Este lunes, 21 de abril, el mundo católico y gran parte de la humanidad despierta con una noticia que estremece el alma: el papa Francisco ha fallecido a los 88 años en su residencia de Santa Marta, tras no superar las complicaciones de una neumonía bilateral que lo mantuvo hospitalizado desde el pasado 14 de febrero en el hospital Gemelli de Roma. A pesar de los esfuerzos médicos y las oraciones elevadas desde todos los rincones del planeta, el primer papa latinoamericano, el jesuita argentino que cambió el rostro del Vaticano, ha partido.
Desde su elección en 2013, Jorge Mario Bergoglio fue mucho más que un jefe de Estado o una figura religiosa: fue un símbolo de cercanía, un pastor con olor a oveja como él mismo decía, que caminó entre los fieles con zapatos gastados y palabras sencillas. Su pontificado marcó un antes y un después en la historia reciente de la Iglesia Católica. Lo hizo hablando claro, abrazando a los más pobres, denunciando la corrupción, defendiendo el medio ambiente y apostando por una Iglesia menos rígida y más misericordiosa.
Para muchos Francisco fue la voz de los que no tienen voz. En un mundo fragmentado por la desigualdad, la guerra y la indiferencia, levantó su cruz por los migrantes, los descartados, los ancianos, los jóvenes sin rumbo. Pidió tender puentes, no levantar muros. Enfrentó con firmeza los escándalos de abuso en la Iglesia, pidiendo perdón con lágrimas en los ojos y reformas con puño firme. Fue amado y también criticado, como lo son todos los que se atreven a tocar estructuras anquilosadas. Pero nunca dejó de intentar.
Vivió con sencillez, resistiéndose al boato de los palacios apostólicos, y optando por la residencia de Santa Marta, donde murió esta madrugada. Hablaba con lenguaje cotidiano, cuidaba cada gesto, y tenía una capacidad asombrosa de conectar con quienes lo escuchaban. Fue el Papa de los gestos: besó los pies de líderes enfrentados, lavó los pies a presos y migrantes, abrazó con fuerza a los enfermos. Su legado no está solo en sus encíclicas o discursos, sino en esas escenas pequeñas que se grabaron en la memoria colectiva.
Hoy el mundo lo despide con dolor, pero también con profunda gratitud. Porque Francisco nos recordó, una y otra vez, que la fe no se grita, se vive. Que la Iglesia no es un museo para santos, sino un hospital para heridos. Que el amor es más fuerte que el miedo.
En los años finales de su vida, debilitado físicamente pero lúcido de espíritu, Francisco supo prepararse para este momento con serenidad. “Recen por mí”, repetía al final de cada encuentro. Hoy, millones lo hacen con lágrimas en los ojos y el corazón conmovido.


