La realidad geográfica y geológica de Colombia expone de manera constante al territorio nacional a eventos de origen natural que amenazan la seguridad de su población, sus bienes y el medio ambiente. Entre estas amenazas, los movimientos telúricos y la actividad sísmica representan una de las variables más críticas debido a su naturaleza súbita e impredecible. Un claro ejemplo de esta vulnerabilidad se evidenció con el sismo ocurrido el pasado 10 de agosto en la localidad de San José del Palmar, en el departamento del Chocó. Ante esta emergencia, la Defensa Civil Colombiana desplegó de forma inmediata toda su capacidad operativa y humana para brindar la atención necesaria en la zona afectada. La magnitud del esfuerzo de respuesta coordinado por la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres se vio reflejada en que, a los diez días del suceso, ya habían participado más de 1.800 rescatistas en las labores de asistencia y mitigación de daños.
La impredecibilidad de este tipo de fenómenos geológicos nos recuerda que un evento de igual o mayor magnitud puede repetirse en cualquier momento y en cualquier punto de la geografía nacional. Para hacer frente a esta constante amenaza, el país cuenta con protocolos especializados como el Programa Nacional de Búsqueda y Rescate Urbano, conocido como USAR, cuyo propósito es la localización, extracción y estabilización inicial de personas atrapadas bajo escombros debido a colapsos estructurales a gran escala. No obstante, la preparación no debe ser exclusivamente de las instituciones especializadas. La implementación y el fortalecimiento de los Sistemas de Alerta Temprana representan un pilar fundamental en la gestión del riesgo de desastres, pues permiten identificar y comunicar situaciones de peligro con el tiempo suficiente para que tanto los actores públicos como las comunidades actúen de manera apropiada y reduzcan la pérdida de vidas humanas.
En el marco de estas adversidades, la solidaridad emerge como un valor indispensable para la cohesión social y la supervivencia colectiva, conectando de forma directa con los principios históricos de mutualidad y apoyo mutuo entre los sectores de la sociedad. La labor humanitaria de entidades como la Cruz Roja Colombiana y los cuerpos de socorristas se fundamenta en principios como la humanidad y la imparcialidad, los cuales buscan aliviar el sufrimiento de las personas más vulnerables sin realizar ningún tipo de distinción. Esta mano amiga no es una acción aislada, sino una responsabilidad ética y comunitaria que invita a todos los colombianos a involucrarse activamente en los procesos de voluntariado y apoyo social, reconociendo que la vulnerabilidad de un compatriota nos afecta como nación y que la respuesta coordinada es el único camino para superar las crisis.
Paralelamente a las amenazas geológicas, el país enfrenta actualmente el azote de incendios forestales que consumen importantes zonas vegetales, como ocurre en el departamento del Tolima, donde más de 300 unidades del Sistema Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres combaten arduamente las llamas. Estos incendios, que se ven intensificados por factores climáticos severos como el fenómeno de El Niño, generan repercusiones devastadoras que trascienden el plano ambiental, afectando la salud, la economía y la seguridad alimentaria de todos los colombianos. Para evitar la propagación de estos eventos, es indispensable robustecer la educación comunitaria y las capacidades locales de prevención. Iniciativas como las jornadas de capacitación técnica dirigidas a periodistas en departamentos como el Cesar, desarrolladas en conjunto con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, demuestran la importancia de informar de manera precisa a la sociedad civil sobre la prevención de incendios y la gestión forestal adecuada.
Frente a la devastación provocada por estos incendios, la solidaridad nacional debe manifestarse con la misma fuerza que ante un sismo, asumiendo que los damnificados directos por la pérdida de sus hogares y cultivos requieren de una asistencia humanitaria oportuna. La participación activa en los programas de gestión social y ambiental de las organizaciones de socorro permite articular una red de ayuda que amortigua el impacto de estos desastres. Es imperativo comprender que la protección de nuestros compatriotas frente a las emergencias ambientales y geológicas es una tarea colectiva; el fortalecimiento de los recursos de respuesta y la empatía activa hacia quienes sufren los rigores de la naturaleza son las herramientas que garantizan la resiliencia y el bienestar futuro de todo el territorio nacional
Jorge Enrique H El caballero de la PH


