Está en circulación la revista La Lira, que en su edición número 75 le hace un homenaje a la música de La Guajira.
La obra música cultural de circulación trimestral, acaba de cumplir 18 años ininterrumpido de circulación y está dirigida a investigadores, estudiantes, profesores y amantes de la música en todas sus vertientes.
La revista trae 36 páginas en una impresión de alta calidad, con un diseño muy particular que se apoya en el dibujo como elemento gráfico.
Su director es Enrique Luis Muñoz, el editor Álvaro Suescún y en calidad de consejero editorial, José Antonio Segebre.
El editor señaló que: “Es una revista para coleccionar, por eso nos esmeramos mucho en su presentación, que esta vez le dedica atención a la esencia vallenata de la región, pero también a otras sonoridades como el jazz, el bolero y la salsa”
El contenido periodístico es riquísimo. Un artículo que llama la atención es “De Francisco el hombre y La Chencha”.
El artículo afirma que: “La leyenda habla de un músico guajiro al que le decían “el hombre”, que una noche encontró en uno de los caminos de la provincia a un personaje que lo retó a un duelo de versos y toques de acordeón. De aquella piqueria, “el hombre” resultó vencedor al doblegar cantando un credo de oraciones religiosas, a quien resultó ser el diablo en persona”.
Agrega que: “Aquel hombre se llamaba Francisco Antonio Moscote Guerra y ahora es el arquetipo del juglar vallenato. El investigador guajiro Ángel Acosta Medina, erudito conocedor de su vida y obra, nos ha permitido conocer las intimidades de La chencha, obra musical referenciada por él como una puya, sin embargo, la versión que interpretaba Mauricio, un hermano de Chico Bolaño que aprendió en sus frecuentes parrandas con “el hombre” es la de un merengue”.
También tiene temas de Felix Carrillo, quien es un compositor de la música vallenata, como “La yonna le puso ritmo en décima a la música vallenata” y que inicia: “En un proceso silencioso, los creadores del vallenato le dieron forma a las ex- presiones rítmicas, dancísticas e instrumentales de una música que nació sin nombre y que, con labor de artesanos, pusieron cada pieza en el lugar exacto como en un juego de ajedrez. El aporte de las generaciones posteriores ha logrado convertir a este movimiento en la música de la nación”.
Y agrega que: “Aquella música, sus instrumentos y la pasión que encierran, tuvieron su epicentro en la provincia de La Guajira. El aporte de las familias indígenas es evidente en sus ritmos, en sus danzas, en su coreografía y en sus instrumentos. El chicote, elemento antecesor del son, es de los arhuacos, pero también es de los koguis, de los arzarios y de los kankuamos, los pueblos étnicos de la Sierra Nevada donde las gaitas nacidas en la caña fina llamada carrizo, junto a los tambores, son los instrumentos esenciales. El chicote, y los carrizos en sus manos, aportaron el influjo creativo anterior a la llegada del acordeón, verdad cultural con que nuestros hermanos mayores hicieron protagonismo dentro de la música vallenata”.
Un tercer tema es se titula: “Dos músicos académicos guajiros: -Henry Pimienta Pushaina y Roger Bermúdez”, en el que se afirma: “La llamada provincia de Santa Marta comprendía los territorios de lo que hoy es La Guajira, Magdalena y Cesar. En estos límites geográficos trascendieron José Crisóstomo Alarcón, Riohacha, 1838; Manuel José Fernández Frías, Fonseca, 1867; y Raúl Mojica Mesa, Lagunita, caserío de San Juan del Cesar, 1928, músicos académicos de gran consideración de quienes pocas referencias escritas existen y, en contravía, la oralidad los menciona con ciertas imprecisiones”.
De igual forma trata temas que van desde la conocida leyenda del mítico Francisco el hombre y su duelo singular con el diablo, la sonoridad ancestral de la cultura Wayuu, hasta la figuración de Armando Manrique, Sofi Martínez, Roberto Solano, Hermócrates Pimienta, como símbolos de las otras rítmicas ya mencionadas; pasando por notas a artistas como Jorge Celedón y Pipe Peláez.
También hubo espacio para recordar a una leyenda del folclor vallenato, el compositor Hernando Marín, y reconocer la importancia de las dinastías, familias que de generación en generación han hecho aportes invaluables para garantizar la permanencia del canto regional.


