El bostezo es uno de los comportamientos humanos más comunes y curiosos. Probablemente te ha pasado: ves a alguien bostezar, y de inmediato sientes la necesidad de hacerlo también. Este fenómeno, conocido como “contagio del bostezo”, ha intrigado a científicos durante años. Aunque todavía no existe una respuesta definitiva, varias investigaciones han arrojado pistas interesantes que explican esta reacción casi involuntaria.
Primero, se cree que el bostezo tiene raíces profundas en nuestra evolución como especie social. Según estudios, bostezar podría haber servido como una forma primitiva de comunicación en los grupos humanos y animales. En ciertos animales, como los chimpancés y los lobos, el bostezo contagioso ayuda a sincronizar el comportamiento del grupo, como descansar o estar alerta ante posibles peligros. En los humanos, esta sincronización podría haber fortalecido los lazos sociales y mejorado la colaboración dentro de la comunidad.
Otro aspecto fascinante del bostezo contagioso es su relación con la empatía. Investigaciones han demostrado que las personas con mayor capacidad de empatía tienen más probabilidades de bostezar después de ver a alguien más hacerlo. Esto se debe a que el bostezo activa áreas específicas del cerebro relacionadas con la imitación y la empatía, como la corteza premotora y el área somatosensorial. Incluso, se ha observado que las personas más cercanas emocionalmente, como familiares y amigos, tienen más probabilidades de “contagiarse” de un bostezo que los extraños.

Curiosamente, los niños menores de cuatro años y las personas con ciertas condiciones neurológicas, como el autismo, no suelen experimentar este contagio. Esto refuerza la idea de que la capacidad de “contagiarse” de un bostezo está estrechamente vinculada a la empatía y al desarrollo social. Además, estudios recientes han encontrado que otras especies, como los perros, también pueden contagiarse de bostezos humanos, lo que sugiere que esta conducta podría trascender nuestra especie.
En conclusión, aunque bostezar parece ser un acto simple y automático, está cargado de significados evolutivos y sociales. Más allá de ser una señal de cansancio o aburrimiento, el bostezo contagioso nos conecta con quienes nos rodean, reforzando la empatía y la sincronización en los grupos. Así que, la próxima vez que bosteces después de ver a alguien hacerlo, recuerda que ese pequeño acto tiene raíces profundas en nuestra naturaleza como seres sociales.


