En esta ciudad te invitan y te buscan por lo que haces, tienes o representas. No por lo que eres. Al día siguiente de quebrar, perder una elección, de cesar en un período o de salir de un cargo de relumbrón, desapareces como por ensalmo.
A pesar de su origen sefardita, poco hubiera sacado con hablar de sus creencias y de las historias de sus ancestros escritas en otros Libros, además del “Libro de los Siete Sellos”, en aquel discursos de orden en la coronación de Su Majestad Judith 1ª, Reina del Carnaval en Barranquilla de 1945.
Sobre todo, cuando a los creyentes católicos les estaba prohibido leer la Biblia sin la orientación de un Cura.
Como político conservador, Evaristo Sourdís no podía cometer el error de parecer un pastor protestante cuando debía perorar en eventos a los que era invitado como Juez de Circuito, Concejal de Barranquilla, Diputado del Atlántico, Secretario Departamental de Gobierno, Representante a la Cámara, Senador de La República, Ministro Plenipotenciario ante la ONU, Embajador ante El Papa, Canciller de Colombia, Ministro de Trabajo o Contralor General de la República, en esta ciudad en la que a uno lo invitan y lo buscan por lo que hace, tiene o representa y no por lo que se es. Al día siguiente de quebrar, perder una elección, de cesar en un período o de salir de un cargo de relumbrón, uno desaparece del escenario público como por ensalmo. Sí lo sabría él cuya familia había pasado por innúmeras adversidades. De la prosperidad a la condición de “fallenque”, de un día para el otro.
Así que, hay que aprovechar y actuar con tino cuando se tiene la oportunidad.
Al hablar del Carnaval no le quedaba otra alternativa que referenciarse en Griegos y Romanos para no chocar con la Santa Madre Iglesia que era celosa de todo lo que fuera judaizante. A él, que le daba lo mismo echar discursos ante un auditorio de hombres de trabajo, barbados y sudorosos, acompañados por mujeres ordinarias trajeadas con blusas y faldas estampadas de algodón, todos sentados en bancos de madera rústica en San Roke, que hacerlo frente a lo más granado de la sociedad barranquillera, con damas vestidas de strapless largos de raso, muselina y terciopelo, ornadas de oro y pedrerías; de charol con agujetas, de librea y corbatín, los caballeros, en los salones del señorial Club Social.
¿A quién le va o a quien le vienen estas cosas de la religión en tiempos de carnaval? Pero, correr el riesgo de perder el apoyo de los Curas solo por querer cambiar una opinión o una creencia popular, es un error. Así que, adiós, Baruch Spinoza, Rabí Leví Itzjak de Berditchev, Rabí Naftalí de Ropshitz y demás Maestros del Talmud y que vivan Sócrates, Aristóteles, Homero, Ovidio y Platón
Por eso, en 1925 debió parecerle atractivo y singular aquel monigote de dos metros y medio de altura, armado con guaduas, relleno con paja y desechos, vestido de saco y corbata, al que paseaban procesionalmente en coche, a pie, en carro o a caballo durante los tres días del Carnaval Estudiantil de Bogotá y al que llamaban “Pericles Carnaval” y que representaba la fiesta universitaria.
Aquel muñeco era llevado durante los tres días del festejo, al final de los cuales, sometido a un juicio sumario y a una sentencia inapelable se lo enviaba, ineluctablemente, a la horca, al garrote, a la pared de fusilamiento o a cualquier otra forma de pena capital. Y hasta se le montaba en un globo caliente.
Consumada la muerte, se efectuaba un funeral que terminaba en entierro o se le enviaba a la pira.
Fue en el 14 de Julio de 1926. Cómo no recordar aquel inmenso muñeco que salió de La Casa del Estudiante, si yo, desde el año anterior era miembro de la Junta Organizadora del Carnaval Estudiantil que llevaba a decir que el de Barranquilla empezaba a tener alcances Nacionales porque los estudiantes lo estábamos llevando a Bogotá y Medellín.
La verdad es que este carnaval bogotano viene de otro más antiguo. Tal vez más que el nuestro. Quizá no tanto como los samarios.
Lo cierto es que la Plaza de Bolívar estaba de bote en bote esperándolo.
Era llevado en hombros por “Los Pétalos Mustios” para recibir el homenaje funerario.
Se había apagado el alumbrado público, y la gente llevaba grandes calabazas con agujeros en los ojos, las narices y la boca y una vela encendida adentro.
Era como si en la Plaza se movieran 10.000 Calaveras esperando la llegada de Pericles Carnaval.
Cuando este apareció en la esquina del Cabildo y el Capitolio, las calaveras iluminadas se convirtieron en un clamoroso lloriqueo,
Nunca se había registrado un berrido de dolor como el proferido por los 10.000 plañideros.
Entró Don Pericles y se dirigió al atrio de La Catedral, donde serían los discursos y los homenajes fúnebres. No había llegado a la mitad del camino cuando se produjo el alboroto en torno a quienes lo llevaban en hombros. En un momento de horrenda confusión, de lamentaciones que debían oírse a diez cuadras a la redonda, el muñeco desapareció. Se había esfumado a la vista de todos.
Se habían robado a Pericles Carnaval.
Un grupo de estudiantes, el único que estaba en el corazón del cuento, favoreció la desaparición, mientras el clamor de viudas llegaba a los altos cielos.
El berrido universal duró más de una hora.
Ante aquel desfile nocturno y festivo, pleno de sátiras a la muerte de Carnaval, al joven estudiante Evaristo Surdís Juliao, debió parecerle desabrido, soso y sin gracia el solitario esqueleto de un disfrazado llamado José, que por las calles oscuras llevando una lámpara de luz pálida, amenazante, “buscando víctimas”, emitiendo quejidos lastimeros y con su guadaña en alto, atravesaba La Arenosa rumbo al enmontado Cementerio Universal para saludar a sus antepasados y así dar por terminada “La Fiesta” a las cero horas de la madrugada del Miércoles de Ceniza.
Teniendo en cuenta la edad de los cronistas que esto narran, Don Juan Goenaga y Don José Félix Fuenmayor, es claro que el disfraz de muerte que según ellos salía en la noche del martes del Carnaval, tuvo su origen probable por el 1895.
El joven Evaristo, radicado en Barranquilla y carnavalero como era, recordaba que José:
todos los años, vestido de Muerte, se acercaba cauteloso a la muchachada, balanceaba su calavera y retrocedía de espaldas señalándonos con la guadaña alzada; y José, bajo la horrible máscara, reía del susto que intentaba darnos; y nosotros reíamos también del fracaso de su mala intención de aguarnos la fiesta.
Pero muchos no volvieron a reír. Y José, el buen José tampoco ríe ya
No menos insípido debió antojársele el ritual del martes del Carnaval en Barranquilla cuando desde 1918, un solitario llamarse Nicolás Ariza, empresario de coches y guacales, auriga él mismo, y de quien da noticia Guillermo Abadía Morales, travestido de negro cerrado, como una viuda y cargando un muñeco de trapo en los brazos, dicen que arma jarana por los lados del Matadero Público y se la monta a los vecinos reclamándoles la paternidad del vástago al grito de:
“Te moriste fulano”, “Me dejaste sola zutano” o “Se me murió mi marío compa’e”, “Se nos murió el que nos daba coma’e”.
Era el primero en disfrazarse el 20 de enero de cada año y los jueves, sábados y domingos sacaba hasta tres disfraces diferentes.
Ni qué decir del teatral libreto, siempre igual, del falso entierro de Pierrot que los barranquilleros vieron por primera vez en cine el 9 de febrero de 1924 cuando se estrenó la opereta “Las Golondrinas” y que el joven Sourdís no pudo ver porque el vapor en el que viajaba a Bogotá estaba varado en el Río.
Hoy debe parecerle alocado, porque hay que estarlo para hacerlo, lo que cuentan de Aureliano Babilonia Payares por 1928, quien desde años atrás tenía por costumbre meterse en uno de los ataúdes que él mismo fabricaba, para cocerse al sol del mediodía paseado en una carretilla por las calles de Arjona, en el Camino que va de Cartagena al Canal del Dique, y que siguen los trabajadores de la Andian para entrar a Sabanalarga por La Ponedera, buscando crudo allí y en Tubará.
Se disfrazaba de muerto y lo paseaban por las calles del pueblo en un carricoche, lo acompañaban un disfraz de muerte flaca, larga y alta; a su alrededor volaban los disfrazados de la Danza de Gallinazos que danzaban alrededor del difunto y llevaban ‘música de muerto’ y una comparsa de mujeres.
En toda la fiesta de ese último día, la gente se echaba anilinas de todos los colores. Por donde se pasaban te mojaban con jeringas hechas con cañas.
Ese día la gente se vestía con lo más maluco que tenía porque sabía que al día siguiente tenían que botarlo”.
También es pertinente recordar que el viernes 13 de febrero de 1920, cuando en Barranquilla simulaban una tarde de torerías en la imaginada plaza de un Club Social, con pasodobles y olés incluidos, “Joselito”, el torero más famoso del mundo, emprendió su viaje de regreso a España saliendo en tren a través de la Cordillera de Los Andes, para llegar al Atlántico pasando por Valparaíso, Buenos Aires y Montevideo, desde donde volvió a embarcar en el “Infanta Isabel” para su última travesía rumbo a la que sería su cita con la muerte el 16 de mayo en Talavera de La Reina.
El sueño, aparentemente estrambótico, de los taurófilos barranquilleros de ver, algún día, al Rey de la Tauromaquia Mundial bañarse de gloria en El Colombia, o en el Circo de la Calle del Recreo, esa tarde de domingo quedó trunco para siempre.
Así reseñaba aquel hecho la prensa española:
“A Joselito lo ha matado un toro y no me lo creo.
El toro le cogió de lleno, le enganchó por el muslo derecho, y en el aire le dio una cornada seca y certera en el bajo vientre, como las que había dado a los caballos. Cayó José mortalmente herido, se contrajo, y el toro le derrotó en el suelo, pero no lo recogió.
Cuando le incorporaron me miró con cara de angustia, y me señaló con la mano la ingle, al mismo tiempo quese recogía los intestinos, que le asomaban. (…)
Joselito, el torero, murió vestido de grana y oro.
Solo tenía 25 años de edad.
El adolescente estudiante de bachillerato, Evaristo Sourdís, aficionado a la cría y levante de ganado y a las torerías, cada que se podía, esta noche de Martes de Carnaval recuerda aquella película que registraba, en vivo y en directo, el fatal momento de la cogida y el multitudinario entierro de Joselito, el ídolo mundial.
Habían pasado cinco meses desde entonces.
En la noche del martes 16 de enero de 1923, en Barranquilla, a cielo abierto, se exhibió la película española “El entierro de Joselito” cuyo obvio argumento tenía que ver con la torería, con la muerte y el entierro de José Gómez Ortega, “Gallito,” eviscerado por una cornada del toro “Bailaor el 16 de mayo de 1920 en la Plaza de Talavera de La Reina”.
El inmenso Teatro Colombia de la Calle San Blas entre los Callejones de Pacho Palacio y California, uno de los más grandes de Latinoamérica, con sus 9.000 locaciones entre bancas y butacas de platea y balcones, de las buenas y de las menos buenas, estuvo a reventar.
Los espectadores pasaron de los momentos culminantes de la trágica corrida, al llanto en el velorio y en el sepelio del torero, como si a de veras estuvieran participando en unos hechos que se habían dado treintaidos meses atrás y a la distancia
Aquella película les ayudaba a tramitar su dolor en ese mesario, sin que fuera necesario levantar un túmulo simbólico, ni llenar la ciudad con crespones.
Es la magia del Cine. Una nueva forma de cambiar el pensamiento, de alargar o de acortar el tiempo y las distancias, que hace posible generar ideas y hacer cambios que, en política puso de moda Enrique Olaya Herrera en su campaña de 1933.
El 20 de Septiembre de 1925, en vísperas del Día Nacional del Estudiante se exhibió en ese mismo Circo- Teatro el documental “Carnaval Estudiantil Bogotano”.
El reloj de pulso del Doctor Evaristo Sourdís, que tenía “pantalla luminosa”, estaba a punto de marcar las doce de la noche cuando vinieron a su memoria aquellos días en los que tantas ideas provenientes de tantos lugares y de experiencias propias y ajenas, se fueron ensamblando en un entierro para el cierre del carnaval en Barranquilla como aquel que en 1925 él vio, participó y ayudo a organizar en Bogotá como un “desfile de duelo” con el que se entierra un matacho al que acompañan un séquito de plañideras, de responsorios y de curas rituales de solemnidad fingida y que en su edición del 14 de febrero de 1934, la del primer Carnaval del Heraldo[i], este reseñó de la siguiente manera:
“(…) Y ayer en la tarde, como es costumbre en Barranquilla, los vehículos repletos de disfraces se dirigieron hasta la plaza del Siete de Abril en donde se libró la “Conquista” y se verificó solemnemente, con los ritos de rigor en esta época de alegría, el entierro del popular ‘Joselito Carnaval’.”
A esa “celebración solemne” y a esos “ritos de rigor” en aquellos entierros nocturnos, se refiere el diplomático y músico curazoleño Emirto De Lima cuando en 1942 contaba que: (…)
¿Cómo no recordar aquí también el entierro de Joselito Carnaval atravesando en una cama desvencijada las vías de la ciudad y acompañado de varios disfrazados compungidos y tristes, tiznados de negro, del sonido de una caldereta chirriante y de la luz de una vieja lámpara? Ese desfile lúgubre en el cual van llorando, cantando y pidiendo a los padrinos, centavos para llevar a su última morada a Joselito que acaba de fallecer.
Sin embargo, aquellos carnavales que se dieron en medio de la recesión mundial y de la guerra, habían llevado la fiesta popular a una situación en la que las elites locales, de ambos partidos, desde la Revista Mejoras que editaba la Sociedad de Mejoras Públicas y de la Revista Civilización que dirigía Adalberto del Castillo y Amador, calificaban de caótica, deslucida, pobre y desabrida y que en nada contribuía al feliz destino que se esperaba para la Ciudad.
En correspondencia de esta visión del propio papel, función y misión de las elites, con distintos medios, estas intervienen en la organización de los carnavales justificando su perspectiva ideológica de la siguiente manera:
“las fiestas populares no pueden mejorarlas los pueblos por su propia cuenta.
Es la llamada gente de arriba la que debe poner un contingente, una iniciativa en esa aspiración de mejoramiento”
A ese pensamiento, descrito por Antonio Gramsci en los años 1930’s, no era ajeno Evaristo Sourdís quien se veía a sí mismo en el ejercicio de dicho rol social como parte de una elite civilizadora. En ella se incluyen a los curas que en 1936 pedían que se prohibieran los bailes de mascarada durante la Cuaresma pues, según ellos “en esa continuidad de fiestas de disfraces los sentimientos nobles quedan por debajo de lo erótico.”
En el desfile de este año de 1970 se hizo presente un “Joselito Ahorcado” que, como hacían con Pericles Carnaval en Bogotá, alguien paseó en un carroe’mula tal vez en protesta porque en la Programación Oficial, proclamada por la Corte de Su Majestad Ligia 1ª no hubo lugar para los concursos y los premios en metálico.
Se perdió lo que se había conseguido en 1946 cuando el entierro de Joselito fue parte de la programación Oficial y Central del carnaval, y lo que se avanzó en 1947 convocando, por primera vez, para el 18 de febrero un “Concurso de Joselitos” en el desfile de “La Conquista” con su escenificación en el Paseo Bolívar, siguiendo el libreto, que después popularizó Luis Bermúdez en una pieza bailable que estrenó en el Jardín Águila el 27 de febrero de 1943.
Su Majestad Ligia Salzedo Salom solo se ocupó del “Entierro de Joselito” como una chacota en el espacio privado del Country Club, tal cual lo fue la “velación” que hicieron en los salones de dicho club en 1937 y la que la comparsa de “Los Cumbiamberos” repitió en los del Club Riomar en 1946.
Son del mismo grupo de clubistas que quisieron reemplazar el martes 14 de febrero de 1939, “El entierro de Joselito” por la escenificación del murciano “Entierro de la Sardina” en sus salones, hachoneros incluidos, al tiempo que en el Club Alemán proponían que el sustituto fuera “El entierro del Bachus”.
Adiós carnaval…Mañana volvemos al día a día.
Mientras nuestro hombre descansa en Sabanalarga, en Barranquilla la Ciudad se vio llena con el famoso sepelio donde lloran amargamente las viudas de Joselito.
De puerta en puerta por todos los barrios, las viudas de Joselito pidieron para las flores de su tumba.
Sin proponérselo, Evaristo Sourdís, el carnavalero, estaba concluyendo su periplo político en el mismo punto en el que esta historia empezó en 1820.
Va bajo la egida del Cacique de Mamatoco, de los Guerrilleros Wayuu de Miguel Gómez y del General Agustín Agualongo.
Lo guía el numen de su raza.
Recorrerá los territorios de La Guajira y de las estribaciones de La Sierra Nevada; los de las orillas de La Ciénaga, los de las riberas del Bajo Magdalena y los de las escarpas del Sur del País donde sobreviven los excluidos de siempre.
En su fuero íntimo sentía que su fuerza política estaba allá, donde los indígenas, los negros y los mestizos fueron masacrados por hacer resistencia al embate militar de terratenientes, ganaderos, dueños de minas y esclavistas criollos, disfrazados de “libertadores”.
Pensando en que desde bien temprano hay que comenzar a organizar la correría por Becerril, Codazzi, San Diego, Los Robles Y Valledupar, Don Evaristo Sourdís, antes empezar a roncar como una locomotora, alcanzó a tararear aquella canción que Lucho Bermúdez, por razones de su contrato con el Country Club, no pudo promover en los carnavales del año de su estreno. 1943, año de ingratas recordaciones políticas para él y para el Conservatismo en el Departamento del Atlántico:
La Caribe ya está triste,
la ciudad de luto llena.
¿Qué será de Luis Bermúdez
que se va pa’ Cartagena?
Joselito, Joselito, Joselito Carnaval.
Te acabaste para siempre, Joselito Carnaval.



[i] Reconocimiento a la periodista María José Borrero quien, en un trabajo para El Heraldo, encontró en los Archivos del periódico, este documento invaluable.


