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El árbol de la vida: Lo bueno, lo malo y lo feo

RedacciónPor: Redacción
23 octubre, 2026
Etiquetas: Opinión
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Por José R. Múnera N.

La vida normalmente se desenvuelve entre las cosas bellas que ofrece la naturaleza y las cosas feas que produce el hombre con su torpeza.

Todo aparentemente debería ser bueno, porque cada cosa debe cumplir algún propósito divino del Creador para determinar un equilibrio en su creación. Incluso aquellas que consideramos malas, pues, en esencia, algún propósito bueno tendrán. De ahí el dicho: «No hay mal que por bien no venga», aunque afecte el qué dirán.

La dinámica de los aspectos fisicoquímicos de la materia en la naturaleza, así como el comportamiento de la humanidad, dentro de una escala de valores, también parecen desarrollarse como parte de un orden natural. De ello podría inferirse que todo en esta vida es dual.

Desde el Génesis de la creación, la humanidad ha estado condicionada por unos límites que no debe sobrepasar, porque, si lo hace, deberá atenerse a las consecuencias. Por eso, al primer hombre y a la primera mujer, su Creador les advirtió:

«En este paraíso terrenal hay dos árboles cuyos respectivos frutos se les ofrecerán: el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. Pero del segundo no deberán probar, porque perecerán».

En aquel entonces, los puntos cardinales no se habían inventado, ni tampoco se habían establecido los conceptos de izquierda y derecha. El centro de referencia para todo era Dios y, debajo de Él, el hombre, hecho a su imagen y semejanza, con su mujer a un costado.

Al principio, el hombre estaba solo y se entendía con todos los animales. Sin embargo, el Señor consideró que debía tener una pareja con sus mismas características, por lo que, de su propia costilla, creó a la mujer. Y, sin querer, allí comenzaron a suceder todas las calamidades.

Como si el jardín del Edén hubiese estado en Colombia, el gusanito de la curiosidad femenina indujo al hombre a violar la recomendación que el Ser Superior les había ordenado respetar. Desde entonces, por desobediencia, vienen todos los problemas que aún no dejan de pasar.

Adán era el más fuerte, positivo, proveedor y propositivo; Eva, su mujer, la más inteligente, astuta, celosa, suspicaz y desconfiada. En el rancho, ella todo lo controlaba y, si él llegaba tarde de una cacería, ya le recriminaba: «¡Quién sabe con qué perra andabas!», mientras ella le paraba bolas a una serpiente que, con una manzana, la engañaba.

Pero ¿por qué, desde el principio, Dios tuvo que poner a prueba a la primera pareja mediante dos árboles, para que eligiera de cuál podía alimentarse? Es una pregunta difícil de contestar.

Podría sospecharse, por una parte, que esto obedecía al principio del libre albedrío o de la libertad, para que el hombre forjara su propio destino sin protestar, sin tener a quién echarle la culpa ni a qué autoridad reclamarle por su mala suerte.

También se podría especular que dichos árboles fueron sembrados por dos seres superiores intergalácticos que se encontraron en la Tierra, en medio de alguna pugna celestial, para definir quién tenía más poder y quién debía mandar sobre ella. Entonces surge el contradictor, Satanás, para inducir a deshojar el «libro del bien y del mal», que más bien ha confundido a la humanidad.

El árbol de la vida produciría frutos dulces y buenos que garantizarían la eternidad en un mundo solidario y lleno de claridad. El otro daría frutos malos y amargos que complicarían la existencia, conduciéndola, mediante actitudes egoístas y mezquinas, hacia la eterna oscuridad.

Ya hemos visto lo BUENO, expresado en el ÁRBOL DE LA VIDA, y lo MALO, representado en el ÁRBOL DE LA CIENCIA DEL BIEN Y DEL MAL.

Pero hay otro árbol: el GENEALÓGICO, el que nos une a todos como hermanos, descendientes de un mismo tronco o vínculo inicial. Este representa lo FEO, porque se está quedando sin ramas, podado por las confrontaciones que desconocen la importancia de los amigos y de los lazos familiares. Todo ello, como consecuencia de una maldita polarización ancestral, derivada de conflictos religiosos e ideológicos que, a través de la política, no nos permiten vivir en armonía ni morir en paz.

La política colombiana se ha destacado tradicionalmente por la participación ciudadana y el pluralismo democrático. Sin embargo, arrastra graves problemas estructurales, como la polarización, la persistencia del conflicto armado y la corrupción clientelista, que erosionan la confianza en las instituciones del Estado.

El árbol de la vida se sostiene con el fertilizante del amor, compuesto por la benevolencia, la compasión y la espiritualidad. En cambio, el árbol de la ciencia del bien y del mal se alimenta de la repelencia, la violencia, el sometimiento y la materialidad.

El árbol genealógico se está disecando y, como cantara Joe Arroyo con Fruko y sus Tesos:

«Tú tienes toda la culpa, toda la culpa la tienes tú… Que el árbol de nuestro cariño se esté disecando, porque no has sabido regarlo con el rocío de tu amor».

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¡Libertad y orden!

Tú tienes toda la culpa, toda la culpa la tienes tú… de que las ramas del árbol de la vida en Colombia comiencen a secarse, y resulta penoso ver cómo aquellas que tanto quiero y ayudé a formar terminan convertidas en carbón.

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