Después de 19 días de angustia y desesperación, la familia Hortúa Bonilla volvió a abrazar a Lyan José, el niño de seis años que había sido secuestrado por las disidencias de las Farc, estructura Jaime Martínez, en el corregimiento Potrerito, zona rural de Jamundí, Valle del Cauca. Su liberación, ocurrida el miércoles 21 de mayo, trajo un alivio colectivo en medio de una situación que conmocionó a todo el país.
El menor fue raptado mientras compartía con su familia en una finca campestre, en un hecho que generó temor en la comunidad y reacciones inmediatas por parte de las autoridades. Las imágenes captadas por cámaras de seguridad mostraron cómo cinco hombres armados ingresaron al lugar, intimidaron al personal del servicio doméstico y se llevaron a Lyan hacia la zona montañosa del municipio.
Tras su liberación, se confirmó que el niño se encuentra en buen estado de salud. Fue entregado a una comisión humanitaria que, de forma inmediata, lo trasladó para recibir acompañamiento médico y psicológico. Las autoridades también informaron que continúan las investigaciones para capturar a los responsables de este hecho.
Durante los días de cautiverio, la madre del menor, Angie Bonilla, compartió públicamente su dolor: “Esto es una muerte en vida”, dijo, en un clamor desgarrador que encontró eco en todo el país. El presidente Gustavo Petro y el alcalde de Cali, Alejandro Éder, también se pronunciaron condenando el secuestro y exigiendo la liberación del niño.
Joshua Suárez, padrastro del menor, fue uno de los primeros en abrazar a Lyan tras su retorno. Relató que el niño estuvo esposado y humillado durante cuatro días. A pesar de ello, expresó un mensaje de perdón hacia los secuestradores. “Me duele no haber estado ahí para evitar que se lo llevaran”, dijo, visiblemente afectado, y reveló que la familia ahora evalúa la posibilidad de abandonar el país por seguridad.
El regreso de Lyan representa un alivio momentáneo en medio de una realidad compleja marcada por la violencia y la inseguridad en varias regiones del país. Su historia evidencia los desafíos que aún persisten en los territorios rurales y el impacto profundo que el conflicto armado continúa generando en la vida de miles de colombianos.


