Durante décadas, Josefina Villarreal Herrera ha recorrido pueblos, carnavales, tragedias y celebraciones con una cámara entre las manos y el periodismo atravesándole la vida. Su lente ha registrado parte de la memoria del Caribe colombiano, esa que muchas veces queda atrapada en una imagen cotidiana, en un gesto o en una escena que parece pequeña, pero termina diciendo mucho más de lo que las palabras alcanzan a contar.
Por eso, el reconocimiento Vida y Obra que recibió en los premios Ernesto McCausland Soho 2026 terminó siendo un aplauso a una mujer que convirtió la fotografía en una manera de narrar la región. “Esto es algo grande, algo emocionante, algo que mi Dios me ha regalado”, expresó al referirse al reconocimiento, mientras resumía su carrera en una frase sencilla: “Todo esto es llamado a dedicación y a pasión por mi trabajo”.
Esa pasión, cuenta ella misma, viene de casa. Lleva el apellido Villarreal no solo como herencia familiar, sino también como una marca inevitable del oficio. Hija del reconocido fotógrafo Miguel Villarreal, Josefina creció viendo cómo la fotografía y la música convivían en una misma persona. Lo recuerda amante del bolero, querido entre periodistas y capaz de subirse a una tarima a cantar en medio de una fiesta del viejo Hotel Royal. “Fue el más aplaudido de la noche”, recordó entre risas sobre aquel momento en el que alcanzó a verlo ya siendo profesional.
Aunque hoy es una de las figuras más representativas del fotoperiodismo en la región Caribe, su historia comenzó escribiendo notas y cubriendo crónica judicial en Diario La Libertad. Ahí entendió que las noticias también podían narrarse desde una imagen. “Yo misma tomo mi foto y hago la nota”, le dijo un día a su jefe de redacción, decisión que terminaría cambiándole la vida. Con esfuerzo compró su primera cámara de rollo, mientras su padre la ayudaba a conseguir los rollos fotográficos cuando el dinero no alcanzaba.
Desde entonces, la cámara se convirtió en una extensión de su mirada. Pasó por sociales, locales y cubrimientos institucionales hasta dedicarse completamente a la fotografía, aunque sin abandonar del todo la escritura. “Me fue gustando, me fue gustando”, contó sobre ese proceso natural que terminó llevándola a especializarse en un oficio al que ya le ha dedicado más de 25 años, dentro de una trayectoria periodística cercana a las tres décadas y media.
En medio de una época donde millones de personas toman fotografías desde un celular, Josefina defiende la esencia del oficio con la misma firmeza con la que encuadra una escena. Para ella, la fotografía profesional sigue teniendo valor, no únicamente por la técnica, sino también por la sensibilidad detrás de cada imagen. “Tu trabajo siempre tienes que valorarlo”, afirmó al enviar un mensaje a las nuevas generaciones, insistiendo en que una cámara no reemplaza el criterio, la experiencia ni el ojo del fotógrafo.
Y precisamente ese “ojo” es lo que mejor parece definir su carrera. Más allá de cumplir una asignación periodística, Josefina tiene la capacidad de descubrir historias donde aparentemente no las hay. Lo hizo en medio de la pandemia, cuando salió a cubrir una situación y terminó encontrando a un grupo de jóvenes entrenando descalzos entre el barro, imagen que terminó conectándose con una historia mucho más profunda sobre resistencia y esperanza.
“A uno nunca se le puede perder eso”, dijo sobre el olfato periodístico. Y tal vez por eso sus fotografías de carnaval, de pueblos, de naturaleza o de gente sencilla terminan teniendo algo distinto. Hay en ellas una búsqueda permanente por retratar el alma de los lugares y de las personas.
Hoy, tras el reconocimiento a su Vida y Obra, Josefina Villarreal confirma que las mejores fotografías a veces son simplemente aquellas que logran quedarse viviendo en la memoria de una región entera.


