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La herencia de una urna

Mauricio MolinaresPor: Mauricio Molinares
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Un poema para Colombia, para quienes ya no están y para quienes todavía no han nacido.

Hay decisiones que duran cuatro años…

pero hay votos que escriben décadas de historia.

Hay pueblos que hoy darían cualquier cosa por regresar apenas unos minutos al silencio de una urna y volver a elegir.

Pero el tiempo no concede segundas votaciones.

Las decisiones de una generación terminan convirtiéndose en la herencia de la siguiente.

Por eso hay horas en que una patria debe mirarse al espejo y preguntarse, en silencio, si todavía recuerda quién es.

Colombia no es solo un mapa.

Es la fotografía gastada de un abuelo que sembró café soñando un país mejor.

Es una madre que aún madruga cuando todos duermen.

Es el soldado que abrazó la bandera antes que el miedo.

Es el campesino que nunca dejó de creer en la tierra.

Es el niño que algún día nos preguntará qué hicimos cuando la patria nos necesitó.

Por eso, cuando llega la hora de votar, nadie entra solo al silencio de un cubiculo.

Entran con nosotros las manos callosas de nuestros viejos.

Las oraciones de nuestras madres.

La sonrisa de nuestros hijos.

Y el rostro de los nietos que todavía no han nacido.

También entra la Constitución del 91, ese pacto que varias generaciones levantaron para que ningún hombre volviera a creerse dueño de Colombia.

Una casa construida sobre pesos y contrapesos.

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Sobre instituciones que nos recuerdan que la libertad solo perdura cuando el poder también tiene límites.

Libertad y Orden, dice nuestro escudo.

Y no es una frase grabada en el metal.

Es el sueño de una República donde la ley proteja al humilde y donde el poder jamás esté por encima de la dignidad humana.

Que Colombia comprenda, por fin, las palabras del que murió en la cruz.

Que entienda que ninguna victoria vale la pena si para alcanzarla se pierde el alma.

Necesitamos gobernantes que, aun siendo imperfectos porque son humanos, sean gobernados por la virtud.

Hombres que prefieran perder el poder antes que perder el honor.

Que jamás hagan las paces con el crimen.

Ni con la corrupción.

Ni con la ilegalidad.

Cuando el poder hace amistad con la oscuridad, comienza a romperse el alma misma de la República.

Tampoco necesitamos más fuego.

Ningún estallido devuelve el pan a la mesa de una familia.

Ningún incendio reconstruye el cuaderno de un niño.

Ninguna piedra construye una escuela.

Ningún bloqueo devuelve la esperanza.

La democracia habla con votos y no con llamas.

Con argumentos y no con violencia.

Con esperanza y no con miedo.

Por eso, vota.

Vota como quien planta un árbol cuya sombra disfrutarán otros.

Vota pensando en la silla vacía de tu padre.

En el abrazo de tu madre.

En la voz de tus abuelos.

En los ojos de tus hijos.

Y cuando el pueblo haya hablado, oremos todos.

Que Dios bendiga al hombre que Colombia escoja para gobernarla.

Que le conceda sabiduría sin orgullo.

Autoridad sin abuso.

Firmeza sin odio.

Y un corazón suficientemente limpio para reconstruir esta Nación.

Que lo libre de la soberbia, de las malas compañías, del crimen, de la corrupción y de toda tentación que aparte sus pasos de la verdad.

Que le conceda el carácter para servir antes que mandar, la humildad para escuchar antes que imponer y el temor de Dios necesario para recordar que toda autoridad deberá rendir cuentas delante del cielo.

Los gobiernos pasan.

Las generaciones también.

Pero los pueblos que honran la libertad, respetan sus instituciones y caminan bajo la gracia de Dios siempre encuentran el camino de regreso a la esperanza.

Hay decisiones que duran cuatro años, pero hay votos que escriben décadas de historia.

Y ojalá que, cuando nuestros nietos nos pregunten qué hicimos en esta hora decisiva, podamos mirarlos a los ojos y responderles con la serenidad de quien amó tanto a Colombia, que la defendió con su voto, con su conciencia y con su oración.

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