Todo empezó mucho antes de los reconocimientos, de las vitrinas llenas de postres y de una marca que hoy es sinónimo de experiencia. Empezó en una cocina familiar, con una niña que miraba a su madre como quien observa un acto casi mágico. “Yo veía a mi mamá cocinar en mi casa y cocinaba divino… siendo la imagen más perfecta ante mis ojos, yo quería ser como ella”, recuerda Nancy Cabrera, reconocida chef y empresaria, con la memoria puesta en ese primer impulso que no solo definió su vocación, sino también su forma de entender la vida.
Pero el sueño, pronto, tuvo que enfrentarse a la realidad. Cabrera lo entendió desde temprano: “los sueños no me van a alimentar”. Esa frase, lejos de apagarla, la empujó a tomar decisiones firmes. Convertir la pasión en sustento, y más aún, en independencia. “Las mujeres tienen que facturar, no solo quedarse cocinando en la casa”, afirma, marcando una postura que atraviesa toda su historia: la de una mujer que decidió construir su propio camino sin concesiones.
Ese camino, sin embargo, no fue sencillo. Hace más de tres décadas, cuando decidió estudiar gastronomía, la respuesta no fue precisamente de apoyo. “En esa época decían que si uno iba a ser cantante, futbolista o chef, eso era el rechazo inmediato”. Aun así, tomó una decisión que cambiaría todo: regresar sola a Nueva York, su ciudad natal, en medio de un contexto complejo tanto personal como histórico. “Mi papá no me quería apoyar, así que hasta limosnita me tocó pedir”, confiesa, sin dramatismos, pero con la claridad de quien sabe lo que costó cada paso.
En la llamada “gran manzana”, Cabrera no solo estudió gastronomía y repostería; también aprendió a resistir. A sostenerse con varios trabajos mientras cumplía con su formación, a adaptarse a jornadas extenuantes y a entender que el sacrificio era parte del oficio. “Trabajas horas de pie… se te dañan los pies y llega un momento en que ya ni los sientes”, dice. Durante años, dejó de lado celebraciones, fechas especiales y encuentros personales. “Nunca fui a un cumpleaños… pero valió la pena”, agrega, convencida de que el precio pagado era proporcional al sueño que perseguía.
Nueva York, en su relato, aparece como una escuela exigente, casi implacable. “Aprendes a ser fuerte, a dar lo mejor de ti… pero también es muy dura”, admite. En una ciudad donde la competencia es feroz, entendió que destacar no es opcional, es necesario. “Por ese puestecito que yo tenía en un restaurante, había 1000 personas esperando”, recuerda. Fue ahí donde interiorizó una idea que hoy sigue repitiendo: la excelencia no es un lujo, es una condición para sobrevivir.
Su relación con Colombia, en cambio, tiene otro matiz. Llegó por primera vez siendo niña, en medio de una historia familiar atravesada por el gusto por el fútbol, la comida y los encuentros entre amigos. Con el tiempo, ese país al que regresó varias veces terminó por convertirse en su hogar definitivo. “Aquí se consigue de todo… es un país con muchos ingredientes con qué jugar”, dice, destacando la riqueza culinaria que encontró en el territorio.

Y fue en Barranquilla donde decidió echar raíces. Una ciudad que describe con una frase que mezcla sabor y emoción: “Aquí se vive sabroso… así es Barranquilla”. Ese “sabroso” no solo define el carácter del lugar, sino también la identidad de su cocina y de su marca, construida desde la experiencia y la sensibilidad. “Mi marca es dulce, es complaciente, es pechiche… te transporta, es como un mundo mágico”, explica, al referirse a un concepto que va más allá del producto.
Parte de ese éxito, reconoce, estuvo en atreverse a innovar. Fue pionera en introducir sabores y tendencias que hoy son comunes, pero que en su momento marcaron diferencia: la torta de zanahoria, el red velvet, las trufas con detalles distintivos. “Me encanta que otros también lo hagan… porque genera empleo, hay que crear país”, señala, dejando ver una visión que trasciende lo individual y apuesta por lo colectivo.

Cuando se le pregunta qué la diferencia del resto, su respuesta es directa, casi desafiante: “Coca-Cola solo hay una”. Para Cabrera, la clave ha sido mantenerse fiel a sí misma, sin miedo a la crítica ni a las expectativas externas. “Me encanta ser original… porque yo entrego mi esencia”, afirma. Y quizás ahí está el núcleo de todo: en cada postre, en cada detalle, hay algo más que técnica o sabor. “La gente prueba un pedacito de mi corazón”, concluye, como quien resume, sin pretensiones, toda una vida dedicada a cocinar desde lo más profundo.


