En carnavales me divertían los disfraces callejeros que nos sorprendían en la terraza de la casa, pero muy atento, porque en cualquier momento aparecía un toro bravo de colores brillantes con cascabeles en los cachos, amenazando con embestirnos, o de pronto un gorila con piel de trapero y actitud feroz. Los más temibles eran los indios con piel de carbón aceitada y argollas en la nariz que nos reducían con flechas y lanzas; cualquier posibilidad de quedar atrapado se resolvía con monedas. Estas prácticas aún se conservan hoy en día, y se manifiestan eventualmente con carácter delincuencial en cualquier momento y lugar, resolviéndose con billetes, celulares, entregando todos tus bienes, o con la muerte si no se tiene un carajo que dar.
Antes se apreciaba un mejor control de la seguridad durante los carnavales. Cualquiera podría disfrazarse de lo que quisiera; pero si esto significaba tapar el rostro con un antifaz o máscara, primero debía solicitarse un permiso en la alcaldía donde le asignaban una placa; después de verificar la identidad y su condición judicial, la cual debería portar visible mientras estuviera disfrazado. Hasta las bicicletas debían portar placas en todo momento. Hoy circulan miles de fantasmas escondidos en cascos de motociclistas y hasta disfrazados de autoridad, luciendo los mismos colores y emblemas que deberían ser de uso privativo.
Los disfraces de la clase media popular que podían observarse eran los de Mono Cucos, elaborados en combinación de colores satinados, antifaz, guantes, cascabeles colgando en el extremo de la capucha cónica y en la media capa sobre los hombros. Una varita de cualquier rama puyando y jodiendo con la expresión en voz de ñato:”uuyyy no conoce al mono…uuyyy no conoces al mono”.
Los monos cucos de las clases bajas eran elaborados con el mismo estilo, pero en telas retazos de popelina, armados con residuos de las modistas, con los que también confeccionaban sus mantas y sobrecamas; los guantes eran cualquier par de medias viejas.
El disfraz de marimonda era el más perrata, y típico del mas llevao. Consistía de una chaqueta y pantalón viejos, puestos al revés. La máscara era cualquier funda de almohada a la que se le abrían los huecos para los ojos, boca y nariz. Con las orejas de cartón grueso, los guantes de un par de medias y con un pito pea-pea, elaborado con caucho de neumático de bicicleta, estaba listo para el rebusque de la propina, haciendo arrebatos epilépticos.
Hoy muchas marimondas y monocucos han prosperado y se untan de caché en los estratos altos, desconociendo su procedencia.
Otro disfraz popular era el de murciélago, fabricado en satín negro, con cascabeles que colgaban de las alas extendidas desde los tobillos hasta las manos con guantes y media máscara como la de Batman. Recuerdo que en las casetas que instalaban en el Paseo de Bolívar, desde la iglesia de San Nicolás hasta el edificio de la Caja Agraria, antes Edificio Palma, al ritmo de los Corraleros de Majagual, Rufo Garrido, la orquesta de Nuncira Machado con patrocinio de Black Flag y otros grupos cuya música hoy todavía se disfruta como clásicos e íconos del carnaval; éstos murciélagos chupaban la sangre boca a boca de sus víctimas completamente arropadas con sus alas, a quienes solo se les observaba el cabello. Lo curioso era que estos murciélagos también operaban de día.
Una caminata por el Paseo de Bolívar luciendo el cabello pintado con colores metálicos era suficiente diversión para un muchacho en mi condición.
En cualquier tienda de barrio se podía comprar una máscara de burro, tigre, perro o torito, de esas que aprendí hacer con moldes de barro y luego pegándole papel sobre papel se pintaba el respectivo rostro que se aseguraría en la cabeza con una cinta de caucho.
A las muchachitas les fabricaban disfraces de india con medio metro de satín amarillo, extremos flecados y una corona de cartón, tipo balaca, forrada en papel dorado con una pluma de gallina, pegada en la parte de atrás, como la de la India Catalina. Muchos eran cocidos a mano, si no se tenía la máquina Singer de pedal que daban a crédito en el almacén de la carrera La Paz con la calle Caldas, y que promocionaba entonces el distinguido locutor de moda, Marcos Pérez Caicedo por la Voz de la Patria.
Otras indiecitas más pobres lucían el mismo disfraz elaborado con sacos de fique, en los que se empacaba el arroz y otros granos, con unas sandalias de lienzo o lona, con suela de caucho de las llantas de los carros.
La clase alta lucía sus disfraces de alta gama en sus respectivos clubes sociales, y nos permitían ver algunos de ellos en la Batalla de Flores el día sábado, y en la Gran Parada del día domingo con el desfile de Fantasía. Claro que éstos desfiles los empecé a disfrutar ya de adolescente, en mi infancia no recuerdo haber asistido a ninguno; pero desde la terraza de la casa en Cevillar, estábamos atentos para cuando alguien gritara: “allá viene una cumbiamba”, la cual anunciaba su presencia desde lejos con el sonido de las tamboras y luego se detenía en la esquina deleitando al son del millo, con su donaire de gansos o pavos reales, a la comunidad que se acercaba. ”Allá viene la danza del Congo”, la que se acercaba de igual manera desplazándose con su estilo culebrero en cabeza de su capitán, que era como el más viejo de todos los que la conformaban, quién generalmente portaba una botella de Ron Blanco o de “FALA”, como también le llamaban, aún con tapa de corcho, que recorría hasta la cola de la fila y regresaba a sus manos. FALA significaba Fábrica de Licores del Atlántico.
La danza del Congo procuraba hacer su show en las tiendas de las esquinas donde los clientes bordilleros, como los de “La Fama” en el barrio El Prado, disfrutaban como en zona vip, y resultaban enyesados por las propinas o la retanqueada con más ron.
“Allá viene la danza de los micos”, “allá viene la del paloteo”, “allá viene la del torito”, “allá vienen los gallinazos”. De pronto aparecía un toro bravo que un vaquero controlaba con una cabuya, de esos que lucían las máscaras mejor talladas y pintadas, con cachos de toros reales y pañoletas multicolores que, después de carnavales quedaban hasta el próximo carnaval decorando alguna pared de su casa.
Cuenta la historia que uno de estos toros cuyo cuerpo enguayabado por la parranda del viernes, se enmascaró el sábado temprano, caminando al bamboleo de la pea y sujetado por la cintura con la cabuya que controlaba con mucha fuerza su compadre en iguales condiciones. El toro se agarraba los cachos con furia, se retorcía, caía al suelo y se levantaba, mientras el vaquero recibía las propinas y el reconocimiento de: “ese toro si es de lidia…ese toro si es bravo”. Por fin el toro se pudo quitar la máscara de donde salió el alacrán que le producía tanta bravura.
El disfraz de mujer no podía faltar, algunos más ridículos que otros. Unos de huesera preñados, cargando una muñeca tuerta, pretendiendo propinas, y otros expresando su real condición homosexual reprimida por los prejuicios de la época. Dicen que en el municipio de Soledad estos personajes se desenvolvían con mayor espontaneidad y realizaban sus actividades especiales.
Luego aparecerían disfraces más atrevidos como el de “relámpago”, que consistía en un individuo que, en bata de baño, pero sin interiores aparecía en cualquier esquina como el “Loco Hugo de Bienvenidos”, previa observación de la no presencia de niños, abría y cerraba su bata fugazmente mostrando su orgullo y continuaba corriendo sin importarle la propina.
Otro similar era el del trompo, donde el hombre en bata y sin interiores llegaba con el dicho: ”el problema del trompo no está en tirarlo, sino en
cogerlo”, luego lo tiraba y cuando estaba girando se agachaba a recogerlo, permitiendo que la bata se le abriera y su virilidad se fuera a tierra.
Así han sido las cosas de nuestro carnaval tradicional, patrimonio oral e inmaterial de la humanidad.


