Crónica Ian Farouk Simmonds
En Los Palmitos, un municipio ubicado a 30 minutos de Sincelejo, no pasa nada extraordinario frente a lo que ocurre en otros tantos pueblos del Caribe colombiano un mediodía de domingo. Hay calor, gente en la calle, una tienda abierta, una señora limpiando los granos para el almuerzo, alguien sentado sin afán.
Pero si uno pregunta por música, en Los Palmitos hay una especie de conexión especial por dos de sus hijos más ilustres: Lisandro Mesa y, especialmente, Alfredo Gutiérrez.
Para saber más de este último, tres veces Rey Vallenato (1974, 1978 y 1986) y uno de los más importantes artistas vallenatos de todos los tiempos por su capacidad de unir sonoramente a la región Caribe, el parroquiano de turno invita a no complicarse: “Vaya pa’ Paloquemao”.
Paloquemao, corregimiento de Los Palmitos, es Sabanas de Beltrán, aunque casi nadie le dice así.
El nombre no es gratuito. Cuentan que hace muchos años, cuando la gente empezó a asentarse por ahí, había un árbol grande, frondoso. Un día se quemó. Y como antes todo se señalaba así, por lo que había a la vista, la gente empezó a decir: “Nos vemos en el palo quemao”. Y así se quedó.

Después vino un inspector, dicen, al que no le gustó el nombre. Intentó cambiarlo. Le puso Sabanas de Beltrán. Incluso el funcionario en cuestión tumbó el árbol, como para borrar la referencia. Pero no funcionó. El nombre original siguió, como suelen quedarse las cosas cuando nacen de la gente.
Ahí nació Alfredo Gutiérrez hace 83 años, en 1943, cuando todavía no existía el departamento de Sucre ni Los Palmitos como municipio.
Desde su entrada, el pueblo anuncia con orgullo ser la tierra de Alfredo Gutiérrez. Lo refrenda con dos murales que, cada cierto tiempo, con la visita de un foráneo, los habitantes señalan sin detenerse demasiado.
“Ese es de aquí”, indican. Pero para Leidy Lucía Meza Cárdenas, gestora cultural del municipio de Los Palmitos e integrante del colectivo Carrito e’ Palo, “ese de aquí” significa algo más.
“Para mí es un maestro muy especial porque ha resaltado toda la tradición cultural. Siempre me voy a sentir orgullosa de que haga parte de esta comunidad”, añade sin ínfulas de discurso pomposo ni libreto mascullado de museo al aire libre.
Leidy cuenta que antes, en Paloquemao, todo pasaba en un sitio al que le dicen La Terraza, frente a su casa de toda la vida. En La Terraza, donde vivió una hermana de Alfredo y donde hoy se guardan muchas imágenes de su carrera musical, la gente se reunía a escuchar, hablar y construir vida en comunidad. No había que organizar mucho.
Cuando se iba la luz (porque se iba, se va y siempre se irá) nadie se iba. Sacaban velas y seguían. Se quedaban escuchando. Eso es lo que más se repite cuando se recuerda aquella noche en que Alfredo Gutiérrez brindó un espectáculo a sus vecinos, ya en ciernes de ser la leyenda que es: todos se quedaron absortos, velas en mano, escuchando al maestro con un magnetismo casi mágico o más bien un aguante bastante propio de los hijos del Caribe en medio del disfrute colectivo.
César Tulio Méndez, otro vecino de Paloquemao, al recordar a Alfredo no lo hace desde la nostalgia de aquellas presentaciones iniciales o del éxito que lo ha consagrado en estas y otras tierras. Lo hace desde la convicción de la dignidad: “Alfredo Gutiérrez dignificó el oficio del acordeón. Nada de andar tocando por ron”.
Por eso, comenta, “en Paloquemao nos sentimos más que orgullosos por él. Ese es un orgullo muy grande”.
Los Montes de María, región que abarca también Los Palmitos, han tenido momentos duros, ya conocidos por todos. Pero la música, especialmente la de artistas como Alfredo Gutiérrez, siempre está en medio de todo pero no como algo grandilocuente. Es, más bien, parte del paisaje que hace posible que, a pesar de ser otro pueblo como tantos del Caribe (mal parafraseando aquel colofón de Los años maravillosos) tenga algo especial que permita recordarlo maravillado: que la gente escucha y vive el acordeón de una manera distinta, como solo podía hacerlo posible Alfredo Gutiérrez.



