Tambores, turbantes y cuerdas marcaron el hilo narrativo de la puesta en escena protagonizada por la Reina Michelle Char durante la Lectura del Bando del Carnaval de Barranquilla. La propuesta escénica rindió homenaje al legado ancestral de la etnia africana y a la huella profunda que dejó en los territorios del Caribe, exaltando la memoria, la resistencia y la espiritualidad del pueblo afrodescendiente.
El recorrido simbólico comenzó en el continente africano, con una escena ambientada en la selva, donde la naturaleza tomó protagonismo. Aves y animales sagrados como el león y el elefante acompañaron una atmósfera ritual que evocó el origen, la fuerza y la conexión espiritual del territorio madre.
La narración avanzó hacia la vida comunitaria de una aldea africana, mostrando el amanecer y las labores cotidianas. Tres tribus entraron en tensión por el territorio, pero el conflicto se resolvió desde la unión. En ese momento, la Reina asumió el rol de líder y mediadora, recibiendo el báculo y el turbante como símbolos de autoridad espiritual y representación del legado ancestral.
El relato dio paso a la diáspora africana, representada a través de cuerdas escénicas que simbolizaron los barcos negreros y el tránsito forzado hacia nuevas tierras. Sin recrear el dolor explícito de la esclavitud, la escena resaltó la fortaleza y la resistencia cultural con la que el pueblo africano llegó al Caribe. El tambor permaneció como eje sonoro, afirmando la continuidad de la memoria ancestral.
La llegada a las Antillas estuvo marcada por una explosión de ritmos y colores. La Reina reapareció adornada con palmeras, dando paso a expresiones musicales y dancísticas como la plena cubana y puertorriqueña, la bomba, el guaguancó, la salsa y la soca. En este tramo, el tambor se consolidó como la voz que conecta el pasado africano con el presente caribeño.
La travesía continuó hacia Colombia con una parada simbólica en San Basilio de Palenque. Un coro góspel abrió la escena para dar paso a las cantadoras afro. En escena estuvieron figuras representativas como Lina Babilonia y La Carmen, acompañadas por cerca de 50 mujeres afrodescendientes de distintas edades, cuerpos y tonalidades de piel, exaltando la diversidad y la belleza real.
Ritmos como el bullerengue, la chalupa, la tambora, los bailes cantaos, el mapalé, los juegos palenqueros y el sexteto recrearon la vida comunitaria, la resistencia y la celebración de los cabildos abiertos del pueblo afro en sus espacios de libertad.
Desde Palenque, la herencia afro llegó a Barranquilla. La Danza del Congo, traída hace más de 150 años, tomó protagonismo como uno de los símbolos más representativos del Carnaval, con la presencia del Congo Grande y el Rey Momo Adolfo Maury. En un acto simbólico, el turbante y el tambor fueron entregados a las nuevas generaciones, reafirmando la continuidad del legado ancestral. A este momento se sumaron la cumbia, el mapalé, la puya y otras danzas tradicionales que consolidan el espíritu festivo de la ciudad.
El cierre trasladó la escena a la verbena barranquillera. Se evocó la época en la que los barrios elegían a sus reinas en casetas emblemáticas como La Tanguita Roja, Las Tapas, la Comunal y Alma Tropical, cuando cada sector vivía su propia fiesta y competía por el reconocimiento popular. La champeta puso el punto final, como expresión actual de la celebración y herencia afro que sigue viva en las calles de Barranquilla.


