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LA CONQUISTA EN CARNAVAL

RedacciónPor: Redacción
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Este es un relato que se aparta explícitamente, por convicción, de la idea de una memoria oficial de las guerras en Colombia y de su registro simbólico en el Carnaval de Barranquilla

Por: Moisés Pineda Salazar

Redacción

  • LAS RAZONES.

La masacre de nuestra gente en el Sur de este país de muchos nombres fue por oponernos a las apetencias de la soldadesca al mando del afamado mantuano de apellido Bolívar, por los años 1822, 23 y 24.

Lo mismo fue en todas estas tierras de indios.

Labatut en Santa Marta; Maza y Córdova, en Mompox, Magangué, El Banco y Tenerife; Brion y Mantilla en la Laguna Salada de Rio de Hacha; Carmona en Tamalameque y Chimichagua; Carreño y la Legión Irlandesa en Guáimaro y en San Carlos de La Fundación.

Ellos fueron.

Son los mismos ejércitos que también pasaron a cuchillo a los nuestros en Pasto al mando de Sucre, en Ibarra con Bolívar y en Barbacoas con Mosquera, según lo supimos de viva voz por los que llevan y traen noticias sobre el destino miserable que nos espera como fruto de esta revolución justificada en lo que ellos llaman “Libertad”.

La masacre fue el precio que pagamos por defender la herencia que tenemos como “primeros y únicos dueños de la tierra” que dice nuestro Rey el Séptimo Don Fernando.  

Ellos y no otros extintos, son “Los Conquistadores”.

No son ellos los “Libertadores” de nuestra raza.

Una vez que el Gobernador de Santa Marta Pedro Ruíz de Porras huyó a Chagres, pude haberme ido y estar avecindado con ventaja en La Habana, según fue lo convenido- en la entrega de la Ciudad- entre “El Mocho” Carreño, vencedor en San Juan Bautista de la Ciénaga, y el Teniente Coronel Juan Narváez, habilitado para negociar por el Cabildo de la Ciudad.

Sin embargo, con mi capitán Sixto Sandoval, algunos pocos indios, varios zambos y mestizos, d’entre ellos Elías Fontalvo, decidimos quedarnos para resistir

Porque aún es posible que los venzamos.

Es Bolívar el de a vencer, ese militar caraqueño a quien ya han empezado a hacerle revueltas, asechanzas y atentados desde Lima hasta Caracas en donde por estos años le hace la oposición armada el General Páez, quien encabeza en Venezuela la revuelta de mestizos, zambos, negros e indígenas contra estos rescoldos de peninsulares que, haciéndose llamar “patriotas”, se quedan con la tierra que no es de ellos, explotan las minas con nuestra sangre y mantienen las cosas en el mismo estado en el que la tuvieron sus privilegiados abuelos.

Y, algún día los venceremos a estos criollos, que comanda el antes mencionado venezolano.

¿Cómo podría ser yo el Cacique de Mamatoco sin tierras propias que trabajar, en las que ni el propio Rey de España, porque así lo ha jurado, jamás osaría pisarlas sin mi permiso ni derivar de ellas impuesto o diezmo alguno?

  • LOS PREPARATIVOS.

Fue el viernes 10 de Noviembre de 1820 y desde hacía varias semanas había movimiento de cuantiosas tropas por lados de Guáimaro, El Codo, San Carlos de la Fundación, Sabanagrande, Malambo, Soledad, el Mar y el Río.

Desde los palenques de La Nevada bajaron los negros cimarrones que hacían causa con nosotros, los indios que somos  wayuús, taironas de Bonda, Ciénaga, Gaira y Mamatoco; arahuacos, koguis, arzarios, chimilas; cocinas, bocinegros y malibúes,  todos en defensa del Rey de España y en contra de los independentistas blancos criollos, mantuanos esclavistas, dueños de minas y de haciendas ganaderas; ellos que nada tienen para ofrecernos como no sea continuar en lo mismo que ha sido mantener la esclavitud de los negros, la abolición de los resguardos, establecer más alcabalas, suprimir los Cabildos y los Pueblos de Indios, todo eso pregonando una igualdad que nunca ha sido ni será simplemente porque a ellos no les sirve.

A nosotros, tampoco.

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Sin nuestra tierra, sin nuestras tradiciones y sin nuestras leyes ¿qué nos queda?

Habían atravesado una goleta en La Barra desafiando la Batería de San Pedro sita entre Pueblo Nuevo y Las Salinas.

Dicen que la comandaba un negro riohachero de apellido Padilla de muy mala fama entre los blancos venezolanos que lo detestaban y que terminaron fusilándolo el año pasado en Santa Fe de Bogotá. De igual modo y por las mismas razones, instigado por otros como él, el temible Bolívar ordenó fusilar a Manuel Piar, un pardo muy del afecto de los negros, indios y mestizos en Venezuela.

Porque así paga el diablo a quien bien le sirve.

Un mercenario extranjero, como muchos de los venezolanos, irlandeses y británicos que nos hacen la guerra o que, más aún, ya han empezado a hacer negocios con el nuevo gobierno, controlaba el acceso a la Bahía de Santa Marta.

Varias decenas de champanes, flecheras y falúas que habían partido desde Soledad la mañana anterior, subieron por el Caño Clarín con varias decenas de bongos artillados.

Poco a poco, tomaron posiciones y para asegurar que nadie pudiera salir por allí sin ser muerto, bajaron en distintos puntos de la Ciénaga los grupos de combatientes que transportaban.

Sin leyes que aplicar y sin costumbres que defender, ¿quién soy yo?

  • LA BATALLA.

Parecía que se estuviera cocinando la batalla del fin del mundo, como así fue fatalmente ese 11 de noviembre de 1820 para ocho centenares de los hijos de mi pueblo y raza que fueron masacrados, lanceados en la frente por los llaneros venezolanos, o con su cráneo perforado a bayoneta por do les cupo, en aquella sangrienta batalla de San Juan de la Ciénaga en la que más de cuatro mil hombres y mujeres entramos en combate.

Nunca en este lado del mundo, tantos nos habíamos trenzado en una misma acción armada.

Solo por ser superiores en número les fue permitido vencernos y, aunque no fui yo quien lo ordenó, fue craso error mandar a enfrentarlos por fuera de los 19 fortines y de las trincheras y de las estacadas que hicimos en el fango para desfondar sus barcas, y hasta en la tierra para contenerlos en el combate cuerpo a cuerpo y las que fueron construidas con palos afilados a pique en busca de eviscerar sus briosos caballos llaneros.

Por aquel error militar, cruentamente nos tomaron aquellas 182 piezas de la artillería nuestra, 5 buques de guerra, 86 bongos y una grande cantidad de pólvora y municiones

¿Qué soy yo- digo- si perdí para siempre la Hacienda que se llamó “La Florida de San Pedro Alejandrino”?

Por 11.773 pesos Manuel Faustino de Mier se hizo dueño de las tierras que, en los años milsetecientos, nos quitara y se las apropiara para hacer su hacienda el Canónigo Francisco De Godoy y Cortesía, valiéndose de sus artes y mañas de cura.

De nada sirvieron las denuncias en su contra, y también en contra del Contador de la Real Hacienda, que formulara en 1771 el otro Cura, Miguel Solera, sobre la ocupación que aquellos hacían de las Tierras del Resguardo de Mamatoco.

De un día para otro, el mismo De Mier que antes participó en la Jura de Fernando VII, cambió de partido cuando supo que era posible que tuviera que devolver al Resguardo las tierras mal habidas que su padre adquirió.

¡Oh vergüenza! ¡Oh ignominia!

¡En nuestra propia tierra!

Ahí mismo donde enterramos, en la roca viva, a nuestros muertos, guardando el secreto del lugar con la esperanza de que nunca fuera profanado su descanso como hollado ha sido nuestro suelo, él, Joaquín De Mier, dueño de la Hacienda que le adjudicó el Tribunal de la Diputación Consular de Santa Marta después del reciente juicio de quiebra de su padre, había comprado y almacenado armas y pertrechos para aviar al mantuano Mariano Montilla de lo que precisara para acabar con nosotros.

Hizo causa común con sus iguales contra todos los indios, negros, zambos y mestizos que hubiéramos hecho la guerra para defendernos de los criollos, blancos y extranjeros que nos quisieren quitar nuestros derechos a la tierra, a la lengua, a conservar nuestras costumbres y a ser gobernados bajo nuestras propias leyes tal como reza el libro que nos gobernaba bajo las banderas de la España y de su Rey.

Él, Fernando Séptimo, lo ha jurado y yo, Juan José Núñez, heredero del finado José Antonio de la Concepción Núñez, mi Padre, el que puso en fuga al canalla de Labatut de Santa Marta, le he prometido lealtad al Señor de España.

Porque yo soy el Señor y Cacique de Mamatoco, en pie de guerra por los atropellos que mi pueblo sufre de mano de los seguidores de Bolívar.

  • LA MEMORIA.

Como corresponde a nuestra tradición de lengua, nunca hemos sido versados en letras pero sí prestamos atención a las palabras y damos valor a las explicaciones que nos proporcionaron los leídos sobre una Constitución y unas Leyes que el Gobernador de Santa Marta había procurado que supiéramos, y que se cumplían a lo largo y ancho del Territorio del desierto, de la montaña y de los valles desde San Juan Bautista de la Ciénaga hasta Maracaibo pasando por Riohacha y los lindes del Camino de Jerusalén, una de las rutas del contrabando, las mismas que ya recorrimos fugados y medrosos, hasta llegar a Remolino para cruzar el Río, y así arribar a las Villas de Soledad y Barranquilla, donde, hay tanta gente, que es posible guardar en secreto que el Cacique de Mamatoco y su inerme Cabildo en guerra, se ha avecindado entre ellos.

En los días del carnaval, nuestros nuevos vecinos se ríen y gozan al vernos a indios, zambos y negros lucir los vestidos de nuestros antepasados.

Nos befan viéndonos danzar al sonar de tambores, pitos y gaitas durante dos días, que vayamos divididos en dos bandos y que nos persigamos, unos a otros, por montes y calles del lugar sin encontrarnos.

Ya habrá un tiempo para el encuentro en la tercera jornada del Carnaval que esperamos todos para dar de palos a los ejércitos de los que llaman “Los Conquistadores”.

Aunque se nos demande que aquellos deban ser los vencedores en esta batalla de mentiras, palos a granel tendrán porque les ha de costar sangre de verdad, como así nos la costaron las derrotas en Laguna Salada, Magangué, Tenerife, El Banco, Chimichagua, El Codo, San Carlos de La Fundación, San Juan de La Ciénaga, San Juan de Pasto, Ibarra y Barbacoas, entre otras muchas, todo por defender a Fernando el Séptimo, el Rey.

Legítimo Rey, como mis descendientes y yo lo volveremos a ser en Mamatoco, en el Desierto de los Goajiros, en la Sierra y en los Montes el día en el que se convierta en realidad esta comedia que en La Villa llaman “La Conquista” y que hoy martes 3 de marzo de 1829, martes del carnaval, la hacemos y la revancha le tomamos bajo sus narices.

Uno de estos grupos nuestros ahora entremetidos en los carnavales en la Villa, es el de los “indios salvajes”, que yo los comando porque es mi derecho tal como lo hicieron los Caciques Capitanes de las Milicias Pardas Tomás José Pacheco, quien murió en la refriega, Narciso Vicente Crespo que murió purgando pena y, en su fallida rebelión del Año Nuevo del 1823 para recuperar Santa Marta, el Cacique Jacinto “El Chinito” Bustamante, de cuya suerte en la prisión de Chagres poco se sabe; y como lo hace hoy día Miguel Gómez con sus indios guerrilleros en la Goagira y La Nevada.

 “Salvajes”, así nos llaman, en oposición a los “indios civilizados” que en esta fiesta del carnaval vienen a la par acompañados de otro bando en contraparte: partida de mestizos y blancos pobres que hacen las veces del ejército “realista”- y que en su mollera creen que son los mismos antiguos del Rey de España pues se ponen cazos metálicos y morriones en sus cabezas, y llevan pecheras y cargan patéticas espadas de madera.

Infantil engaño para ellos.

En nuestra memoria no son tales sino los mismos ejércitos que, siguiendo órdenes de Bolívar, el mantuano, procedieron a reconquistar a cuchillo esta región del mar océano que es mayoritariamente monárquica.

Y nos vencieron, y nos masacraron sin piedad en Guaímaro, en Fundación y en Ciénaga y, antes, curso abajo a lo largo del Río Magdalena desde Mompox.

¿Cómo olvidarlo si apenas fue ayer?

“¡Viva Fernando VII! ¡Viva el Cacique de Mamatoco!, grito exaltado… y los del otro bando responden ¡Viva Bolívar!

Como si fuera la señal tan esperada, se desata el zambapalos.

Así sea con estos palos romos y flechas despuntadas, a pedradas, a pescozones, les haremos sentir lo duro que les cuesta su arbitraria pretensión de dominarnos. Hasta cuando, con la primera oscuridad llegue también la autoridad: la de La Villa a intervenir de ley para dar por terminada esta batahola, la tal batalla de “La Conquista” que, al finalizar, habremos vencido, porque la victoria no es ganar la guerra sino mantener viva la memoria.

Sí, “la memoria” dije, pero no la que se perdió en la bruma de los tiempos, convertida en leyendas contra el Rey, nuestro Rey, a quien Dios guarde, sino la nuestra, la memoria siempreviva de las heridas aún sangrantes.

  • LA HISTORIA.

Un extranjero- rubio y rubicundo, a quien el calor pareciera a punto de astillarlo explosionado- nos mira de soslayo, malicioso.

Él nota la ironía.

Sonríe. Escribe:

Entre todos los grupos que llamaron mi atención, ninguno capturó, mi fantasía por la originalidad y lo apropiado de su disfraz como dos grupos de indígenas: el primer grupo, dirigido por un cacique elegido especialmente para la ocasión, fue escogido de entre los descendientes del pueblo desafortunado que representan; el otro grupo, que eran los indígenas civilizados, actuaban de acuerdo con el ejército.

El objetivo de los dos grupos era mostrar la subyugación del país por los españoles sobre los primitivos aborígenes que habían sido los únicos “dueños de la tierra”.

¡Maldita sea! Nadie nos entiende….

Aunque tal vez, sí que nos entiende. Él sabe que en el carnaval las cosas no son lo que parecen ser, solo que no lo puede decir.

Rensselaer Von Rensselaer, que es su nombre, en este carnaval de 1829 es huésped invitado al país por los nuevos conquistadores que son los que escriben las historias.

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