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La república del corazón: ¿Por qué Colombia prefiere votar con el estómago y no con el programa de gobierno?

Karina López VegaPor: Karina López Vega
3 junio, 2026
La república del corazón: ¿Por qué Colombia prefiere votar con el estómago y no con el programa de gobierno?

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Por: Karina López Vega
Barranquilla — Junio de 2026

Las mesas de votación cerraron y los boletines de la Registraduría ya dibujan el mapa político de una Colombia que se encamina a una segunda vuelta presidencial de infarto.

Con los principales candidatos de los extremos liderando los escrutinios nacionales, las cifras duras están sobre la mesa. Sin embargo, el verdadero fenómeno de estas elecciones no se lee en los porcentajes de los gráficos, sino en la atmósfera densa de los hogares colombianos. En los almuerzos de domingo suspendidos, en los grupos de WhatsApp familiares silenciados y en una certeza incómoda que recorre las calles: la gente ya no está votando por programas de gobierno; está votando con el corazón en la mano y el hígado en el cubículo.

Colombia ha entrado de lleno en la era del voto afectivo y personalista, un escenario donde las propuestas técnicas y los planes de desarrollo han sido desplazados por lo que cada candidato representa como símbolo, como espejo o como revancha.

El almuerzo familiar: la primera línea de la fractura

Durante décadas, el debate político en el país se movía entre maquinarias tradicionales y banderas partidistas. Hoy, los partidos tradicionales son cascarones casi vacíos y el “centro” político parece un espectro invisible frente a la fuerza de los extremos. La lealtad ya no es con un color, sino con un rostro.

Este giro hacia la hiperpersonalización de la política ha trasladado la trinchera directamente al comedor de la casa. Un joven universitario ya no discute con su padre sobre si la reforma tributaria del candidato A es más viable que la del candidato B. La discusión real es ontológica:

“Si votas por él, estás validando lo que destruye mi futuro” vs. “Si votas por ella, estás entregando el país que construí con mi lomo”.

Al personificar las opciones, el contradictor político deja de ser alguien que piensa diferente para convertirse en una amenaza moral. Votar por una persona —y no por un programa— implica que el ataque al candidato se siente como un ataque directo a la identidad del votante. Por eso duele tanto en la mesa familiar; porque ya no se juzgan las ideas de los políticos, se juzga el carácter de los seres queridos.

Un virus global: el espejo internacional

Pensar que esta fractura es un mal endémico o exclusivo de las fronteras colombianas sería un error de diagnóstico. Lo que ocurre en el país es apenas el síntoma local de una metástasis global: la polarización afectiva, un fenómeno que ha reescrito las reglas de la democracia en los cinco continentes.

Si cruzamos las fronteras latinoamericanas, el espejo es nítido. Fuera del continente, los ejemplos abundan:

  • Estados Unidos: La cuna de la polarización moderna. Desde el auge del trumpismo, las cenas de Acción de Gracias se convirtieron en campos de batalla cultural. El voto estadounidense mutó en un sistema de trincheras donde republicanos y demócratas no solo discrepan en economía, sino que se perciben mutuamente como un peligro para la supervivencia del país.
  • Europa Occidental: En países como Francia, España o Italia, los partidos tradicionales se han desmoronado ante líderes personalistas que basan su comunicación en plataformas como TikTok o X, apelando directamente a las vísceras. Figuras que capitalizan la indignación frente a la inmigración o el desencanto institucional han transformado las elecciones del viejo continente en referéndums sobre la identidad nacional, dividiendo familias enteras entre visiones irreconciliables del futuro.

Tanto en Bogotá como en Madrid, París o Washington, la raíz es la misma: los algoritmos de las redes sociales premiaron el conflicto y el debate de ideas fue reemplazado por narrativas de “nosotros contra ellos”.

Votar con las vísceras

Los expertos en psicología política coinciden en que el motor de las últimas campañas a nivel mundial no ha sido la esperanza constructiva, sino las emociones primarias: el miedo, la indignación y el deseo de pertenencia.

Hemos cambiado la cabeza por el estómago. El candidato ya no es un administrador público en potencia; es un redentor o un escudo. Si encarna la mano dura frente a la delincuencia, se le perdonan las inconsistencias; si representa las demandas de los históricamente excluidos, se minimizan sus vacíos de gestión. Lo que importa es el “paquete” de identidad que el líder político le vende al ciudadano para que este se sienta parte de algo más grande.

El camino hacia la tregua: enfriar la cabeza para sanar el tejido

Las elecciones pasarán, el tarjetero quedará en el olvido y un nuevo mandatario asumirá las riendas del país. Sin embargo, el verdadero desafío de Colombia no se resolverá en las urnas, sino en la capacidad colectiva de evitar que la efervescencia electoral deje cicatrices permanentes en nuestra cotidianidad. Para que esta campaña no signifique la ruptura definitiva de los afectos, la sociedad civil debe trazar una ruta de retorno hacia la sensatez.

El primer paso exige despolitizar los espacios de afecto. Es urgente entender que la mesa familiar, el aula de clase y el vecindario no son extensiones del Congreso. Recuperar la empatía pasa por recordar que el familiar o amigo que vota distinto no es un enemigo de la patria, sino alguien que, desde sus propios miedos, vivencias y carencias, busca soluciones diferentes para el mismo país. Si dejamos que un líder político defina el valor moral de quienes nos rodean, habremos entregado nuestra autonomía emocional a cambio de una ilusión de pertenencia.

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Finalmente, el camino hacia una Colombia más unida requiere transitar del fanatismo a la ciudadanía crítica. En lugar de defender ciegamente a un símbolo, el rol del ciudadano debe mutar hacia la exigencia técnica y el control social riguroso. La madurez democrática no se demuestra gritando más fuerte el nombre de un caudillo, sino exigiendo resultados con la misma vehemencia con la que se entregó el voto.

Enfriar la cabeza para gobernar las pasiones no es una muestra de debilidad, sino el único antídoto efectivo para evitar que la resaca electoral nos encuentre en un país más dividido, más hostil y, paradójicamente, igual de desatendido.

 

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