Los siguientes párrafos corresponden al capítulo 13 de mi crónica autobiográfica titulada “Entre riesgos”.
Nos encontramos en el año 1968, tengo 17 años y es la época de esplendor de la música salsa.
Las verbenas aparecían por todas partes a manera de clubes de barrios, despertando el interés de los jóvenes, con la promoción de los mejores pickups del momento, como eran El Isleño, El Coreano, El Rojo, El Timbalero, El Gran Pijuan, El Son Cubano, El Gran Fidel, El Sibanicú y competencias con los de Cartagena, como El Perro, entre otros.
Recuerdo una competencia entre el Rojo y el Timbalero de Barranquilla en la caseta La Tremenda, donde además amenizó la Banda de Fruko y sus Tesos, con el Joe Arroyo en pleno furor, frente al Teatro Bolivia, cerca de la Universidad del Atlántico, que consistió en poner los bafles frente a frente, y el que se escuchara mejor a cierta distancia alejada sería el vencedor, resultando a favor del Timbalero, que además estrenó como novedad el tema Bomba Navideña de Richi Ray & Bobby Cruz. Lamentablemente éste espectáculo lo disfruté en el exterior de la caseta que estaba tan lleno por fuera como por dentro, ese día no conseguí para pagar la entrada.
El pickup el Rojo era conocido antes como la Cobra de Barranquilla, de propiedad de Álvaro Reyes, con sede en el barrio El Valle, correspondiendo al señor César Andrade, -padre de mi amigo melómano Virgilio Andrade-, ebanista de gran calidad, la fabricación de la estructura de madera con las características propias de acústica y resonancia para éste y otros pickups más que le hicieron ganar prestigio en la región.
Con algunos compañeros del colegio alcanzamos a organizar y realizar bailes con el pretexto de excursiones, las que nunca hicimos, y las utilidades las repartíamos entre nosotros mismos con las que comprábamos los materiales como telas escogidas para la confección de camisas y pantalones por parte de un primo de Milton De la Hoz que vivía en el barrio Las Nieves, vecino de Simón Bolívar, allí también estaba la sede del Timbalero de Víctor Alemán, el cual preferíamos para amenizar las fiestas. Después Milton aprendió el oficio del primo y nos confeccionaba las camisas del grupo que resultaban ser más baratas.
Las tarjetas de invitación a los bailes las elaboraba yo en la imprenta de mi tío, donde ya había aprendido las técnicas de impresiones tipográficas, lo que me permitía mi tío hacer los fines de semana, cuando sus empleados descansaban; además me rebuscaba con otros trabajos adicionales como la elaboración de tarjetas de presentación, matrimonios, grados, volantes y otras por las que ya le tenía que reconocer a mi tío algo por el uso de los equipos y materiales.
Recuerdo que hicimos una verbena en el salón de la “Utral”, una en el barrio San José, una en San Felipe, una en el barrio Olaya entre otras más. Organizar esto no tenía mayor complejidad, se arrendaba una casa grande por un día, con buen patio o terraza que adecuábamos con bancos, tablones para el descanso y ramas de palmeras para protegernos del sol, éstos bailes se realizaban generalmente los domingos en el día, lo cual facilitaba la asistencia del personal femenino, que todavía tenía control horario y se recogía o las recogían temprano. La cerveza nos las daban a consignación, el pickup se aseguraba con un adelanto y el resto con la plata de las boletas, que la mayoría vendíamos con anticipación en otros colegios con el permiso de los rectores.
En un tanque de 55 galones con bloques de hielo picado y aserrín enfriábamos las cervezas y gaseosas. Los sándwiches me los hacía mi mamá con pan tajado, mortadela, queso y mantequilla, lo cual era suficiente para la población que solo quería brillar la hebilla.
En ese baile de La Tremenda, recuerdo que me gustó el arreglo del tema “La Loma” de los Hermanos López y Jorge Oñate interpretado por la Banda de Fruko, cantando El Joe Arroyo, el cual no he vuelto a escuchar y no sé si lo llegaron a grabar.
Para ésta época los pickups todavía tenían un tamaño y presentación sobrio o moderados; la mayoría creo que no pasaban de dos parlantes de 15 o 16”, medias de 10” o 12”, twiteres en máximo 4 columnas esquineras que se podían instalar en la sala de las casas sin afectar significativamente a los bailadores ni a los vecinos. Éstos decibeles fueron subiendo gradualmente y de tal manera, que años más adelante tendrían repercusiones legales por el impacto sonoro ambiental, que obligaría a las autoridades a tomar medidas drásticas para su control.
Las verbenas se hacían esporádicamente durante el año y los pickups tenían mayor desempeño en la temporada de carnaval, amenizando las verbenas de las candidatas a reinas de los diferentes barrios los fines de semana desde que se daba la lectura del bando en la pretemporada.
En algunos barrios se organizaron bailes que luego se hicieron tradicionales para el disfrute de una vecindad específica, extendida a sus respectivos familiares, donde a manera de clubes establecían sus cuotas para asumir los costos de la música, el trago y el sancocho.
¡Qué bellos tiempos aquellos de paz y alegría cuando los integrantes de un baile con capitana, capitán y jefe de agitación y propaganda, salían en filas ordenados para realizar asaltos de alegría en otros bailes y verbenas que permitían el ingreso transitorio para el derroche de entusiasmo compartido!
Cada época tiene sus atracciones y encantos, las mujeres lucían en sus cabezas unos huesitos fémur de pasta, en sus moños, como los de Vilma Picapiedra, minifaldas, batas locas en las que eventualmente se podía esconder un parejo atrevido, las que luego tuvieron que reemplazar por overoles tipo bombero para a los lisos controlar.
Los varones a la moda, lucíamos pantalones bota ancha, zapatos plataforma y camisas tipo levita con cuello ancho, o camisetas cuello ‘e tortuga; con accesorios adicionales como una bufanda o un cordón de zapato negro con un colmillo apariencia de marfil, pero que realmente era tallado de un hueso común y corriente.
La actitud arribista de algunos empresarios verbeneros, hizo hacerlas crecer a manera de casetas, que se fueron destacando en El Recreo, un barrio con elegante estilo residencial, donde ya confluian personas de diferentes lugares, lo que le fué restando el toque familiar, y entonces con extraños tocaba interactuar.
Coincidencialme ya me encuentro viviendo en la mencionada zona verbenera de las Siete bocas, y puedo dar fe de lo hermoso y espectacular que fué al principio; pero que luego se fué degradando, por la intensidad de los sonidos, que afectaba a la comunidad vecina, sumado a los desórdenes de los desadaptados – que
nunca han faltado-, quienes al terminar cada evento, tenían como diversión la costumbre de voltear las canecas de basura y levantar las casas a piedra.
A la vencidad ante las autoridades le toco protestar, para con esas frecuentes guachafitas acabar, porque se estaba perdiendo el confort residencial.
Por supuesto que aquellas interesantes verbenas y bailes de carnaval, como Bocato, Macheteros, El bambú, La Puya loca, Entre Palmeras, A pleno Sol y Polvorín en San José entre otras más, jamás podré olvidar.
¡Que viva el carnaval!, ..que ojalá como fue al principio, se pudiera rescatar con buen orden y seguridad.


