“En la biología animal, nada se produce por saltos ni caprichos ocasionales” le habían enseñado en el Colegio de Barranquilla para Varones sus profesores alemanes de biología animal y humana.


Alguno de ellos, en la cátedra de filosofía, enseñaba para satisfacción del Cura Revollo- a la sazón profesor de religión- que ese mismo principio era aplicable en la vida de los pueblos. Por eso, políticamente, eran Conservadores.
Fue en los años 22 y 23, según lo recordaba en la noche del 10 de febrero del año de 1970, martes de carnaval, en medio de la sofocación y de la humedad que no alcanzaba a disipar el ventilador eléctrico que había dispuesto en la habitación matrimonial de su casa, el Jefe Conservador y candidato a la Presidencia de la República de Colombia Evaristo Sourdís Juliao.
Era herencia de sus padres y está ubicada en el área rural de esta Municipalidad donde no hay agua corriente y la luz eléctrica funciona hasta cuando se apaga la Lister a gasolina que les provee del servicio a partir de las 6 de la tarde y hasta las once de la noche.
Aquello no le incomoda.
Así han sido todas las noches que, desde cuando tiene memoria, ha pasado en esta finca familiar: “Río Dulce” en Sabanalarga.
Ceder la habitación y la cama matrimonial al invitado se estilaba en los pueblos de la Costa como expresión de cariño y respeto.
Sobre todo, tratándose de un candidato Presidencial del “Glorioso Partido Conservador” que enfrentaba al Presidente Carlos Lleras Restrepo, quien en el pasado lo había nombrado Contralor General de La Nación.
Así, Marcelo Angulo y Josefina Amador, la habían cedido a Guillermo León Valencia y a la hermosa dama que hacía de su acompañante, cuando visitó a San Cayetano en la campaña presidencial de 1962.
El Doctor Sourdís, durante semanas ha tenido que dormir en cama ajena y respira aliviado en estos tres días del Carnaval en Barranquilla porque dormirá en la suya propia antes de reemprender las jornadas que lo llevaran al Cesar, La Guajira y Córdoba, y luego al Valle, Nariño y el Cauca, tierras de mayorías frentenacionalistas afectas a su candidatura.
Contrariamente a lo que él esperaba, el Presidente Lleras “torció” las mayorías de la Convención Liberal haciendo manifiesto su apoyo a la candidatura de Misael Pastrana Borrero a quien mucho debía desde 1965 cuando Pastrana, como miembro del Comité Bipartidista del Frente Nacional, asumió la defensa de la candidatura de Lleras Restrepo, que ya había sido retirada por la férrea oposición que encontraba en muchos sectores de ambos partidos.
Durante la reunión privada que tuvieron entre las siete y las ocho de la noche, de ese sábado del Carnaval de 1970, no le faltaron ganas de recordarle al Presidente de la República la promesa incumplida que le había hecho de apoyarlo. Pero Sourdís no era hombre dado a desandar los pasos.
Se reunieron en la suite presidencial que Lleras Restrepo ocupaba en el Hotel El Prado con ocasión de la visita de 24 horas que hacía a Barranquilla, atendiendo la invitación de la Soberana del Carnaval Ligia Salzedo Salom.
Lo recibió en mangas de camisa.
Se había quitado las mancuernas y la corbata. Los cargadores caían a lado y lado de su regordeta apostura.
Los dos se conocían desde 46 años atrás en los tiempos del Carnaval Estudiantil de Bogotá y, muy especialmente, con ocasión del incidente del secuestro de “Pericles Carnaval” en 1926 pues el rapto del monigote estuvo a cargo de “Los pétalos mustios”, la cofradía juvenil y secreta que dirigía Lleras Restrepo, formada por la muchachada de la Universidad Nacional, en tanto que Sourdís, estudiante de la Universidad Externado, era parte del grupo de organizadores del festejo, custodios responsables del pelele carnavalero.
No necesitaban, pues, conversar mucho para entenderse.
Lleras le ofreció un whisky en las rocas al tiempo que le agradecía las palabras que respecto a él había tenido en la inauguración de “La Casa Grande de Evaristo”, sede de su campaña política y que estaba ubicada en la Calle de Jesús con la Carrera 20 de Julio. Por encima de las arengas y del discurso del exministro Francisco Posada de la Peña que peroraba: “No vamos a gallo ajeno” y a lo que la multitud, azuzada por Carlos Martín Leyes, Jaime Held, Urbano Rodríguez, Álvaro De La Espriella Arango, Luis Lorduy Lorduy, Roberto Gerlein y Chepe De La Espriella, respondía vociferante: “¡Ahora o Nunca!”, Sourdís dentro del estilo que le era propio, les dijo:
“Mañana (hoy) llega el Presidente Lleras. Al Pueblo de Barranquilla le pido que despliegue el civismo y el respeto que le corresponde como Jefe de Estado”
A pesar de las desavenencias y los desencuentros, Sourdís no sabía hacer la política por fuera de la mesura en la palabra, la prudencia en la denuncia, la consistencia en el argumento, la sinceridad respetuosa y el uso de los recursos institucionales.
Por ello, sin duda, tuvo que haber puesto al Presidente Lleras en antecedentes acerca de las amenazas de fraude electoral, de parcialidad política por parte de los Altos Funcionarios de los Gobiernos Nacional, Seccionales y Locales y de la violencia política que azotaba algunas zonas del país.
Seguramente, también hablaron del hecho de que Sourdís enfrentaba en el campo electoral al que fue su Jefe Administrativo en cuanto que había sido su Canciller, el General Gustavo Rojas Pinilla, candidato en la oposición, por el que profesaba sincera admiración, pero cuya participación desbordaba el marco del Pacto de La Casa de La Moneda respecto de la alternancia en el poder y que en esta elección le correspondía al Partido Conservador.
Los recuerdos del debate de 1946 estaban frescos para ambos, así como sus deletéreas consecuencias.
Presidente, que no se vayan a robar otra vez a Pericles Carnaval.
Carlos Lleras Restrepo, quien de aquello sabía, no se dio por enterado.
Ni siquiera se mosqueó. Le recordó los compromisos carnavaleros que tenía contraídos con la Reina Ligia 1ª, con los socios y directivos del Country Club, con los del Club Barranquilla y los del Club Alemán.
Dando por terminada la reunión le hizo saber:
Mañana domingo debo estar a las nueve de la mañana en los Astilleros Magdalena.
Sourdís enfrentaba, pues, una pelea desigual contra titanes de la política colombiana entre los que estaba su propio Jefe en el Partido Conservador- Mariano Ospina Pérez- de quien había sido su Ministro de Trabajo y a quien acompañó en aquellos momentos aciagos del 9 de abril de 1948 cuando a los Jefes del Liberalismo, que le invitaban a abandonar el país para salvar su vida y la de su familia, les respondió diciendo:
“para la Democracia colombiana vale más un Presidente muerto que un Presidente fugitivo”
Y, ese gran hombre por quien estuvo dispuesto a entregar la vida en medio de los incendios bogotanos, también lo había traicionado.
En esta tarde de Martes de Carnaval sentado en la mecedora a la entrada de su casa de “Rio Dulce”, siente un dolor de alma que lo intranquiliza.
Lejos, al norte y al final de La Cordialidad, están Barranquilla y los poblados en los que, como una extensión de La Sultana del Magdalena, languidecen las músicas del Carnaval de 1970, luego del entierro del personaje de nombre Joselito y de apellido Carnaval.
A sus casi 65 años, le sobran arrestos para seguir coronando reinas y abriendo bailes de etiqueta, fiestas de mascarada y primeros valses de bodas en Barranquilla y en Sabanalarga.
Siempre vestido de correcto esmoquin tropical o de sacoleva y chistera como mandan los cánones de gala.
Bien que fuera para dar el discurso de orden en el Country Club, cuando el General Rojas Pinilla visitó Barranquilla en plena temporada carnavalera en el año de 1956.
O en las Fiestas de Año Nuevo con las que se iniciaba la temporada de carnestolendas, declarando a Carmiña Moreno Soberana del Carnaval del mismo año. O, en otro escenario menor, para ceñir las sienes de la Soberana del Barrio Norte.
O en el Teatro Apolo con ocasión de la coronación de Judith Blanco D’Andreis, Reina del Carnaval de Barranquilla de 1945:
“Habla el libro de los Siete Sellos de una Judith providencial que de certero golpe de alfanje destronó la cabeza de un general licencioso y sanguinario, para librar a Israel de los crímenes de una pérfida tiranía.
Con la daga de tu sonrisa matinal, oh Judith de Barranquilla ¡degüella el dragón de nuestros pesares y libra a tu pueblo del pesimismo, de la melancolía y de los pensamientos sombríos.
Eres Judith de Barranquilla, el polo magnético de la alegría que este carnaval nos tiene reservada y hacia él enderezamos los bajeles clamorosos de nuestros corazones. (…)
Judith Primera, en tus manos queda el cetro del carnaval de Barranquilla. Tuya es la Ciudad”.


