En medio del fervor religioso que caracteriza la Semana Santa en Colombia, hay prácticas que despiertan asombro, respeto y hasta controversia. Una de ellas es la flagelación, un acto de penitencia en el que hombres, movidos por la fe y la promesa, se azotan públicamente como símbolo de sacrificio y entrega espiritual. Esta manifestación, aunque presente en distintos países y regiones, tiene en Santo Tomás, Atlántico, una de sus expresiones más singulares y arraigadas.
La flagelación no es un espectáculo, ni una simple costumbre folclórica. Para muchos tomasinos, representa una conexión directa con lo divino, una forma de agradecer, pedir perdón o cumplir una promesa. Durante la madrugada del Viernes Santo, los flagelantes caminan descalzos por las calles del municipio, con el rostro cubierto, la espalda descubierta y el cuerpo entregado al dolor como testimonio de su fe.
Aunque pueda parecer extrema ante los ojos de quienes no pertenecen a esta tradición, en Santo Tomás la flagelación ha sido transmitida de generación en generación, como parte de un legado espiritual que no ha cedido ante el paso del tiempo. Su continuidad ha despertado el interés de investigadores, periodistas y creyentes, que ven en este ritual una ventana a la identidad cultural y religiosa del pueblo.
Para conocer más sobre esta práctica, su origen y su permanencia, conversamos con Manuel Pérez, historiador tomasino que ha dedicado años al estudio de esta manifestación. En esta entrevista en video, Pérez ofrece una mirada profunda y contextualizada sobre lo que significa ser flagelante en Santo Tomás, cómo ha evolucionado la tradición y qué lugar ocupa hoy en la vida del municipio.
Video con el historiador Manuel Pérez


