Hubo un tiempo donde el cielo parecía en silencio. La Biblia lo dice así: la voz de Dios escaseaba.
En medio de ese momento, Dios habló. Y no llamó a un sabio. No llamó a un líder o a alguien poderoso.
Llamó a un niño. Se llamaba Samuel.
Esa noche, mientras todos dormían, Dios pronunció su nombre. Y él hizo algo que hoy parece extraordinario,se dispuso a escuchar.
Tres veces se levantó. Tres veces respondió. Hasta que dijo: “Habla, Señor, que tu siervo escucha.”
Ese niño escuchó lo que una generación entera había dejado de oír. Ese niño
se convirtió en un gran profeta.
Quizás hoy, en casa, tenemos algo así, un futuro líder,un artista, un deportista,
o por qué no, un científico. Y ahí está nuestra responsabilidad. Formarlos bien.
Guiarlos mejor. Acercarlos a Dios.
Hoy el mundo es distinto, pero el problema se parece.No es que Dios haya dejado de hablar, es que el ruido no nos deja escucharlo.
Por eso hoy quiero hacer algo distinto. Sentarme con mis hijos y preguntarles:
¿Qué estamos haciendo bien en casa?
¿Qué debemos cambiar?
Porque tal vez, Dios sigue hablando a través de ellos.
Hoy quiero felicitar a todos los niños en su día. Y hacer una oración y un compromiso:
Señor, danos un corazón como el de ellos. Un corazónque crea. Un corazón que escuche. Que crea que contigo Todo es posible al que cree. Y ayúdanos a no fallarles.
Hoy puede estar creciendo en tu casa alguien que cambie la historia.
Escúchalo.
Cuídalo.
Y entrégaselo a Dios.


