El Carnaval de Barranquilla es una fiesta popular que se celebra cada año antes de la cuaresma, y consiste en mascaradas, comparsas, desfiles, bailes y algarabías a todo dar y por cualquier lugar.
Este prestigioso carnaval, declarado por la Unesco como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Inmaterial de la Humanidad, por supuesto que a los niños hay que involucrar, para preservar su oralidad y atractivo tradicional.
De hecho, se programa un desfile en un día especial, donde los niños, con su propia Reina y Rey Momo Infantiles, algo similar al de los adultos, tienen la oportunidad para sus actitudes artísticas e histriónicas mostrar.
Aunque la Reina del Carnaval de Barranquilla posee un alto nivel de autoridad simbólica, cultural y festiva, por ser la máxima soberana, embajadora y vocera de la fiesta, recibiendo las llaves de la ciudad para decretar el inicio del jolgorio; su autoridad solo radica en presidir eventos, salvaguardar tradiciones y dirigir a los hacedores, aunque no tiene poder administrativo o financiero para muchas cosas inherentes al carnaval poder controlar.
Me quiero referir directamente a los diferentes escenarios como tiendas y bares de bordillo donde el carnaval alcanza un nivel diferente o superior a lo normal, en el que menores de edad, acompañados por sus padres, acostumbran a frecuentar para consumir comidas rápidas y escuchando buena música, algunas cervecitas sus padres disfrutar; ahora en carnavales, por parte de las autoridades, de una manera más rigurosa tratan de controlar, pero “sin querer queriendo”, terminan afectando el ambiente alegre de los demás.
No se trata de justificar nada que vaya contra la integridad de los niños, por lo que más bien las reglas de comportamiento deben ser claras, socializadas a padres y localidades, aplicándolas coherentemente todo el tiempo, para que no y por sorpresa afectar una fiesta donde el calor de las emociones pueda inducir a comportamientos que no se deben presentar.
Me encontraba en una tienda-bar de bordillo en el norte de la ciudad, famosa por su estilo alegre y cultural, donde a menudo frecuentan familias con niños a comer pizzas, hamburguesas, picadas y hasta víveres y abarrotes comprar; esta vez, con motivo del desfile de los niños, algunos llegaron con sus padres para el hambre aliviar, cuando repentinamente aparece la policía motorizada para sacar la “tarjeta roja” al local, porque menores de edad en ese sitio no deberían estar.
De inmediato, el equipo de sonido se hizo apagar, aunque era muy temprano por la tarde y los decibeles se podían tolerar.
Entonces aparece un personaje de estilo dicharachero y familiar, que con tono jocoso-currambero y jacarandoso cantaba el tema El Africano de Wilfrido Vargas, que dice en su repetido coro lo que es fácil de imaginar: “mamá, ¿qué será lo que quiere el negro?”; y entonces las cosas, por supuesto, tendieron a empeorar.
A muchos clientes, como a mí, se nos enfrió la pajarilla y nos tuvimos que marchar, por lo que no sé cómo la situación al final se logró superar.
Realmente es un tema muy delicado que con pinzas hay que saber manejar, para poder encontrar un equilibrio razonable para todos, entre diversión y seguridad, que la alegría no logre afectar.
Es que alguien también sobre la situación expresó su inconformidad preguntándose a sí mismo:
“¿Dónde está la diferencia si venimos de un desfile de niños, en el que el sonido de la música y la presencia del licor entre los espectadores era fácil de apreciar, para que aquí, que solo vinimos a comer escuchando música y no poder evitar ver a otros tomar, nos la vengan a montar?”
Entonces, un adecuado nivel de criterio deben tener las autoridades para, en el carnaval, cada caso tratar, sin exponer la real condición de vulnerabilidad que esté amenazando a los menores de edad, pero procurando no enfriar la alegría de los demás.
Para establecimientos que venden comidas rápidas y bebidas alcohólicas con música ruidosa en presencia de niños, algunas normas importantes me permito insinuar, apoyándome en mis conocimientos limitados sobre seguridad y salud ocupacional, además con criterios de inteligencia artificial:
- Considerar tener un área designada para familias con niños, lejos de la zona de música alta.
- Ajustar el volumen de la música para que no sea perjudicial para los oídos de los niños.
- Verificar la edad de los clientes antes de servir bebidas alcohólicas.
- Colocar señales claras indicando áreas para adultos y zonas familiares.
- Entrenar al personal de empleados para manejar situaciones con niños, familias y hasta las autoridades de manera adecuada.
- Considerar establecer horarios específicos para música alta en eventos para adultos sin perturbar la tranquilidad de la vecindad.
Espero que este comentario sea de alguna utilidad.
Por:
José R. Múnera N.


