Mathieu Vigier-Latour, un estudiante francés de 24 años, buscaba una barba completa y soñaba con lograrlo a través de un trasplante de cabello. En marzo, viajó desde su pequeña comunidad en Aubagne a Estambul, Turquía, donde una operación de bajo costo —1,300 euros, una fracción de lo que costaría en Francia— terminó en desastre. En lugar de un cirujano cualificado, quien realizó la operación fue un agente inmobiliario que se hacía pasar por médico. Tras el procedimiento, la barba crecía con un ángulo extraño y punzante, causando no solo un cambio estético, sino también intensos dolores. La pesadilla se intensificó al regresar a Francia, cuando descubrió la verdadera identidad de su “cirujano”.

Avergonzado y atrapado en una espiral de dolor físico y emocional, Mathieu comenzó a experimentar un trastorno dismórfico corporal, una condición de salud mental caracterizada por la preocupación excesiva por defectos físicos imaginados o exagerados. Aunque finalmente localizó a un médico en Bélgica dispuesto a corregir el procedimiento y le aseguró que el problema era “fácilmente solucionable,” la depresión en la que había caído fue devastadora. Apenas tres meses después de su operación, y sin ver una salida, Mathieu se quitó la vida el 9 de junio en su habitación de estudiante.



