El panorama climático global y nacional se encuentra actualmente definido por la confirmación oficial del inicio del fenómeno de El Niño en junio de 2026, un evento que se ha manifestado aproximadamente tres meses antes de lo proyectado inicialmente por las autoridades meteorológicas.
Este fenómeno, que según modelos internacionales tiene una probabilidad del noventa y seis por ciento de persistir durante el trimestre comprendido entre noviembre de 2026 y enero de 2027, podría alcanzar una intensidad muy fuerte, configurándose como uno de los eventos más potentes registrados en las últimas décadas.
Los efectos directos de esta anomalía climática incluyen aumentos drásticos en la temperatura superficial, una mayor evapotranspiración y una disminución crítica de las precipitaciones en regiones fundamentales como la Andina, la Caribe y la Pacífica.
Para el ser humano, el calor extremo derivado de estas condiciones climáticas representa un riesgo sistémico que trasciende la simple incomodidad térmica y se convierte en un factor determinante de morbilidad y mortalidad.
El incremento de la temperatura ambiental agrava significativamente las enfermedades crónicas no transmisibles, provocando un aumento en las muertes prematuras asociadas a fallas cardiovasculares, diabetes y problemas respiratorios crónicos. En entornos urbanos densamente poblados, este riesgo se ve multiplicado por el fenómeno conocido como islas de calor urbanas, donde la tecnomasa o infraestructura construida retiene el calor y eleva la temperatura local por encima de los promedios regionales. Además del estrés térmico directo, el calor extremo facilita la formación de contaminantes secundarios como el ozono troposférico, el cual se genera mediante reacciones químicas en presencia de radiación solar intensa y provoca daños severos en los pulmones y el sistema respiratorio superior.
Las poblaciones más vulnerables ante este escenario de super niño incluyen a los niños menores de cinco años, cuyas funciones orgánicas aún están madurando, y a los adultos mayores, especialmente en una ciudad que atraviesa una transición demográfica hacia el envejecimiento. Las mujeres gestantes también enfrentan peligros elevados, ya que el feto es particularmente sensible a las variaciones ambientales y a la degradación de la calidad del aire que suele acompañar a las olas de calor.
El impacto se extiende a la seguridad alimentaria, pues la sequía prolongada y las altas temperaturas reducen la disponibilidad de alimentos y encarecen la canasta básica, afectando especialmente a quienes ya se encuentran en situación de pobreza o inseguridad alimentaria grave. La escasez de agua potable generada por el descenso en los niveles de los embalses, como el sistema Chingaza que abastece a gran parte de la población, obliga a implementar medidas de racionamiento que complican el mantenimiento de hábitos de higiene necesarios para prevenir enfermedades en temporadas de calor. Para evitar estas consecuencias devastadoras, es fundamental que la planificación del territorio se ordene alrededor del agua y la justicia ambiental, priorizando la conservación de los servicios ecosistémicos que regulan el clima. La protección y restauración de humedales y cerros orientales es vital, ya que estos ecosistemas funcionan como pulmones y reguladores térmicos naturales que ayudan a mitigar el efecto de las altas temperaturas en la ciudad.
En el ámbito individual, se recomienda a la ciudadanía reducir la actividad física al aire libre durante las horas de mayor radiación y mantenerse hidratado con un uso responsable y consciente del recurso hídrico. Es imperativo que la población consulte constantemente los boletines de alertas tempranas y utilice herramientas digitales para recibir información en tiempo real sobre la calidad del aire y los picos térmicos.
La implementación de infraestructuras verdes, como techos ajardinados y agricultura urbana, puede contribuir a reducir la vulnerabilidad climática de los hogares al proporcionar un aislamiento térmico natural. Asimismo, la nueva política de educación ambiental en Colombia busca transformar la cultura ciudadana para que niños y jóvenes se conviertan en actores clave en la toma de decisiones y en la promoción de prácticas de adaptación al cambio climático en sus territorios.
Las autoridades ambientales deben fortalecer el seguimiento de los contaminantes criterio y mejorar la gobernanza del aire, integrando a los sectores públicos y privados en la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero que alimentan el calentamiento global. El cumplimiento estricto de la normatividad ambiental y la denuncia de actividades ilícitas como las quemas abiertas son esenciales para evitar incendios forestales que deterioran aún más la atmósfera y la salud pública durante el fenómeno de El Niño. La gestión del riesgo debe incluir el reasentamiento de familias en zonas de alto peligro no mitigable y el fortalecimiento de los cuerpos de socorro para atender emergencias sanitarias derivadas del clima. Finalmente, la resiliencia humana ante este super niño dependerá de una acción colectiva coordinada que valore la vida en todas sus formas y comprenda que la salud del ambiente es indisociable del bienestar del hombre.
Jorge Enrique H El caballero de la PH


