Según muchos conocedores del Festival de Orquestas, este evento, que se realiza en el Carnaval de Barranquilla, está a punto de desaparecer y para otros ya es un pasado triste.
Hace dos años, los barranquilleros comenzaron a sufrir un dolor profundo por la lenta e inexorable desaparición de una de las expresiones culturales más valiosas de las fiestas de carnaval.
Y no es que la organización privada que maneja el Carnaval de Barranquilla haya eliminado el Festival de Orquestas -con 52 años de sentida tradición musical- de la programación oficial.
Los músicos, periodistas, dirigentes sindicales del campo artístico, educadores, empresarios, el barranquillero del común y directores de estaciones radiales – dolientes todos del Festival de Orquestas – creen que el diagnóstico más cercano a esta dolorosa amenaza contra la cultura barranquillera tiene como seguro culpable el manejo empresarial, lejano del aprecio que merece el artista musical, que se le está dando al evento.
Desde su génesis, el Festival de Orquestas se concibió como un organismo para apoyar una obra benéfica -el Club de Leones Monarca en ese entonces – y propuso, como norma principal, que los artistas que se presentaran en los eventos generales e interpretaran una canción del folklore colombiano -para homenajear nuestra cultura- brindando a los barranquilleros una presentación especial, sin cobrar a la junta permanente del carnaval por esa presentación.
Para premiar a esos artistas, se instituyó el Congo de Oro del Carnaval de Barranquilla, un galardón que nació con un valor artístico incalculable para los artistas que visitaban la ciudad en temporada carnavalera.
Las primeras orquestas que se presentaron en el primer Festival de Orquestas fueron: Billos Caracas Boys, Los Melódicos, Los Blanco, Orquesta La Playa, Nelson Henríquez (Venezuela) Los Chavales (España), la orquesta de Pacho Galán -que siempre se presentó como orquesta internacional- la Sonora Sensación, La Sonora del Caribe de Cesar Pompeyo, los Hermanos Martelo, Pello Torres y los Demonios del Ritmo y los Cinco de Oro, (Colombia).
Una de las personas que reconoce que el evento multitudinario murió es el escritor, educador, locutor y políglota Tito Sensación Mejía.
“El Festival murió -asegura Tito con tono severo- Fui trece años presentador oficial del Festival de Orquestas. Y sentí sobre esa tarima el calor del pueblo clamando por su cultura, es algo sobrecogedor. Tengo grabado en mi corazón el festival de 1988. La reina de ese carnaval fue Laura Char y el Binomio de Oro llegó con el tema “Qué Sera de Mi”, que era una locura. Con el objetivo de ganar su segundo Congo, Rafael Orozco canto su tema en el tiempo reglamentario, pero 18 mil personas dentro del coliseo y veinte mil afuera, sacaron pañuelos blancos y siguieron entonando esa bella canción -en un monumental coro que congeló el alma- durante once minutos: /Y qué será de mi vida sin ti / qué será que no puedo vivir/ qué será de tu vida sin mí/…qué seraaaa/. El jurado calificador la tenía difícil, pero el Binomio de Oro, gano ese Congo”.
“El Festival de Orquestas tuvo sus años dorados, pero las cosas cambiaron mucho y con el respeto que me merece, este evento murió hace más de quince años. El Rey Momo de este año, un cultor como es el maestro Juventino Ojito tiene que quitarse la camiseta de calidad y fregarla por todas las ciudades y pueblos de la Costa Caribe si quiere rescatar este evento”, agrega Tito Mejía.
El escritor reconoce que hubo un tiempo en que ganar el Congo de Oro del Festival era como obtener el premio Grammy. “Yo recuerdo que a Joe Arroyo siempre le dejaban las 7 de la noche para que cantara y una orquesta de Colombia le tocó bajarse de la tarina porque pensaba que el turno era para el músico. Era la hora Prime de la televisión colombiana y se le tenía que respetar al extraordinario músico”, recuerda.
Por último, señala que el Festival de Orquestas perdió mucho con el cambio de escenario al pasarlo del coliseo cubierto al estadio Romelio Martínez. “El festival con el cambio de escenario perdió mucho por varias razones. Una de ellas es que la calidad del sonido no era la misma. El coliseo tenía su encanto en cuanto a su acústica. Además el festival se privatizó”, afirma.


