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José Humberto Galiano: el médico que escribe la contabilidad de la vida

RedacciónPor: Redacción
6 marzo, 2026
José Humberto Galiano: el médico que  escribe la contabilidad de la vida

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Por Fausto Pérez Villarreal

Toda historia literaria suele comenzar con una pregunta. Esta también.

¿Qué es, en realidad, un cronista?

La respuesta, curiosamente, no exige teorías complicadas ni manuales eruditos. Un cronista es alguien que sabe contar. Pero no basta con enumerar hechos ni con registrar acontecimientos. El verdadero cronista transforma lo vivido en emoción, convierte los recuerdos en imágenes y logra que el lector sienta que camina dentro de la historia.

Eso es todo. Y al mismo tiempo, es mucho.

Quien quiera comprobarlo puede acercarse a las treinta piezas reunidas en ‘Cuentos no contados… Cuento historias como cuentos’, un libro de 159 páginas publicado en 2024 por Ediciones Santa Bárbara, en Barranquilla. Tuve el privilegio de escribir su prólogo. La obra, presentada con entusiasmo en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, recoge relatos de tono costumbrista inspirados en experiencias reales: episodios de la vida cotidiana, memorias personales e incluso pasajes duros, como la experiencia del secuestro.

Fue el debut literario de su autor.

Al año siguiente apareció ‘Por los distintos senderos’, una obra de carácter testimonial que recorre episodios de su vida y los convierte en relatos atravesados por la reflexión. Allí el autor se detiene en los caminos que ha transitado: su experiencia como médico internista, el contacto directo con el dolor y la esperanza de los pacientes, los años de formación en España y su especialización en Costa Rica. Cada historia funciona como una estación de ese viaje interior que es, al final, toda vida.

Ahora llega una nueva obra: ‘El juego del silencio’, también publicada por Santa Bárbara, que confirma la persistencia de una voz narrativa inquieta.

En este libro la historia se adentra en un territorio delicado: el paso casi imperceptible entre el entretenimiento y la dependencia. El protagonista, Luis, un jubilado que intenta espantar la rutina, comienza a frecuentar las máquinas de azar hasta descubrir que la frontera entre el juego y la obsesión puede desvanecerse sin que nadie lo note.

La narración incorpora una mirada cercana a la neurociencia para explicar cómo el cerebro responde a la dopamina y a la anticipación, mecanismos capaces de transformar pequeños rituales sociales en hábitos difíciles de controlar. A través de los diálogos aparecen señales de alerta —el aislamiento, el silencio, la pérdida del dominio sobre el impulso— mientras la historia sugiere que la salida no se encuentra en la imposición ni en la censura, sino en algo más humano: el acompañamiento familiar, la ayuda profesional y la reconstrucción de los vínculos afectivos.

La idea que atraviesa el relato es sencilla y poderosa: reconocer el problema es el primer paso para recuperar la libertad.

Las páginas de Galiano comparten una misma atmósfera reflexiva. Sus personajes observan, recuerdan y se interrogan sobre su tiempo. Desde allí aparecen temas recurrentes: la identidad, la vida cotidiana, la conciencia social y el valor de la democracia en la experiencia de las personas.

Mientras tanto, el autor ya trabaja en un nuevo proyecto: una novela histórica titulada ‘1970’. El libro se adentra en uno de los momentos políticos más tensos de la historia reciente de Colombia: las elecciones presidenciales de aquel año. A través de personajes que viven las transformaciones de su época, la obra propone una mirada literaria sobre la relación entre memoria, ética y poder.

Pero quizá lo más curioso de esta historia es que su protagonista no proviene del mundo literario —al menos no de manera convencional—.

José Humberto Galiano La Rosa es médico especialista en medicina interna. Durante décadas ejerció la práctica clínica y dirigió instituciones del sector salud. Su trayectoria habla de disciplina, servicio y rigor profesional. Sin embargo, detrás del médico siempre estuvo el lector voraz y el observador atento que toma nota de la vida cotidiana con la paciencia de quien sabe que cada experiencia guarda una historia.

Lo sorprendente es que él mismo parecía no advertirlo.

Cuando me entregó los textos que más tarde darían forma a su libro, lo hizo con una modestia desarmante.

—No soy cronista ni escritor —me dijo—. Apenas un escribiente que quiere dejar algo claro: la importancia de llevar bien la contabilidad de la vida.

Aquella frase revelaba más de lo que él mismo imaginaba. Porque quien habla de la contabilidad de la vida está hablando, en el fondo, de memoria, de tiempo y de experiencia: la materia prima de toda crónica.

Además de confiarme la lectura de sus textos, me pidió que escribiera el prólogo. Acepté con entusiasmo, pues ya conocía su sensibilidad narrativa y su mirada capaz de descubrir historias donde otros apenas ven episodios cotidianos.

—Será un placer escribir sobre un cronista natural como usted —le dije.

La respuesta fue inmediata:

—Déjate de eso. Yo no soy cronista.

Pero lo era. Y además, uno de los buenos.

Tuve entonces que demostrárselo apoyándome en sus propios textos. Porque la crónica no depende solo de tener una historia, sino de saber contarla. Y en sus páginas aparecía, con sorprendente naturalidad, esa mezcla de observación, sensibilidad y claridad que distingue al cronista auténtico.

Eso mismo escribí en el prólogo: la fuerza de la crónica no reside únicamente en los hechos que narra, sino en la forma en que el narrador logra convertirlos en experiencia compartida.

José Humberto Galiano La Rosa —aunque insista en negarlo— cumple esa condición.

Porque hay cronistas que se forman en las redacciones.

Y otros que nacen, simplemente, de la vida.

—Doctor Galiano, antes de hablar de sus libros quisiera comenzar por el principio. ¿Cuándo descubre usted que la escritura empieza a formar parte de su vida?

—La escritura llegó de manera natural, casi silenciosa. Durante muchos años mi oficio fue la medicina, una profesión que obliga a escuchar, observar y reflexionar constantemente sobre la condición humana. En medio de ese ejercicio cotidiano fui tomando notas, primero como una forma de ordenar ideas y experiencias, y luego como una necesidad de expresar lo que veía y sentía. Con el tiempo entendí que esas notas podían convertirse en relatos, en pequeñas historias que merecían ser compartidas.

—Su primer libro, Cuentos no contados… Cuento historias como cuentos, tuvo una recepción muy positiva entre los lectores. ¿Cómo nació esa obra?

—Ese libro surge de la memoria. Son relatos inspirados en vivencias personales, en episodios de la vida cotidiana y en experiencias que dejaron una huella profunda en mí. Algunas de esas historias están marcadas por momentos difíciles, como el secuestro que viví, mientras otras nacen de la observación del entorno y de la gente que uno encuentra en el camino. La idea fue narrar esas experiencias con un tono cercano, casi como quien conversa con un amigo.

—Luego apareció Por los distintos senderos. El título ya sugiere un recorrido vital. ¿Qué encontrará el lector en ese libro?

—Es, en efecto, un recorrido por los caminos que ha tomado mi vida. En sus páginas hay recuerdos de mi ejercicio como médico internista, de los años de formación en el exterior, de viajes, encuentros y aprendizajes. Pero sobre todo hay reflexiones sobre la vida misma: sobre el dolor, la esperanza, la resiliencia y la capacidad humana de reinventarse.

—Su más reciente obra, El juego del silencio, aborda un tema particularmente delicado: la adicción al juego. ¿Por qué decidió explorar ese universo?

—Porque es un problema que muchas veces pasa desapercibido. El juego suele verse como una actividad recreativa, pero en algunos casos puede convertirse en una dependencia silenciosa. Me interesaba explorar ese tránsito casi imperceptible entre el entretenimiento y la obsesión. En la novela, el protagonista es un jubilado que busca romper la rutina diaria y termina enfrentándose a una realidad que no imaginaba.

—El libro incorpora incluso elementos de la neurociencia para explicar ciertos comportamientos.

—Sí, porque el cerebro juega un papel fundamental en estos procesos. La dopamina, por ejemplo, está asociada con la anticipación y la recompensa, y puede convertir pequeños hábitos en conductas difíciles de controlar. Me parecía importante mostrar ese aspecto para que el lector comprenda que detrás de ciertas conductas hay mecanismos biológicos y emocionales complejos.

—En su obra aparece con frecuencia una preocupación por los vínculos humanos.

—Así es. Creo profundamente en la importancia de la familia y del acompañamiento. Muchos problemas que parecen individuales, en realidad se resuelven desde lo colectivo: desde el apoyo afectivo, la comprensión y, cuando es necesario, la ayuda profesional. Nadie debería enfrentar sus dificultades completamente solo.

—Usted suele decir que no se considera escritor ni cronista.

—Es verdad. Yo siempre digo que soy simplemente un escribiente. Alguien que intenta dejar constancia de lo que ha vivido y aprendido. Me gusta pensar que escribir es una forma de llevar la contabilidad de la vida: registrar lo que nos sucede para entender mejor quiénes somos.

—Sin embargo, muchos lectores encuentran en sus textos una clara vocación narrativa.

—Si eso ocurre, me alegra profundamente. Significa que las historias lograron cumplir su propósito: conectar con la experiencia del lector. Al final, escribir no es un ejercicio de vanidad sino un acto de comunicación.

—Actualmente trabaja en una novela histórica titulada 1970. ¿Qué puede adelantarnos sobre ese proyecto?

—Es una historia ambientada en un momento crucial de la vida política colombiana: las elecciones presidenciales de 1970. A través de varios personajes intento explorar el ambiente social y político de aquella época y reflexionar sobre temas que siguen siendo vigentes, como la democracia, la ética y el poder. Es un proyecto que exige investigación y paciencia, pero que me entusiasma mucho.

—Después de tres libros publicados, ¿qué significa hoy para usted escribir?

—Es una forma de dialogar con la vida. Escribir me permite ordenar recuerdos, reflexionar sobre lo vivido y, en cierta manera, devolverle al tiempo algo de lo que me ha dado. Si además esas palabras logran acompañar o inspirar a alguien, entonces el esfuerzo ha valido la pena.

—Dejando de lado su vida como médico, ¿cómo es su proceso creativo como escritor? ¿Cómo nace la inspiración y cómo transcurre un día en su rutina de escritura?

—Mi relación con la escritura comenzó desde joven, cuando prefería leer mientras otros jugaban. Más adelante publiqué una columna semanal en El Pilón titulada “Para la reflexión”, donde escribí cerca de cincuenta textos.

Hoy mi rutina es sencilla: me levanto muy temprano, preparo un café y escribo durante un par de horas. Mi método consiste en escribir todo lo que se me ocurre y luego revisar, seleccionar lo que sirve y eliminar lo que no. Más que inspiración, lo fundamental es la disciplina: escribir todos los días. Si no lo hago, siento que el día queda incompleto.

—Durante muchos años usted fue médico internista y su oficio consistía en recetar fórmulas y medicamentos. Hoy, como escritor, si tuviera que prescribir lecturas para los jóvenes, ¿qué autores o qué tipo de libros les recomendaría?

—Más que recomendar autores específicos, invitaría a los jóvenes a leer aquello que realmente les despierte interés. A mí me gusta mucho la literatura costumbrista, porque conserva la memoria de la vida y, cuando está bien escrita, no solo cuenta las cosas: las muestra, permite que el lector las imagine.

Lo verdaderamente importante es leer. Antes, como médico, recetaba medicamentos; ahora receto lectura. Los libros ejercitan el cerebro, lo mantienen activo. Y si además de leer alguien siente ganas de escribir, que lo haga. Al fin y al cabo, si existe un libro que uno quisiera leer y aún no está escrito, lo mejor es sentarse a escribirlo.

—Doctor Galiano, ¿hay algún tipo de lectura que usted no recomendaría, especialmente para niños y jóvenes?

—No hablaría de géneros que deban evitarse. La fantasía, por ejemplo, puede ser maravillosa cuando está bien escrita; autores como Julio Verne nos enseñaron a soñar y a imaginar mundos posibles. Lo preocupante no es la fantasía, sino los textos que presentan falsedades como si fueran hechos históricos. Cuando la historia se manipula o se tergiversa para servir a determinadas ideologías, se engaña al lector. Por eso, más que prohibir lecturas, lo importante es fomentar un espíritu crítico que permita distinguir entre la imaginación legítima y la distorsión de la realidad.

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