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Antolín Díaz y Magangué: el rescate de Albio Martínez Simanca

RedacciónPor: Redacción
14 septiembre, 2026
Antolín Díaz y Magangué: el rescate de Albio Martínez Simanca

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Por Fausto Pérez Villarreal

De mi participación en la trigésima cuarta edición del Festival de Literatura de Córdoba y el Caribe, celebrado recientemente en Montería, quedaron varias experiencias gratas, de esas que permanecen después de que se apagan los escenarios y termina el bullicio de los encuentros literarios. Entre ellas ocupa un sitio especial el libro ‘Antolín Díaz en Magangué’, del investigador y escritor Albio Martínez Simanca, nacido en 1950 en San Carlos, Córdoba.

Recibir ese volumen significó para mí algo más que sumar un título a mi biblioteca: fue encontrarme con una parcela de la memoria periodística del Caribe y con uno de sus personajes más singulares.

Tuve, además, la oportunidad de conversar personalmente con Albio Martínez Simanca, quien con gran generosidad me obsequió un ejemplar de su investigación. Esa misma jornada lo escuché exponer sobre Antolín Díaz en el auditorio de la Biblioteca del Banco de la República, en un encuentro que contó con el escritor José Luis Garcés González como anfitrión e interlocutor. La asistencia fue nutrida y la intervención del investigador resultó clara, documentada y lúcida. Martínez Simanca habló con la autoridad que concede una larga familiaridad con los archivos y con la paciencia de quien ha dedicado años a rescatar del olvido una figura fundamental del periodismo regional.

Antolín Díaz merece esa tarea de recuperación. Su nombre pertenece a una generación de periodistas que aprendieron el oficio cuando todavía las redacciones olían a tinta, papel y plomo, y cuando contar una noticia exigía recorrer caminos, conversar con la gente y mirar de frente las circunstancias. Nacido en San Carlos en 1895, tuvo sus primeros contactos con el periodismo en Montería, en la imprenta de Fiat Lux. Allí conoció las entrañas del oficio y empezó a construir una trayectoria que posteriormente lo llevaría por diferentes ciudades y periódicos de Colombia.

En ese recorrido, Magangué ocupa un capítulo de particular significación. La ciudad ribereña fue escenario de una etapa decisiva para aquel periodista inquieto que comenzaba a consolidar una voz propia. Allí escribió para El Pequeño Diario y fundó El Decoro, entre 1921 y 1922. Todavía no era el hombre de prensa que alcanzaría reconocimiento nacional ni el periodista que más adelante tendría presencia en las páginas de El Espectador y El Tiempo. Era, en cambio, un trabajador de la palabra que empezaba a comprender que el periodismo podía ser mucho más que un oficio: podía convertirse en una forma de mirar y revelar la realidad.

Ensayista de vocación, Albio Martínez ha centrado su producción intelectual en este género. Su primer hito editorial fue en 2004 con el estudio Vida y obra de Antolín Díaz, trabajo que coincidió con la obtención del Premio Nacional de Ensayo Literario Guillermo Téllez —concedido por el Instituto de Cultura y Turismo de Bolívar— gracias a su obra Simón Latino y la Librería La Gran Colombia, patrimonio cultural de Bogotá.

Su bibliografía incluye además títulos como ‘Guillermo Valencia Salgado, el Compae Goyo del folclor colombiano’(2025); ‘Cinturón de Orión: Génesis de la Ciencia Ficción en Colombia 1928-1936’ (2022); ‘Adolfo Pacheco, juglar de los Montes de María’ (2014); ‘Estudiantes y cambios generacionales en la sociedad colombiana’ (2011); ‘José Félix Fuenmayor, entre la tradición y la vanguardia’ (2011);‘Antolín Díaz, el coloso del periodismo’ (2003); ‘Alejandro Durán, su vida y su música’ (1999) y ‘Guía práctica para la evaluación cualitativa’ (1998).

En 2019 obtuvo una beca del Ministerio de Cultura para adelantar talleres de formación dirigidos a estudiantes y docentes del departamento de Córdoba sobre la vida y obra de Guillermo Valencia Salgado, el Compae Goyo. En 2025 recibió el Libro de Oro de la Literatura Colombiana en el Parlamento Internacional de Escritores de Cartagena de Indias.

‘Antolín Díaz en Magangué’ (2026) vuelve la mirada precisamente sobre ese episodio. Magangué deja de ser una simple referencia dentro de una extensa biografía para adquirir protagonismo propio. En sus calles, en su dinámica comercial, en la cercanía del río y en el movimiento humano de aquella época, Antolín Díaz encontró una realidad abundante en acontecimientos y personajes. Allí pudo afinar esa mirada de reportero que después llevaría consigo por otros escenarios del país. La ciudad se convirtió, de alguna manera, en una de las estaciones donde se fortaleció su vocación periodística.

No es la primera vez que Martínez Simanca se interna en la vida y la obra de Antolín Díaz. Su investigación ‘Antolín Díaz, el coloso del periodismo’, publicada en 2003, constituye un trabajo de considerable amplitud sobre este periodista, su trayectoria y sus escritos. Aquel esfuerzo permitió recuperar materiales que corrían el riesgo de quedar sepultados en archivos y hemerotecas. El investigador ha asumido, así, una tarea que tiene mucho de rescate histórico y también de reivindicación: devolverle a Antolín Díaz el sitio que merece dentro de la historia del periodismo colombiano.

Pero Antolín Díaz no interesa únicamente por su condición de periodista. También resulta sugestivo por la manera como convirtió la experiencia y la observación en materia narrativa. Su libro ‘Sinú, pasión y vida del trópico’, publicado en 1935, es una muestra de esa capacidad para aproximarse a la realidad con recursos que hoy reconocemos en la crónica: personajes, escenas, diálogos, ambientes y una mirada atenta a los seres humanos que protagonizan los acontecimientos. Su trabajo fue valorado por figuras como Hernando Téllez y, posteriormente, Daniel Samper Pizano reconoció en sus páginas algunos rasgos que permiten relacionarlo con la evolución de la crónica moderna.

Acercarse a Antolín Díaz significa, entonces, volver la mirada hacia una época en la que el Caribe comenzaba a ser contado desde sus propias entrañas. Antes de que la región alcanzara la extraordinaria dimensión literaria que tendría décadas después, hubo periodistas que caminaron sus poblaciones, navegaron sus ríos, escucharon sus voces y registraron sus dramas. Antolín Díaz fue uno de ellos. Su escritura nació del contacto con la realidad y de una curiosidad permanente por los hombres y las circunstancias que encontraba en el camino. En sus textos palpita una época que hoy podemos reconstruir gracias a quienes tuvieron la paciencia de conservar sus huellas.

Como periodista, no puedo leer este rescate sin sentir una cercanía especial. Recuperar a Antolín Díaz equivale también a recuperar la memoria de un oficio. Antes de las facultades de comunicación, antes de las herramientas digitales y de la velocidad vertiginosa de las noticias actuales, existieron hombres que aprendieron a informar en las imprentas, en las calles y en los caminos. Periodistas para quienes la reportería significaba buscar, preguntar, comprobar y contar. Volver sobre ellos permite recordar que el periodismo no nació con la tecnología, sino con la necesidad humana de dejar testimonio de su tiempo.

Por eso regresé de Montería con un libro entre las manos y una historia renovada en la memoria. Antolín Díaz en Magangué, de Albio Martínez Simanca, terminó siendo una de esas gratas sorpresas que a veces depara un festival literario. La conversación con su autor, su exposición ante el público y el encuentro con José Luis Garcés González completaron una jornada particularmente estimulante. Cerré el libro con la sensación de haber recorrido, a través de sus páginas, una parte del Caribe que todavía tiene mucho que contar. Y pensé que quizá ese sea uno de los mayores méritos de la investigación: rescatar a un hombre de las sombras del olvido para devolverlo a la conversación de los vivos. Antolín Díaz vuelve así desde Magangué, con su vieja pasión por el periodismo, y con la certeza de que mientras alguien vuelva a leerlo, su voz no habrá dejado de existir.

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