Nos acercamos nuevamente a las festividades decembrinas y de inicio de año, épocas profundamente arraigadas en el corazón de todos los colombianos. Son días que nos invitan a compartir en familia, a celebrar con amigos, a agradecer por lo vivido y a renovar nuestros propósitos para el año que comienza. Sin embargo, junto con la alegría y la esperanza que traen estas fechas, también regresa un fenómeno que cada año deja un saldo doloroso y evitable: el uso de pólvora.
Desde esta tribuna, quiero hacer un llamado enfático, respetuoso y profundamente humano a todas las personas, comunidades, autoridades locales y nacionales, y especialmente a quienes habitan o administran propiedades horizontales en el país: es urgente y necesario eliminar el uso de pólvora como forma de celebración en Colombia.
Año tras año, los hospitales reciben decenas —incluso cientos— de víctimas por quemaduras, amputaciones y otras lesiones provocadas por la manipulación de pólvora. Niños y niñas que, por simple curiosidad, o incluso por la negligencia de adultos, terminan pagando un precio altísimo. Familias enteras que inician el nuevo año no con alegría, sino con dolor, angustia y consecuencias irreversibles.
– En diciembre de 2024 hubo al menos 1.035 personas lesionadas por pólvora en Colombia.
– De ese total, 310 eran menores de edad y 725 adultos.
– En Bogotá, algunas cifras reportadas fueron: 67 personas lesionadas hasta el 17 de diciembre 2024, de las cuales 25 eran menores de 18 años y 42 adultos.
La pólvora no solo pone en riesgo la integridad física de quienes la usan directamente. Su manipulación, transporte y almacenamiento también representan una amenaza latente para quienes están cerca. Además, la pólvora genera un impacto devastador en la fauna silvestre y en nuestras mascotas. Los estallidos producen estrés agudo, ataques de pánico, huida descontrolada, accidentes y en muchos casos, la muerte de animales domésticos y especies urbanas que no tienen la capacidad de entender qué está ocurriendo.
Incluso cuando la pólvora es utilizada por “expertos”, sus consecuencias negativas no desaparecen. ¿Acaso un show de luces y ruidos justifica el trauma de un perro que no para de temblar durante horas? ¿O el silencio triste del bosque tras una explosión? ¿O las heridas físicas y emocionales que sufren quienes se ven afectados por estos eventos?
La verdadera celebración no necesita ruido, necesita conciencia. Es hora de transformar nuestras tradiciones hacia unas prácticas más responsables, más empáticas y más humanas. Hay formas de celebrar sin hacer daño: actividades culturales, espectáculos de luces sin estruendos, jornadas comunitarias, encuentros familiares y vecinales con música, juegos, gastronomía y solidaridad.
Por eso, desde esta posición de respeto y compromiso con el bienestar colectivo, invito a todas las copropiedades de Colombia a declarar espacios libres de pólvora. Hagamos que nuestras propiedades horizontales sean ejemplo de convivencia, seguridad y empatía. Que nuestros niños no tengan que ser víctimas de accidentes evitables. Que nuestras mascotas no sufran innecesariamente. Que nuestras celebraciones estén marcadas por la alegría, no por la tragedia.
Además, hago un llamado a los gobiernos locales, a las autoridades distritales y nacionales, y a los medios de comunicación para que redoblen sus esfuerzos en la pedagogía, la prevención y el control del uso ilegal de la pólvora. Necesitamos campañas continuas, normativas claras y sanciones efectivas que contribuyan a eliminar este flagelo.
Colombia merece fiestas en paz. Los barrios, las copropiedades, las familias, todos podemos y debemos ser parte del cambio. Eduquemos desde casa, desde la administración, desde los comités de convivencia. Actuemos hoy para no lamentar mañana.
Digamos con fuerza y convicción: no más pólvora. Sí a la vida, sí a la empatía, sí a unas fiestas realmente felices.
Escrito por:
Jorge Enrique Hernández Alonso


