es el fracaso.

¿Acaso no nos dicen Amadori y Gonzáles Castillo en ese tango inmortal:

La dicha se nos tumba

Y el mundo sigue andando;

La fe se nos derrumba

Y el mundo sigue andando.

No hay nada que sea firme,

Todo en el mundo gira,

Parece hasta mentira

Pero esa es la verdad

Bogotá significó un cambio de paisaje y de ritmo. ¿Cómo influyó ese traslado en su escritura y en su mirada sobre el país?

Bogotá es el resultado y la presea del centralismo de este país. En Bogotá está el Gobierno, están las tres ramas del Poder público. Las políticas públicas y sociales se diseñan en Bogotá y no siempre con los mejores resultados. En Bogotá está la élite de este país y la más extrema pobreza, no en vano los discursos de Gaitán, aludiendo a las oligarquías, se desarrollaron en esta ciudad. Miguel Cané la nombró la Atenas suramericana, así como Buenos Aires es la París del sur. Pero, en realidad, es Apenas suramericana. Aquí se realiza la FILBO, la Feria Internacional del Libro, cada año y fue nombrada hace unos años Capital Mundial del Libro, equiparándola con Turín, con Amberes, entre otras, pero es una ciudad donde se lee muy poco porque Colombia no es un país de lectores, si bien abundan los poetas. Ciudad de contrastes. Por último y no menos importante, Bogotá es el corazón del, lo dice Azalea Ramírez, una de las protagonistas de la novela (y hay demasiados hechos que lo corroboran).  

Cuando escribe sobre pueblos, montañas y memorias locales, ¿siente que está contando una historia regional o una historia universal?

Bueno, uno debe escribir sobre lo que conoce; si escribes sobre lo que no conoces, mientes y aunque la literatura es una fastuosa mentira, es mejor tener los pies firmes sobre la tierra. Entonces, Herveo es lo que sé, lo que conozco, siento y canto. Y en esa medida, no finjo, no miento, no actúo. Además, no hay que olvidar el hermoso proverbio portugués: Quem conhece o seu povo, conhece o mundo todo. Quien conoce a su pueblo, conoce el mundo entero.

¿Qué tipo de autores y qué tipo de lecturas recomienda a los jóvenes que se inician en el hábito de leer? ¿Por dónde deberían empezar para enamorarse de los libros?

Mira, yo siempre he creído (aunque es probable que esté equivocado) que los libros pequeños son los indicados para forjar lectores. Todos empezamos por lo más pequeño para aprender algo. De hecho, en El corazón del miedo hay un listado de esos libros. Textos breves, pero absolutamente poderosos y persuasivos. Cito algunos:

Tengo miedo: María Mercedes Carranza.

Laúd memorioso: Meira Delmar.

El coronel no tiene quien le escriba: Gabriel García Márquez.

El viejo y el mar: Ernest Hemingway

El marino que perdió la gracia del mar: Ernest Hemingway.

El extranjero: Albert Camüs.

Fahrenheit 451: Ray Bradbury.

¿De qué tipo de lecturas deberían huir los jóvenes lectores? ¿Qué considera usted que empobrece la sensibilidad y el pensamiento?

Mira, desafortunadamente, hoy se escribe y se publica mucha basura. Las editoriales más poderosas promueven autores (hombres y mujeres) que no tienen nada que decir y los convierten en bestseller. Carolina Sanín que es una mujer muy inteligente y con gran criterio dice que Irene Vallejo, representa esto que estoy diciendo. Yo encontré algo así en Vanessa Londoño, la autora de El asedio animal, una joven superdotada para las letras y una obra magistral, según su editorial y empecé el libro y un auténtico fiasco. Pero también ocurre lo inverso, desde luego, grandes autores (hombres y mujeres), llenos de talento y con libros maravillosos que nunca reciben la bendición de ninguna editorial.    

¿Qué papel cree que debe cumplir hoy el escritor en un país marcado por la memoria, la violencia y el olvido?

Bueno, mira, hace poco leí una novela muy breve, titulada El inquilino, su autor es Guido Tamayo. Es una joya, brillante, bien contada, con un humor negrísimo, una historia intensa, muy conmovedora, acerca de un artista colombiano, Miguel de Francisco, quien murió en Barcelona, de frío y soledad, en un enero de carácter siberiano. Yo creo que eso es lo que debe hacer la literatura: contar historias, salvar de la peste del olvido, a personas, a comunidades con relatos extraordinarias y tratar de hacerlo bien.

Después de los homenajes y reconocimientos, ¿cómo se protege el escritor del ruido exterior para seguir escribiendo con honestidad?

Raymond Williams, el crítico norteamericano me dijo un día: no debes envanecerte si la primera novela te salió bien; preocúpate de que la segunda te salga igual. Y creo que tiene razón. Lo que se escribió ya es pasado, es historia; es necesario preocuparse por lo que viene en camino, por Lo que vendrá, como la pieza musical de Ástor Piazzolla.  ​

Un último interrogante: cuando todo se apague y queden sólo los libros, ¿cómo le gustaría que un lector del futuro definiera su obra?

Qué buena expresión Cuando todo se apague. Es decir, cuando nos vayamos, y el día esté lejano, como dice Barba-Jacob. Me gustaría que dijeran: este hombre contó con gracia las historias de su pueblo.

Y quisiera cerrar esta entrevista, mi apreciado Fausto, agradeciéndote y haciendo un homenaje a tu nombre, con un verso del Fausto de Goethe y que Estanislao Zuleta utilizó en su ensayo El elogio de la dificultad:

También esta noche, tierra, permaneciste firme. Y ahora renaces de nuevo a mi alrededor. Y alientas otra vez en mí la aspiración de luchar sin descanso por una altísima existencia.

Te puede interesar

Preocupación en River y la Selección Colombia por lesión de Juanfer

Con la mayor aprobación, el alcalde Alejandro Char es el número 1 de Colombia

“UPC 2026: el problema no es la plata, es cómo la usan las EPS”: Minsalud

ExtraNoticias

© 2013-2026 Derechos reservados a ExtraNoticias

Todo el contenido de ExtraNoticias

  • Inicio
  • Primer plano
  • Inteligencia Artificial
  • Económicas
  • Cuadro de Honor
  • Política
  • Región caribe

Síguenos en nuestras redes sociales

¡Bienvenido de nuevo!

Inicie sesión en su cuenta a continuación

¿Contraseña olvidada?

Recupera tu contraseña

Ingrese su nombre de usuario o dirección de correo electrónico para restablecer su contraseña.

Iniciar sesión

Agregar nueva lista de reproducción

Sin resultados
Ver todos los resultados
  • Inicio
  • Primer plano
  • Inteligencia Artificial
  • Económicas
  • Cuadro de Honor
  • Política
  • Región caribe

© 2013-2026 Derechos reservados a ExtraNoticias

: 0