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Policía Militar

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José Múnera N

Redacción

Hace un par de años, cuando en Bogotá la alcaldesa Claudia López, pensaba en la necesidad de utilizar la Policía Militar, para la desbordada inseguridad controlar, mis recuerdos sobre la Barranquilla de los años sesenta salieron aflorar.

A propósito de la situación actual, que ha tendido  a empeorar, y que ahora es de interés general  por parte de los alcaldes en  la mayoría de las ciudades capitales, debido a las condiciones especiales de inseguridad, recuerdo que en mi juventud, aunque no se observaran situaciones tan anormales, como las que ahora suelen azotar, era casi familiar observar a la PM, o Policía Militar.

Su presencia inspiraba respeto en los establecimientos públicos como bares, cantinas y billares, donde generalmente frecuentaban los rufianes y  holgazanes.

La Policía Militar siempre ha existido, aunque al parecer, el alcance de sus funciones más bien era referida al control disciplinario de los mismos militares.

La gente normalmente no se molestaba, cuando la policía solo pedía los documentos de identificación personal, entre los que además, dependiendo de la edad, se solicitaba un documento conocido como ” certificado o Papel del Das”, que permitía conocer la condición judicial particular.

Realizaban lo que se conocían como batidas nocturnas. Hasta a mi me sorprendieron una noche de esquinero, aún menor de edad, y no tenía mi carnet de estudiante que entonces me identificaba como tal. Me llevaron a la estación sur, ceraca al mercado municipal, hasta cuando mi papá me fué a rescatar.

También era familiar, eventualmente por las noches, ver la presencia del ejército reclutando personal para prestar el servicio militar. Eso minimizaba la reunión de vagos por las esquinas  dónde las travesuras se solían planear.

Muchos jóvenes se exponían intencionalmente, porque querían prestar el servicio, por la necesidad de la tarjeta militar, como requisito importante para trabajar. Habían padres que hasta preferían que sus hijos prestaran el servicio militar, porque esperaban verlos  al regreso más aplomados, ordenados y disciplinados, para comportarse mejor en su relación familiar y laboral.

Recuerdo que mi papá quería que yo hiciera carrera en el ejército, por si depronto lograba ascender a general, como lo fué su abuelo paterno, en cuyo honor me puso su nombre, en la pila bautismal.

También existía la Policía Civica, que podíamos encontrar permanentemente, en cualquier lugar, para proteger o cuidar a las familia en los parques y zonas residencial. Entonces había en Barranquilla un policía regular, conocido como ” el suavecito”,  con característica especial, para con su estilo y mucho sigilo, a los delincuentes capturar.

Recuerdo a una organización nocturna conocida como “La mano negra”, esa si con un estilo tenebroso particular, para perseguir a delincuentes peligrosos, que siempre han existido, y que ahora los hay hasta para exportar.

La PM se distinguía al principio con uniforme de color caqui, que luego cambió a verde oliva; con casco, correa, polainas y cartucheras color blanco. Siempre con actitud firme y erguida.

Ahora,  la actitud más sociable y hasta de camaradería que maneja el policía regular con la comunidad, ha hecho que de alguna manera se le pierda el respeto, por la misma confianza que genera la familiaridad.  Se vuelven hasta amigos de los delincuentes que con frecuencia tienen que capturar, para no ganarse una culebra que más tarde les tengan que cobrar.

El  platilleo que algunos pueden realizar, solicitando aparente solidaridad, es para realmente  completar lo faltante de la canasta familiar, por lo poco que devengan; esto ha hecho que muchos policías pierdan el respeto ante la comunidad, por haber perdido los principios y en consecuencia la autoridad moral.

Ese mismo policía, humano y vulnerable es el que mandan a controlar las protestas, con la seguridad de que ellos a nadie quieren lastimar, pero ya se encuentran desacreditados, y los revoltosos aprovechan para descalificarlos, irrespetarlos y maltratar. Por eso, sí creo conveniente, ahora que los gobiernos locales, la seguridad están considerando como prioridad, que una reestructuración en la policía se deba realizar, con mejores estrategias y tácticas, para su imagen de respeto recuperar.

Si yo soy una persona de bien, que transito sin la intención de a alguien perjudicar, la imagen de un policía militar en una esquina no me debe incomodar. Al contrario, me haría sentir en un mejor y protegido lugar, sabiendo que los delincuentes no se atreverían abusar.

No creo que un Policía Militar, solo esté adiestrado para disparar, también está formado en derechos humanos, pero también tiene una preparación marcial especial, para facilmente no dejarse mangonear.

¿Si la gente en las protestas, no lleva la intención de a otros perjudicar, porque un policía militar les debe preocupar?.

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Las ciudades necesitan más organización y control, para lograr una cultura disciplinada, por lo que, la policía no puede perder la autoridad, para hacer cumplir las normas establecidas de comportamiento social

Pero no podemos olvidar que, el respeto a la autoridad se gana por la ética que alimenta la esencia de la moral.

Algo que también se debería  considerar, son las prendas de vestir que determinan su identidad y que nadie más debería portar, por ser de uso privativo de la autoridad, Es que ahora cualquier delincuente, de policía se puede disfrazar, con casco y moto además con el color institucional, con los que a sus víctimas también descrestar.

Ahora es más frecuente ver a unos jóvenes bachilleres uniformados, que ni un bastón de mando para defenderse, les han entregado. La  PM era una Policía de un carácter  excepcional, digna de admirar y respetar, con el se que se distinguían sus acciones.

Es que como insinúa Héctor Lavoe en una de sus canciones, pero dependiendo de las situaciones y guardando las proporciones; “hay problemas que la justicia puede administrar con

faldas y otros, que las autoridades tienen que resolver con pantalones”.

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